Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Serena de Bravery

Abrí los ojos. Fue solo un intento. Enseguida los volví a cerrar, después de que un agudo latigazo, como una puñalada directa al hueso, me lacerara el cráneo.

Recordé el asalto.

La cadena de plata tirante alrededor de mi torso. La agonía cuando me abrasó la piel. La sombra de los tres vampiros que se me habían abalanzado en el callejón de Whitechapel, mucho más viejos y fuertes que yo.

Y ahora, ¿dónde estaba?

Encadenada a una pared, en una especie de celda húmeda y sombría, con muros de piedra y techos lejanos.

Todo el cuerpo me palpitaba de dolor. Sentía crujir las costillas con cada intento de respiración. Traté de aclararme la vista… Y lo descubrí allí, mirándome.

Mirándome con unos ojos de fuego azul cobalto que me recordaban demasiado a los de mi marido; como si me traspasara.

No conocía a aquel caballero, cómodamente retrepado en una butaca a unos pies de distancia, con una pierna cruzada sobre la otra, ropa cara y unos cuarenta años de distinguida belleza.

—Bienvenida, querida. Me pregunto si debería llamarte duquesa, dado que no lo eres en realidad.

Alcé la cabeza, aturdida y confusa. Con un insoportable pitido destrozándome los tímpanos. La voz de mi captor era aterciopelada, sinuosa y deseable, pero olía a peligro.

—Y no lo eres, por la sencilla razón de que tu esposo, mi amado hijo, no es duque. Y seguirá sin serlo, hasta que yo muera. Mucho me temo que deberá esperar y seguir alimentándose de delirios.

No alcancé a oír el final de sus frases. Con solo mencionar que era el padre de Arthur, que se trataba de Bryen, el viejo duque al que tanto temíamos, había conseguido petrificarme. Me apreté contra la gélida pared a mi espalda, deseando poder fundirme con ella y desaparecer.

Arthur tenía razón, Bryen no era ningún anciano, todo lo contrario. Lucía gallardo y hechicero, con esa belleza etérea e irreal que caracterizaba a los vampiros. Con el cabello de un rubio brillante casi blanco, cayéndole largo por los hombros y sobre la espalda, como una cortina de seda luminosa.

Demasiado tarde me apercibí de que no estaba solo.

De pie a su flanco, un hombre joven, muy alto y fornido, de pelo oscuro y ondulado e iris del color de las llamas. Sus facciones medio ocultas por las sombras, aunque lo suficientemente a la vista como para hacer de su sonrisa cínica algo temible.

—Mi hijo morirá, tú lo sabes, él lo sospecha. Pagará cara la afrenta que cometió contra su propia sangre. Y tú, querida, estás aquí porque eres el cebo perfecto para desquiciarlo y que, cegado por la desesperación y la búsqueda, se vuelva imprudente.

Hablaba de Arthur con absoluto desprecio y yo lo único que alcancé a hacer fue escupirle.

Lástima que el proyectil de mi saliva apenas le salpicara los lustrosos zapatos.

Y es que la rabia me bullía desde dentro a borbotones, se escapaba por entre los labios, furiosa y desmadejada.

Quería insultarlo, gritarle que no era digno del hijo que la vida le había dado. Que era un monstruo despreciable.

El caso es que también estaba aterrorizada.

El miedo paralizaba tanto mis respuestas como mis músculos. Las palabras se me atascaron en la punta de la lengua, hacían cola en mi garganta sin llegar a salir.

—Haremos que tu querido y amante esposo sepa exactamente dónde te encuentras. Y vendrá a rescatarte, vaya si vendrá. Es esclavo de su honor y sus principios, estoy convencido de que no hay nada que no haría por salvarte la vida.

Un bramido de negación me trepó desde el estómago a la boca sin conseguir escapar. Los ojos, escocidos e irritados, se me llenaron de lágrimas.

—Solo que llegará tarde. Llegue cuando llegue, será tarde, querida, solo encontrará tus despojos.

—Milord —interrumpió entonces el otro hombre—, creo que es el momento adecuado para hacerle una petición.

La sonora profundidad de aquella voz masculina atravesó el espacio y me golpeó con dureza. Pese a sonar calmada, en extremo serena, disponía de un inesperado vigor que la hacía autoritaria y poderosa.

Incluso por encima de las sentencias intimidantes de Bryen. Cosa que a este pareció contrariarle mucho.

Se mantuvo callado, como si con su silencio autorizase a su acompañante a exponer de una vez ese pedimento del que hablaba, aunque con la menor amabilidad imaginable.

—Quiero que me la ceda. Cédamela.

—¿Cómo?

—A modo de juguete. Entrégueme a la duquesa.

Gruñí. Luego rugí. A continuación, por fin, solté un alarido, queriendo morderles, deseando verlos muertos.

—Será mucho más humillante para Bravery…

—¡Bravery soy yo! —lo corrigió con brío mi padre político.

—Usted está muerto, milord. —El joven semioculto en las sombras sonrió complacido y sin perder la calma—. Al menos de momento, y a todos los efectos legales. Será más denigrante para el duque saberla poseída por otro vampiro…

—Querrás decir otro caballero —lo increpó con frialdad, visiblemente enojado por el despojo de su idolatrado título.

—El honor es lo de menos, milord, ¿acaso no lo somos todos? Mucho más doloroso verla, tan pura e intocable, en brazos de otro hombre, que muerta. Un tormento infinitamente insoportable.

Quedaba claro que se burlaba del viejo duque.

A su manera, lo ridiculizaba, con su templanza lo hacía sentir insignificante.

En otras circunstancias muy distintas, tal degradación me habría hecho feliz.

Sin embargo, la parte de su exposición que me atañía acababa de ponerme el vello de punta y me asustaba lo suficiente como para olvidar el resto.

¿Cederme? ¿Como una esclava? ¿Una mascota con la que entretenerse?

Bryen seguía sin responder.

—La alternativa es esta triste, inhóspita y sucia celda. Un agujero inadecuado para una mujer tan bella. O la destrucción. Menudo desperdicio, milord, ¿no le parece?

Bryen se resistió cuanto pudo, aunque al final parece que optó por rendirse, con un suspiro rabioso, a regañadientes.

—Quizá tengas razón. No la trates demasiado bien y, sobre todo, no te encariñes.

O el poder que esgrimía aquel joven calmado y seguro de sí mismo sobrepasaba con mucho al suyo, o mi suerte y mi destino no le preocupaban a Bryen lo más mínimo, en tanto mi esposo no me recuperase.

Cualquiera de las dos realidades tendría nefastas consecuencias para mí.

Tenía que escapar. Liberarme de aquel abominable destino, del modo que fuera.

No sé a qué recurrieron para privarme de sentido. Pudo ser un golpe violento en la cabeza. De serlo, no lo vi venir, tampoco sentí la punzada de agonía.

Para cuando recuperé el conocimiento, ya no vestía mi traje de tarde, protector, pudoroso y abrigado, sino un atrevido salto de cama de seda y encaje, largo hasta los tobillos, con un escote que solo podía calificarse de indecente. La melena suelta y desordenada caía en cascada por mi espalda.

Y estaba atada a una cama.

Los brazos en cruz. Las piernas separadas. Despojada de ropa interior. Expuesta, indefensa.

Y él estaba allí de nuevo, de pie, los fuertes brazos cruzados sobre el ancho pecho. Un tatuaje cuyo diseño no alcanzaba a ver reptando a lo largo de su cuello, hacia el hombro.

Observando.