Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 10
15%

Capítulo 10

Serena de Bravery

Devorándome con aquellos ojos del color del bronce fundido que destilaban peligro.

Me retorcí sobre mí misma. Renegué y solté chillidos de animal herido hasta quedarme sin fuerzas, con la garganta en carne viva. Lo único que logré fue hacerme daño. Desollarme las muñecas y los tobillos, y que empezaran a sangrar, con el riesgo que aquello suponía estando presente un vampiro.

—Detesto verla en estas condiciones, cariño —silabeó con pereza—. De tener la más mínima certeza de que no me obligaría a correr, la desataría. Pero los dos sabemos que no va a comportarse.

—¡Suélteme de inmediato! —exigí movida por la ira.

—Me temo que eso no será posible.

En ese momento, mi dolorido cerebro, que llevaba dándole vueltas al difuso recuerdo de su rostro más de lo conveniente, vio la luz. Un baile, él apartado y vigilante, Arthur comentándome… Aunque se desvaneció enseguida, envuelto en un terrible tormento.

—Parece usted un caballero. ¿Qué hace implicado en un secuestro? ¿Dónde estoy y por qué me han traído aquí?

Dio un par de pasos sin perder el aire arrogante, y rodeó la cama, dubitativo.

—Así que no me conoce.

—No lo conozco. Ni sé quién es. Y le exijo que…

Él tenía otros planes.

—Ya ha escuchado a Winley. Sí, él detesta que use ese nombre, sin embargo, por mucho que le pese, para mí no es Bravery sino Winley. Un noble condenado a muerte por la Hermandad Real es un noble invisible, de manera que el único duque de Bravery que en un momento dado reconocería, es su esposo.

—¡Responda a lo que le he preguntado! —exigí.

—No saldrá de aquí, duquesa. Su futuro y su destino ahora me pertenecen. Pero sí será útil como reclamo para atraer a su marido. No es nada personal, nos vemos obligados a quitarle la vida, Winley es una criatura muy rencorosa.

Presa de otro ataque, volví a forcejear, a gruñir entre rugidos más largos, a tirar de los brazos y las piernas, sin conseguir aflojar aquellas correas terribles que me inmovilizaban.

Entonces, el hombre que decía poseerme se colocó frente a la luz de las velas y esta impactó directamente en su rostro.

Su rostro insoportablemente perfecto. Sus facciones de ángel caído.

La certeza me golpeó como un fogonazo.

—Yo… yo a usted lo conozco.

—Es más que probable. A decir verdad, no fue usted nada discreta persiguiéndome con la mirada aquella noche —afirmó aguantándose la risa.

—El baile de los Corset…

—En efecto. Debería aplaudir su buena memoria.

—Lord St. Claire —recordé en un susurro áspero.

—¡Vuelve a acertar! —aclamó con animación—. Qué joven tan deliciosamente lista.

De inmediato, no entiendo el estúpido motivo, me sentí un poco más segura.

Quizá porque lo había visto conducirse entre gente con suma elegancia, como un auténtico aristócrata educado del que, en condiciones normales, no tendrías nada que temer.

—Usted… ¿Apoya la causa del viejo duque?

—Apoyo mi propia causa, permítame expresarlo así.

Le dirigí desde abajo, desde mi deshonrosa posición, una mirada venenosa.

—¿Sabe Bryen que usted intenta ingresar en la Hermandad Real? ¿Convertirse justo en miembro de la organización que no le perdonará la vida?

Sus labios marcados dibujaron un atisbo de sonrisa.

—No sé si se habrá percatado de que Bryen no está precisamente en su mejor momento. Ni en la posición más apropiada para dar órdenes. Vamos a permitirle este pequeño capricho que tanto lo obsesiona por el bien de la cordialidad…

—¿Asesinar a mi esposo? —aullé— ¿Se refiere a eso?

—Son cuentas pendientes entre ellos, duquesa, no me atrevería a entrometerme, sería poco inteligente.

—Deje de burlarse, por todos los infiernos. ¡Y desáteme de una buena vez! —Me retorcí nuevamente, como un gusano atrapado.

Valent St. Claire arqueó las cejas perfectas en una suerte de mofa y no descruzó los brazos que mantenía a modo de escudo contra el pecho.

—¿Cree que este es modo de tratar a una dama? —silabeé probando otra estrategia.

—Precisemos, duquesa. Más que una dama, en estos instantes usted es, digamos una cautiva, el objeto de un rapto. No es que se parezcan.

—Es usted… Es…

—¿Encantador? No sea tímida ni sufra, estoy acostumbrado a que me lo digan.

—¡Odioso! ¡Suélteme!

Juro que pensé que, atendiendo a su linaje noble y a la exquisita formación que seguramente habría recibido, atendería a mi reclama y me liberaría.

Muy al contrario, se cernió sobre la cama dejando su rostro a escasas pulgadas del mío.

Cada brazo como una rama gruesa, a un flanco de mi cuerpo.

Cada mano inmensa a un lado de mi cabeza.

—Se acabaron las contemplaciones, Serena Fairhaven.

Olvídate del duque, de quien eres y de lo que estuvieras destinada a ser.

A partir de ahora, eres mi juguete y la única razón de tu existencia será mi placer.

¿Lo has entendido? —me gritó de un modo tan violento que me hizo temblar— ¡Te pregunto si me has oído!

Entrecerré los ojos y me encogí, acobardada.

Con su nariz demasiado cerca de la mía y el remolino que levantaba su aliento besándome los labios. Podía ser vampiro y por ello, valiente y fuerte, pero no estaba acostumbrada a ser tratada de aquel modo, a golpe de látigo, como una perra de caza.

Sin exigirme nuevamente una respuesta, se incorporó de un tirón y se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta, dispuesto a abandonar la alcoba, dejándome allí sola, aterrorizada, dolorida, sumida en el desconsuelo.

Solo pensar que Arthur fuera a caer en la trampa que pensaban tenderle, me devastaba. ¿Qué podía hacer yo para salvarlo? ¿Qué podía hacer en aquellas condiciones?

Estando prisionera, ¿de qué otro modo podría solventarse el asunto?

Me habían secuestrado, y en cuanto mi esposo tuviera noticias de mi paradero, acudiría sin pensárselo. Solo o con una legión. Pero se presentaría allí donde la logia de la Rosa Negra me tuviese retenida, directo a la boca del lobo.

Fue como un tornado que gira sobre sí mismo y se retuerce dispuesto a convertirlo todo en astillas.

Con la mano apoyada en el picaporte, aunque aún sin accionarlo, pareció pensárselo mejor y volteó con inusitada brusquedad.

Me encogí contra el colchón, temiendo que fuese a dañarme, sin armas con las que defenderme. Al ver aquel brazo inmenso que se alzaba por encima de su cabeza dispuesto a descargarse en mi contra, me preparé para recibir una brutal bofetada o un puñetazo como castigo por mi insolencia.

Sin embargo, su mano abierta descendió como una maldición hacia mi pecho y en lugar de golpearme, apresó uno de ellos sobre la liviana tela del camisón.

Noté el tacto ofensivo directo en la carne, la forma en que estrujó y amasó el seno.

El masajeo y el pellizco contra el pezón, como si mi cuerpo le perteneciera.

—¡Aparte de mí esas sucias manos! —lo increpé con asco.

No me hizo el menor caso. Se entretuvo allí el tiempo que quiso, manoseándome no solo los pechos y la piel del escote, sino bajando libidinoso por los costados, anclando aquella mano a lo largo de mis muslos, frenando la velocidad de avance al llegar a la zona interior.

Y a mi sexo.