Capítulo 6
Serena de Bravery
—Madre, le juro que no he visto otra joven igual. Su pelo… Imposible describirla, es bella como una mañana de primavera. Una aparición, un sueño, ni se imagina.
—Imaginamos, querido, claro que imaginamos —reiteré por enésima vez, conteniendo la risa—. Tanto tu padre como yo tenemos el gusto de conocer a la hija de los condes de Corset.
—Coincidirá conmigo en que es cegadoramente hermosa.
Suspiré con resignación y tomé otro bollito con la punta de los dedos. Desde que había llegado a casa, tras el recital en la casa vecina a los Corset, Soley no hablaba de otra cosa, absolutamente deslumbrado por lady Helena y sus evidentes virtudes.
—Lo que no entiendo es ese empeño de su padre por mantenerla oculta. Madre, apareció por sorpresa en la reunión y allí, delante de todo el mundo, sin atender a su bochorno, la tomó del codo y la sacó a empellones.
—Una actitud criticable —admití.
—Yo mismo le recriminé a Corset en más de una ocasión el que mantenga a su hija prácticamente presa en sus aposentos —nos aclaró Arthur indicándole al lacayo que le sirviera más café—.
Lady Corset parece mostrarse de acuerdo con la práctica, circunstancia que no entiendo, y la justificación es incrementar el valor de la muchacha como trofeo de cara al matrimonio.
Arqueé las cejas con incredulidad.
—Una tiranía que suena muy propia de Corset. No tanto de Marianne.
—Bueno, ya la conoces, es una mujer sumisa —apostilló mi esposo.
—¡Pero es injusto! ¡Es más que eso! —se agitó nuestro hijo, momentáneamente fuera de sí— ¡Es una monstruosidad!
Esa joven ha sido concebida para brillar e impresionar.
¡Es, sin duda, la muchacha más hermosa de Londres!
—Soltó la servilleta arrugada con un golpe sobre la mesa—.
No lo consentiré, pienso salvarla de ese destino horrible...
—Tú permanecerás exactamente en el sitio en donde estás —le ordenó tajante su padre—. No tienes edad de pensar en cortejos.
El adorable ceño de Soley se plegó con rabia.
—Ah, ¿no, padre? ¿Y de qué tengo edad, si puede saberse?
—Céntrate en tus estudios y no le des dolores de cabeza a tu madre.
Nuestro hijo apretó los labios y se puso en pie como impulsado por un resorte.
—Estoy harto. Cualquier iniciativa con la que no coincidáis o que no sea de vuestro agrado, se considera al instante prohibida y censurable.
Acto seguido, abandonó el comedor con solo cuatro zancadas.
—Es rebelde por naturaleza —sonrió Arthur tomándome la mano y llevándosela a los labios para besar la palma—. ¿Hablaste con la pequeña Mila?
Mi semblante se ensombreció. Oírlo fue como si una piedra se me alojara en mitad de la garganta.
—Hace tres días. Hice que se marchara por la mañana temprano. Oh, Arthur, acostumbrarme a la nueva servidumbre va a suponer un auténtico suplicio.
—Corset ya nos la ha seleccionado. Conforme a tus pautas previas, querida. Exactamente el número de miembros que tú decidiste, si bien el conde sigue insistiendo en que le parece un plantel de servicio insuficiente, ofensivo para la categoría de esta casa.
Se me escapó una carcajada fresca, que rebajó la tensión de mi disgusto, ocasionado por el desplante de Soley y, sobre todo, por la marcha de Mila.
—No seré yo quien juzgue al conde por querer mantener a su hija lejos de las pupilas y la codicia —retomó mi marido—. La muchacha es asombrosa, causará un gran efecto cuando decida mostrarla.
—Supongo que eso persigue. Una exposición propia de un sistema rancio y ancestral, en el que las mujeres son fácil moneda de cambio y tener una hija bella se considera un activo patrimonial —me quejé.
—De sobra conoces las reglas que impone la comunidad vampírica.
—Lo sé. Llegados a este punto, las mismas que la comunidad humana, debo decir. Esa muchacha servirá para cerrar alguna transacción comercial, un acuerdo o algo peor.
Algo peor, sin duda.
Algo mucho peor.
Solo que, por aquel entonces, yo lo ignoraba.
—Somos afortunados siendo padres de alguien como Soley. —La sentencia de Arthur aligeró mis nefastos pensamientos—. No sacrificaremos su felicidad, nadie decidirá su futuro, será libre e independiente. Llegado el momento, podrá marcar por sí mismo sus pasos.
—Me temo que nuestro hijo es un ápice más impaciente de lo que debiera. Quizá tenías razón y no debimos regresar de Viena hasta haber él completado su desarrollo. Está en ese momento impetuoso e irracional que te ofusca y te lleva a cometer un sinfín de errores y muchas tonterías.
—¿Solo porque se ha quedado prendado de una muchacha? Vamos, Serena, es natural.
—Esa indomabilidad suya, esa terquedad descabellada puede ponerlo en peligro. Recuerda dónde estamos. Recuerda que tu padre sigue ahí fuera, en alguna parte, acechando y pergeñando su venganza.
Terminamos el desayuno en paz y concordia, aunque solo fuera una manera de hablar, dado que con solo mencionar a Bryen, los dos perdíamos el sosiego.
De tanto en tanto nos permitíamos el lujo de vivir la ilusión de estar a salvo.
Éramos ricos, poderosos, teníamos una sociedad al margen de la humana y yo había decidido mantenerme lejos de los negocios de la Hermandad hasta que dejara de importarme si eran o no, éticos y legales.
Eso no implicaba que Bryen y su espantosa amenaza hubiera dejado de pender sobre nuestras cabezas como la espada de Damocles.
Ahí estaba. Y ni Arthur ni yo consentíamos que se olvidara, si bien, mantener a Soley al margen de esa aterradora realidad, resultaba vital. Incluso yo había empezado a practicar tiro con pistola y lanzamiento de estaca.
Un beso de mi esposo en la sien, y a continuación en los labios, aprovechando que yo alzaba con sorpresa la cabeza, me trajo de vuelta de mi distracción.
—¿Ya te marchas?
—Debo reunirme con Corset y otros Maestres de la Hermandad. Al parecer están produciéndose disturbios en la zona de los muelles y ha surgido algún problema del que todavía no conozco los detalles, con los comerciantes principales.
—Se supone que los nobles no deberían trabajar —me mofé—; tú trabajas duro y a diario.
Arthur gruñó al dirigirse hacia la puerta.
—Vivíamos mejor en Viena. Pero ser cabeza pensante de los Reales es lo que tiene, la toma continua de decisiones. Menos mal que son otros los que hacen el trabajo de campo.
—No presumas haciéndome creer que no te mancharías de barro las manos, Arthur, no eres de los que se quedan esperando a que los demás actúen.
Él se detuvo a mirarme desde la puerta del comedor. Había tanta luz, tanto amor encerrado en aquellos iris cobalto que me estremecí por dentro. Nadie alcanzaría jamás a percatarse del modo como nos complementábamos. Y nos necesitábamos.
—Si tú o Soley estuvieseis en peligro, atravesaría los océanos a nado. Y no habría montaña que no escalase o fosa que no cavara con mis propias uñas. Tenlo por seguro.
—Te amo.
—Te amo —me respondió con idéntica entrega.
Permanecí en el comedor todavía un largo rato, ordenando mis ideas, pensando en lo que tenía que hacer y en qué orden. Elaborando la estrategia que me acercara de nuevo a mi insubordinado vástago, sonriendo al reparar en cuánto lo quería.
Entonces entró un lacayo con una nota doblada, a mi nombre.
—Acaban de traer este mensaje, su gracia. Es para usted.
—¿Para mí?
Extraño.
Lo tomé con cuidado y lo desdoblé. Era una nota firmada por Mila, escrita de forma apresurada, en la que me suplicaba vernos aquella misma tarde en una dirección infame de Whitechapel, un barrio aún más infame.
«Lamento tener que molestarla, duquesa, pero es cuestión de vida o muerte».
¿De qué podía tratarse que fuera tan urgente?
¿Por qué no estaba Mila en la respetable casa de huéspedes donde yo misma la había alojado? ¿Qué diablos la había llevado hasta una calleja inmunda en la parte más peligrosa de la ciudad?
Iría, claro está que iría.
Ya me sentía lo bastante culpable por haberla alejado, prescindido de sus servicios, como para hacer oídos sordos a la petición de alguien que nunca había pedido nada.
Desde luego, era una trampa.