Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Serena de Bravery

Sería indigno y abiertamente injusto no admitir que el método lo inventó mi marido.

Como en muchas otras cosas, mi duque era brillante.

Recuerdo que todo dio comienzo una noche en un majestuoso baile organizado por una de las familias más insignes de la ciudad.

Mientras en los salones plagados de candelabros de oro y abrumadores ramos de flores flotaba la diversión más mundana y la música, fuera, en las calles, caía la nieve.

Y cuando llegó la hora de servir los postres, palpitantes y en vena, Arthur percibió el disgusto que la presencia de humanos esclavizados para ser usados como alimento me provocaba.

Se deslizó hasta mi costado y me tomó de la mano.

—Salgamos, querida. El ambiente es un tanto opresivo con tanta gente.

Olvidamos los abrigos, algo que al fin y al cabo no nos resultaba del todo necesario, y nos lanzamos a las anchas avenidas bajo la lluvia de copos blancos, a respirar aire puro, lejos de tanta barbarie.

Era curioso. Nosotros formábamos parte de aquella monstruosa realidad y éramos conscientes de ello.

Nuestro vínculo todavía poderoso con nuestra humanidad no era la causa de tal rechazo.

Pasarían los años, cada vez nos importarían menos cosas, seríamos menos sensibles al sufrimiento ajeno, el caparazón sería mucho más pétreo.

Y pese a todo ello, algo nos decía que presenciar ese tipo de festines siempre sería un tormento desagradable.

La repulsión no estaba en nuestra naturaleza, estaba en nosotros.

De manera que mi esposo inventó un procedimiento mucho más sutil, capaz de aliviar cualquier tipo de pesadumbre. Me condujo a los peores barrios de Viena.

Los más depravados y peligrosos.

Empezamos por Leopoldstadt: un área densamente poblada, tachonada de tugurios, talleres oscuros y callejones sin salida donde la delincuencia crecía a pasos de gigante, la vigilancia policial nocturna brillaba por su ausencia y las autoridades, por razones obvias, miraban en la dirección opuesta siempre que se generaba un altercado.

Plagada de laberínticos patios interiores separados por portones de hierro forjado y escaleras sin luz.

Todavía andábamos sumidos en la contemplación del paisaje, cuando el sonido de una puerta que se abría con violencia en el callejón contiguo, seguido de una estridente bofetada, rasgó la noche. Arthur me hizo una seña muda y nos detuvimos.

Alguien sollozaba. Una vocecilla aguda y debilitada. Escuchamos otro golpe más y un pequeño grito.

—¿Dónde has escondido las monedas, pequeña zorra? ¿Eh? ¡Dime donde!

—Señor, no… tengo… no tengo más…

—¡Dime dónde las guardas o te despellejo aquí mismo! —rugió la voz masculina— ¡Te dije que no volvieras sin el doble! ¡Y no me importa si sangras por los pies! ¡Ve otra vez al mercado nocturno, jodida putita de mierda!

—Se lo juro, señor… ¡no hay más!

Otra bofetada cruel que estuvo a punto de tirarla de bruces al suelo.

Arthur y yo espiábamos desde nuestra esquina segura, mientras la muchachita, de no más de doce años se encogía dentro del raído chal.

El proxeneta la alejó de una brutal patada y cerró de un portazo haciendo crujir el marco astillado.

Los ojos ardientes de mi esposo observaban con la calma de un depredador que no precisa de premuras.

—Vamos de caza, querida —invitó.

Y yo entendí al instante de qué iba el juego. No iríamos a por la desgraciada, desde luego que no. Nos alimentaríamos al tiempo que hacíamos justicia.

—Te cedo los honores por ser el primero, duquesa.

Sonreí perversa, relamiéndome por anticipado con el sabor narcótico de la sangre humana, aunque procediera de una criatura repugnante como aquel tipejo.

—No lo mataré muy deprisa. Tamaña generosidad y bondad de corazón merecen unos preliminares adecuados.

El reloj de San Leopoldo dio dos campanadas y el tiempo pareció plegarse como papel de seda. La cerradura chirrió sin ser tocada. El proxeneta, desmadejado y fumando frente al fuego, no vio nada. No oyó nada. Hasta que la vela se apagó sola y el humo de su cigarro se tornó rojo carmesí.

Me coloqué a su lado y me incliné sobre su cuello con un siseo sibilino.

—No les grites más, monstruo. No volverás a hacerlo.

Cazado por sorpresa, soltó un alarido capaz de romper los cristales de las ventanas.

Salvo que nadie acudió a socorrerlo. Le clavé los colmillos con furia hasta el hueso y lo vacié sin el menor remordimiento.

Cuando mi adorado esposo volvió a mirarme, yo me limpiaba la sangre de la comisura de los labios con un pañuelo de encaje blanco.

Le sonreí, satisfecha, al tiempo que replegaba los colmillos.

—¿Y ahora, amor mío? Porque supongo que tendrás hambre.

Arthur se me acercó sinuoso y su mano derecha acarició uno de mis pechos, abarcándolo con ansia hasta sacarlo por completo del escote.

Con salvaje deseo mordió el pezón, endurecido por la excitación de la muerte que acababa de perpetrar, y yo eché atrás la cabeza para entregarme y saborear al límite el ramalazo de virulento placer que me sacudió de pies a cabeza.

Su caricia sobre el seno me provocó un explosivo orgasmo.

Mis dedos viajaron a su bragueta, a punto de estallar por la presión de su verga sedienta.

—Dicen que en el burdel de la Karmelitergasse, anoche dejaron morir a una muchacha con fiebre —informó ronco de ganas.

—Veo que has preparado a conciencia el itinerario de diversión de esta noche.

—Siempre a tu disposición, amada mía. Cualquier cosa con tal de garantizar tu disfrute.

—Entonces llega tu turno, amor. Quememos y hagamos inolvidable la velada.

Recurriendo a este divertimento, fue que empezamos a alimentarnos de sangre fresca humana, limpiando, al mismo tiempo, los callejones de criminales y desalmados abusadores.

La aparición de cadáveres de maleantes, por suerte o por desgracia, no llamaba la atención de nadie ni empujaba a las autoridades a investigar.

Éramos libres de entretenernos, de darles su merecido a aquellos rufianes sin honor ni corazón a los que nadie habría castigado.

Al acabar, ya saciados, Arthur y yo cruzábamos una mirada intensa y sonreíamos al pensar que, gracias a nuestras necesidades naturales, algo tan básico como la exigencia de alimentarse, la vida en las calles de los barrios pobres era, a medida que se sucedían las noches, un poquito mejor.

Y así pasaron los meses. Y los dos primeros años.

Y cuando nos llegó la noticia de que el príncipe Alberto había fallecido, dejando viuda y desolada a nuestra enamorada reina Victoria, me empeciné en regresar a Londres.

Antes de lo previsto. Cuando nuestro Soley todavía no era un adulto.

Nunca debimos hacerlo.