Capítulo 5
Serena de Bravery
Una vez saciados, aunque prometiéndonos con miradas y gestos exentos de palabrería repetir en cuanto estuviésemos de vuelta en casa, regresamos al gran salón de baile, donde todo había desvariado, convertido en un auténtico disparate… vampírico.
Las parejas y grupos se besaban, tocaban o hacían el amor sin cortapisas, aprovechando cualquier diván o alfombra disponible.
Por doquier se oían carcajadas, murmullos atrevidos.
Las copas repletas de sangre corrían por las mesas y de mano en mano, los instintos mandaban y no había nadie que no se dejara arrastrar por ellos del modo más salvaje.
Frente a la chimenea, distinguí la sombra del joven que nos había espiado en el corredor. No tenía una total certeza, era como si todo lo que rodeaba su imagen estuviera envuelto en brumas, pero mi amado esposo, que me cazó revisándolo, se encargó de sacarme de dudas.
—Valent St. Claire. Conde. Y por lo que sé, obscenamente rico. Muy selecto, amante de los viajes. Se comenta que ha recorrido el mundo en su totalidad, ya dos veces. ¿Acaso lo conoces?
Iba a contestar en negativo, lo que no era sino la más palpable verdad, cuando el conde volteó sus ojos del color del bronce en mi dirección y me clavó literalmente en la pared con la potencia de su mirada.
Me paralizó por unos segundos, nada más.
Me recompuse sacudiendo la cabeza, regresando la atención a mi marido, antes de que se figurase algo ridículo.
—No, la verdad es que no. Por un instante creí encontrar algo familiar en sus rasgos. Sin embargo… Siendo tan influyente, ¿no forma parte de la Hermandad?
Las comisuras de Arthur se movieron ligeras, pretendiendo sonreír con cinismo.
—No, de momento. Al parecer, aspira a convertirse en miembro regente, sin embargo, nuestro Allistair se ha vuelto inexplicablemente desconfiado.
—¿No eres tú quien decide, después de todo? Como primer príncipe.
—Puede que en la jerarquía ocupe una posición prevalente, sin embargo, sería un necio si negara la mayor experiencia de Corset en estas lides. Él presume de buen juicio en el análisis de candidatos, de modo que, si bien no le cedo la responsabilidad decisoria, me dejo aconsejar.
—Cariño, ¿por qué nadie habla del segundo príncipe? ¿Por qué no asiste a estos eventos ni lo conozco? ¿Quién es ese hombre misterioso…?
Mi marido se encogió de hombros.
—Otro viajero empedernido. Gobierna en la distancia, efectivo, aunque en libertad, como él prefiere.
—En tu condición de cabeza de la Hermandad, ¿no podrías obligarlo a regresar?
—Por supuesto que podría, el caso es que no veo la necesidad. Thorne cumple con sus obligaciones y no tenemos que soportar sus extravagancias. Mejor así, ¿no? Mi decisión se ampara en que también ellos me permitieron regir desde Viena cuando fue preciso.
Asentí con un cabeceo. No podía decir que no tuviera su lógica.
Luego, inconscientemente, me giré a buscar a St. Claire de nuevo.
Movida por el impetuoso vigor de su deseo. El anhelo hacia mi persona que se le salía por aquellos ojos sobrenaturales y me resultaba de todo punto incomprensible.
Entonces se abrieron de par en par las puertas y aparecieron los lacayos. Portando sobre los hombros humanos destinados a suministrar sangre fresca y dulce. Una suerte de postre, un regalo de los anfitriones a sus invitados.
Tras un efusivo aplauso y un evidente revuelo entusiasmado, la muchedumbre se trasladó a las mesas repentinamente despejadas, con solo los humanos desnudos tumbados sobre ellas.
Unos se cernieron sobre las muñecas, otros sobre los tobillos o las ingles; los más afortunados, directamente sobre los cuellos.
Mi esposo y yo cruzamos una mirada repleta de significado.
Aquellas bacanales no eran de nuestro gusto: vaciar humanos inocentes. Si bien llegaban como voluntarios pagados, la mayoría de ellos perdían la vida, no puedes pedirle contención a un vampiro desatado y hambriento.
Nosotros teníamos otros sistemas para alimentarnos. Uno que inventamos juntos mientras vivíamos exiliados en Viena y que nos reportaba mayores satisfacciones.
Arthur extendió su mano esperando la mía. Se la entregué con gusto. Enguantada y firme. Y al enredarse nuestros dedos, el deseo febril se transmitió del uno al otro como un relámpago en un cielo de tormenta. Quedamos trabados por las pupilas, con la fuerza irrompible de nuestro vínculo místico.
—¿Nos ausentamos, querida? —me susurró para que solo yo lo oyera.
—De mil amores. Ya está bien de fiesta —corroboré.
Salimos de la sala asidos por el brazo, dando la espalda a aquel gentío ciego de sed que ya no veía otra cosa más que sangre, sin percatarnos del modo obsesivo como St. Claire me perseguía con las pupilas dilatadas.
Si el deseo carnal hubiese tenido rostro, en aquel momento, sería el de Valent St. Claire.
Un hombre al que yo no recordaba.
Al día siguiente, ya me desperté cansada.
No porque hubiéramos trasnochado yaciendo como leones, no.
Los vampiros se recuperan con increíble rapidez de esos esfuerzos.
Es que no logré conciliar el sueño, abrumada por la obligación de despedir a Mila, que me pesaba como una losa de piedra sobre la espalda.
No quería hacerlo. No obstante, debía protegerla.
Era una jugarreta, una mala pasada, y repetirme que era por su bien, me consolaba muy poco.
El día lo pasé dispersa y bastante distraída.
Por eso, cuando Soley me pidió permiso para asistir a solas a un recital de poesía y cuarteto de cuerda, le concedí autorización sin pensarlo demasiado.
Siempre lo acompañábamos, su padre o yo, o ambos a un tiempo.
Una sobreprotección dada su edad, lo admito, pero tanto Arthur como yo aún teníamos muy reciente nuestra humanidad, la escoba del olvido todavía no había eliminado nuestras sensaciones de antes de la conversión. Y para nosotros…
Para nosotros, Soley apenas tenía tres años.
Dos años y medio disfrutando de su presencia en nuestras vidas, pese a que su aspecto fuera el de un muchacho de dieciséis. Un año y medio más y alcanzaría la plenitud, la edad adulta con una apariencia de entre veinticinco y veintisiete.
Y a partir de ahí ya no envejecería un solo segundo.
Seguiría siendo el ser estremecedoramente hermoso que era ahora. Rubio como su nombre, con aquellos impactantes ojos azules y la envergadura de un dios.
Un joven dios vikingo. Así era nuestro hijo amado.
Sangreazul y heredero del ducado de Bravery.