Capítulo 7
Serena de Bravery
¡Dios bendito! Habíamos dejado de ser humanos.
Las noches y los días que siguieron a nuestra conversión fueron un carnaval inolvidable de euforia y lujuria.
Justo a la mañana siguiente al tránsito, entregamos a la fiel Mila una sustanciosa suma instándola a que visitara a su tía en Kew.
Ya liberados de incómodos ojos testigos, nos dedicamos a deambular desnudos por la residencia de St. Jame´s.
Arthur, mi duque, me tomaba en cualquier momento, sin previo aviso, entre risas y por la espalda, y de no hacerlo, era yo la que lo buscaba y lo seducía con mimos y ronroneos.
Cualquier lugar era bueno para nosotros, para probarnos, palparnos, hacer el amor, para gozar las mieles de nuestra piel.
Mi marido me penetró en todas las posturas para celebrar el anochecer, el alba y cada hora y minuto del día.
Y al igual que había sucedido con lady Corset, solo que más rápido, en un puñado de semanas, mi barriga de mujer encinta tenía la apariencia de una gestación avanzada de muchos meses.
—Esperaremos a que nazca para marcharnos al continente —me dijo mientras cenábamos, uno junto al otro, con los platos repartidos por la mesa baja, a la luz de un candelabro, acurrucados en el sofá frente al fuego.
—Todavía no estoy segura de querer abandonar Londres. Es… es desgarrador.
Arthur me pasó los dedos por debajo de la barbilla, me alzó la cara y me besó la punta de la nariz con un pequeño gruñido.
—Amor mío, ya lo hemos discutido, hasta la saciedad. Lamento ser tan insistente, es el mejor modo de poneros a salvo a ti y a nuestro hijo hasta que el asunto del viejo duque deje de estar fuera de control.
—Pero tú tendrás que viajar, la Hermandad Real te reclama y yo… y yo…
—Tenemos amigos en Viena, querida. Buenos amigos que te arroparán y nos permitirán mantener el anonimato entre la élite.
—Ópera, niebla sobre el Danubio, callejones barrocos —musité entre labios.
—Nobleza que vive de noche, asistiremos a bailes interminables, deslizándonos entre condes y barones sin ser vistos. Y cuando nuestro hijo alcance la edad adulta…
—Regresaremos.
—Unos cuatro años. No antes.
—Inglaterra es mi hogar, Arthur. Será tan doloroso ver crecer a nuestro hijo lejos de estas costas.
—Si los dioses nos son propicios y nace vampiro, nuestro hijo o hija alcanzará la edad adulta en menos de ese tiempo, Serena. Viena está lejos, bien protegida, la comunidad vampírica allí es increíblemente poderosa y, lo mejor de todo, Bryen ignora nuestros planes. No sabrá dónde estamos.
—Alguien podría decirle…
—Y al instante nosotros lo sabríamos. No es el único que dispone de ojos y espías por todas partes.
Los tentáculos de los Reales son largos y llegan a los rincones más recónditos.
Solo hay que pasar lo más desapercibidos posible allí, y yo, cuando me encuentre aquí, hacer justo lo contrario.
Que todo apunte a que mi familia sigue en Londres, donde me dejo ver sin moderación.
Solo que en algún escondrijo inteligente que él no termina de encontrar.
Con las dos manos acaricié en círculos la tremenda barriga. Sentía el calor del pecho de Arthur pegado a mi espalda, el bailoteo de su aliento cuando hablaba, alborotándome los mechones sueltos.
—¿Cómo ha podido crecer tanto?
—Es un síntoma evidente de que nuestro hijo es un sangreazul, nacerá vampiro. La conversión debió de afectarlo desde el primer instante. Alégrate, Serena, es lo mejor que podía pasar. Será hermoso, será fuerte y será nuestro heredero frente a los Reales.
Volví a sofocar un suspiro.
A aquellas alturas, Arthur ya me había puesto al corriente de los sutiles y elegantes trapicheos que la Hermandad Real se traía entre manos.
Siendo como eran, exquisitos aristócratas de alto nivel, presencia frecuente en clubes exclusivos y eventos sociales muy privados, dueños de colosales fortunas, inmensamente ricos, sin embargo, controlaban con afán las estructuras de poder, los hilos de la maquinaria y el tejido generador de riqueza.
Desde los muelles a Scotland Yard, pasando por los principales periódicos cuyo control permitía desfigurar las noticias y ocultar sus desmanes cuando los había.
Desde las industrias urbanas clave, monopolizadas por su mano, a los clubes de ocio para caballeros.
De burdeles y antros de vicio y perversión, a las más compasivas obras benéficas con las que la comunidad vampírica se ganaba el favor y el respeto de las clases altas y la prensa respetable.
—Es un deseo que das por hecho.
—Permíteme esa licencia, amor mío. Soñar no cuesta dinero.
Viajamos a Austria nada más nacer nuestro hijo.
Un niño tan espectacularmente hermoso, pese a lo traumático y penoso de su nacimiento, que no parecía de este mundo. Un punto de luz infinita, de piel resplandeciente y cabellos como hebras de oro. Con enormes ojos azul claro, casi transparentes, igual que los míos.
Su simple apariencia irradiaba poder.
La suya, el tipo de belleza por el que los humanos matan y se esclavizarían sin pensarlo dos veces.
Por eso lo llamamos Soley.
No necesitaba hablar. No precisaba de pedir o exigir nada. Le bastaba entrar en una sala para que las conversaciones enmudecieran y todas las miradas girasen a observarlo. A devorarlo con codicioso deseo.
Soley era agraciado y gentil como solo un ser superior puede serlo.
Una vez en Viena, fuimos presentados a la clase noble vampírica.
No en vano, Arthur era el primer príncipe de la Hermandad Real, órgano de gobierno de la comunidad que operaba en todo el continente, así que fuimos recibidos como auténticos reyes.
Invitados a todo tipo de bailes, fiestas y eventos sociales.
Disponíamos de una soberbia mansión con exceso de servidumbre.
Todas nuestras necesidades y caprichos estaban más que cubiertos.
Arthur viajaba a la vieja Inglaterra al menos tres veces al mes o siempre que la gravedad de las circunstancias lo requiriera, para atender a las necesidades de los Reales, y yo permanecía en paz en casa ejerciendo de feliz madre, ocupándome de las exigencias y el crecimiento de mi hijo.
Éramos razonablemente felices.
Y con el tiempo, casi enseguida, en cuanto tanto mi esposo como yo tomamos conciencia de que esa costumbre tan vampírica de servir humanos vivos en los bailes y las fiestas para alimentarse de ellos, hasta saciarnos o asesinarlos, nos repugnaba, desarrollamos nuestro propio método.
Un método muy peculiar…, aunque difícilmente criticable.