Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Serena de Bravery

—Dime que todo es perfecto y no necesitas nada, querida. No seas terca, no te resistas, dame lo que quiero escuchar.

Allí lo tenía de nuevo.

Con aires de normalidad y el deseo titilando en las pupilas. La media sonrisa canalla, más ofensiva que cualquier insulto.

—Su amo, el duque, está condenado —espeté con odio—. ¿Acaso quiere acompañarlo a la muerte?

—Soy un hombre de negocios, duquesa. Ni más, ni menos. No me interesan las rencillas que Winley tenga con sus parientes, ya se lo he dicho.

—Pero usted participó en su liberación —lo acusé afilada.

No pareció inmutarse con mis recriminaciones. Seguía apoyado, indolente, contra el quicio de la puerta, observando lo que había a su alrededor sin demasiado interés.

—Eso no es algo que vaya a revelarle —decidió, usando, de repente, un tratamiento formal y un tono mucho más serio—. Mi intención es hacer negocios con la Hermandad Real.

Me dieron ganas de reír. Como una histérica que pierde el control de su voluntad y sus sentidos, y ni siquiera sabe qué la divierte.

—Va por muy buen camino, milord, secuestrando a la esposa del primer dirigente. Aplaudo sus refinados métodos.

—No sea tan optimista, Serena. Yo no lo sería.

Me retorcí entre chillidos y gritos sofocados, sin conseguir nada de nada.

Valent suspiró dramático.

—Usted me gusta. Me cautivó desde el primer instante en que la vi y le advierto que suelo salirme con la mía cuando tengo algún antojo.

—¿Así me considera? ¿Un simple capricho? ¡Soy una mujer casada! ¡Una dama noble a la que debería respetar!

—Es probable que cuando Winley acabe con sus asuntitos se convierta usted en una respetable dama … viuda. Aunque igualmente noble, eso sí.

Se me agitó la respiración. Noté una fuerte punzada en el pecho. Odiaba sentirme tan inútil allí, atada como un humano al que van a desangrar en un banquete.

—Preferiría no tener que forzarla —prosiguió con calma—. Aunque lo haré si no me deja otro camino. Quiero follarla desde que le puse los ojos encima y su negativa no será, desde luego, lo que me lo impida.

—Cómo se puede… —jadeé escandalizada—, ¿cómo se puede ser tan despreciable? Miserable criatura inmunda.

Valent St. Claire se encogió de hombros, como si todo aquello, en lugar de ser una ofensa, lo complaciera mucho.

—En breve, su esposo tendrá conocimiento del lugar donde presuntamente se encuentra. Y los giros de la rueda darán comienzo.

—¿Presuntamente?

—Por supuesto, duquesa, no vamos a arrastrarlo hasta aquí, no seremos tan estúpidos. El duque irá directo al pozo donde le aguarda un destacamento dispuesto a morir con tal de contentar a Winley.

El aire que llenaba mis pulmones escapó en una ráfaga violenta y me dejó vacía.

—Sabe que lo ahorcarán por esto —amenacé con la voz quebrada.

—La comunidad vampírica es laxa con los deseos, duquesa. Y la sociedad humana… Bueno, esa jamás tendrá noticia de lo que sucede dentro de estas paredes.

La piedra alojada en la garganta que me presionaba y me martirizaba sin piedad apretó un poco más.

Creí que me asfixiaría, que estaba paladeando mis últimos minutos de existencia en la tierra.

Aunque los vampiros vivieran para toda la eternidad, la fuerza vital me abandonaba gota a gota, y si no podía escapar de allí y librar a Arthur del horrendo fin que le tenían preparado, yo tampoco sobreviviría.

Llamaron a la puerta. Justo en el momento en que mi corazón latía frenético, a punto de salírseme por la boca. Aquel infame estaba anunciando que pensaba violarme, con la misma serenidad que anunciaría la hora de la cena.

St. Claire dio acceso, y un criado con la vista clavada en el suelo dio dos pasos adelante. Creí morir de vergüenza si me veía en aquella posición.

Una grieta que sumar a mi interior cada vez más roto.

—Amo, han llegado las iniciadas. Debe darles el visto bueno.

St. Claire resopló con fastidio. Aquella imprevista obligación a su cargo llegaba para interrumpir su diversión, y era palpable que le contrariaba.

—Otra desagradable tarea que se me encomienda. ¡Qué sería de esta gente sin mi tiempo libre y mis talentos! —Dio la espalda al mensajero, como si tuviera pensado excusarse ante mí—. De acuerdo, enseguida voy. Que las lleven a la Sala de las lágrimas.

—Pero amo…

—¡He dicho que ahora voy!

El sirviente marcó una exagerada reverencia antes de salir al galope. St. Claire dudó unos instantes, me lanzó dos o tres ojeadas impacientes y a continuación, desapareció también.

Yo no desclavé un solo instante las pupilas del techo. Una escena emborronada para mis ojos anegados en lágrimas. Me dolía el corazón. A punzadas horribles. A latigazos. Deseaba fervientemente morir.

Y nada más que eso.

Valent St. Claire

De malas ganas, llegué a la estancia. La mente ocupada en una cuestión primordial: someter a Serena de Bravery sería una ardua encomienda. La dama era virtuosa, honorable y estaba enamorada de su duque, elementos, todos ellos, que sin duda suponían graves trabas.

Lo cual, no obstante, hacía el juego mucho más atrayente y entretenido.

Habían colocado a las seis muchachas en fila para inspección.

El cabello suelto, ataviadas tan solo con túnicas blancas traslúcidas que dejaban a la vista sus innegables encantos.

Podía seleccionar las que me agradaran para mi uso personal y descartar al resto, que se asignarían a tareas domésticas rutinarias y servicio general.

Todas ellas muchachas de buena familia, presentadas como sirvientas temporales para la logia.

A juzgar por la calidad de la mercancía, no cabe duda de que la Rosa Negra aumentaba su prestigio. Pronto dejaríamos de ser la oposición clandestina de la Hermandad Real y ascenderíamos a la codiciada posición de rival oficial.

Al respecto, Winley y yo discrepábamos en algunos puntos vitales: él alimentaba una única obsesión, despedazar a la Hermandad Real de la que una vez formó parte principal.

Yo, por el contrario, aspiraba a poner en marcha negocios y redes que nos hicieran poderosos.

Tanto como para robarles su parte del pastel y ganarnos su respeto.

No me molestaba la idea de compartir un mercado ya de por sí descomunal, siempre que la Rosa Negra se adjudicara una parte decente.

Me detuve delante de dos muchachas que habían llamado especialmente mi atención. Una era rubia como los rayos del sol diurno sobre la miel, de grandes ojos castaños y expresión dócil. Un cervatillo. La otra…

La otra semejaba la reencarnación de la misma Lilith, con cabellos de fuego y penetrantes ojos de extraño violeta, que me desafiaban. Miré a la rubia primero.

—¿Cuál es tu nombre, muchacha?

—Lia, amo. De la casa Hutton.

—Ah, los barones. Buenos aliados.

—Soy su sobrina, señor. No soy noble, pero…

Sin interés por seguir atendiéndola, levanté una mano y la hice callar. Me desplacé unos pasos a la izquierda y apunté a la otra, clavando con descaro mis pupilas en sus pezones erectos.

—Y tú, ¿cómo te llamas tú, belleza?

—Helena, amo.

Tenía una voz aterciopelada y sinuosa que envolvió de inmediato mi consciencia.

—¿De qué casa, Helena?

—Blackbury, amo. A su servicio siempre.

—No consigo recordar quiénes son.

—Hemos regresado del continente hace poco. Debe saber que mi padre está deseoso de complacerle en todos los sentidos.

Me llevé dos dedos a la boca y los empapé en saliva con un movimiento lento y obsceno, sin dejar de mirarla. Con la mano libre abrí su túnica y, sin titubeos, introduje el índice y el corazón convenientemente lubricados en su sexo, hasta topar con el muro de su virtud.

Una sonrisa de complacencia se dibujó en mis labios.

Extraje los dedos y los chupé, extasiado con el dulzor de los jugos femeninos. Me satisfizo su entereza, el que no se hubiera inmutado ni agitado ante mi invasión.

—Le diremos a tu padre que lo que veo hasta ahora me complace. —Hice una seña a los siervos—. Ponedles los collares y llevaos a las demás. Lia y Helena me pertenecen. Conducidlas a mis aposentos.