Capítulo 4
Serena de Bravery
Mi amiga, a la que tanto había echado de menos durante mi exilio en Viena, me recibió con una risita encantadora y me hizo señas para que me acomodase a su lado.
—Sea discreta con sus pareceres, querida —me recomendó en un bisbiseo—, hay demasiados oídos chismosos por aquí que, de poder, la harían quedar mal.
Puse los ojos en blanco con un aspaviento divertido.
—Oídos que, por cierto, ya quisieran ser tan agudos como los nuestros.
Marianne me observó con interés, desde la coronilla al regazo.
—¿Cómo se siente con… el cambio? Disculpe, sé que se lo pregunto constantemente, es que la curiosidad me corroe. Está tan hermosa, rezuma usted luz y poder por todos los poros, no sabe cómo la envidio, Serena.
—¿Aún no se ha decidido a convertirla? —Con la barbilla apunté hacia lord Corset, exultante y jubiloso junto a mi duque, bebiendo brandy, departiendo con los convidados, ejerciendo de anfitrión perfecto.
La chispa de regocijo que creí haber detectado en su expresión se apagó al punto.
—No hasta que le dé ese hijo varón que tanto ansía.
No podré hacerlo si dejo de ser humana. —Volvió a concentrarse en mi persona—.
Qué afortunada ha sido usted trayendo al mundo a Soley.
Un sangreazul nacido vampiro, el ideal que todos codician, personificado.
Un auténtico Bravery. ¿Tiene idea de la suerte que ello supone?
—Ya llegará su anhelado heredero, Marianne. Procure no obsesionarse y tenga fe en que tal cosa sucederá. Entretanto, tienen a lady Helena.
—Oh, Helena —exclamó súbitamente contrariada—, esa muchachita insensata e impulsiva por demás, no piensa darnos más que quebraderos de cabeza, se lo aseguro.
—¿Por qué lo dice?
—¿Cree por un instante que aceptará con docilidad sus obligaciones cuando le llegue el momento de casarse? No, en absoluto. Y eso que, solo por tratarse de la hija del tercer príncipe, pese a su carácter indómito, encontrarle marido de gloriosa condición no supondrá una hazaña imposible.
—¿Cuál es la razón, entonces? Lady Helena resulta insultantemente hermosa y se sabe comportar.
La condesa de Corset me dirigió una sonrisa condescendiente.
—Querida, es medio humana. Los nobles vampiro no suelen casarse con mestizas.
O eligen humanas completas como yo, que podamos darles vástagos, o vampiras como ellos.
Por si todo eso no bastara, mi hija, además, osa tener sus propias expectativas: el otro día, sin ir más lejos, me dijo que había conocido a un joven jinete en Hyde Park y que le pareció el hombre más perfecto que habían visto sus ojos.
Que pensaba indagar acerca de su identidad para tratar de coincidir nuevamente.
—Llegados a este punto de la confesión, la condesa estaba roja como una cereza madura— ¿Se imagina?
Figúrese la indecencia, duquesa, no se puede ser joven, soltera, de buena familia y tan escandalosa.
Se me escapó una risilla de admiración hacia la impetuosa muchacha a la que solo había visto en contadas ocasiones.
—Me temo que esa tendencia a la… exuberancia proviene de su mitad vampírica. Somos de sangre caliente, condesa. Caliente y a borbotones. Tendrá ocasión de experimentarlo en un futuro no muy lejano.
La Casa de Eglantine, nueva sede de los Reales, decidió arrancar su andadura con todos los parabienes.
Todo aristócrata humano con capacidad de manejo e influencia en las altas esferas había sido invitado.
Eso sí, únicamente a la inauguración; finalizado el evento, ya no volverían a poner los pies en el exquisito club.
Sería como mostrarle la zanahoria al pollino y no permitirle alcanzarla jamás.
Se pasarían la vida ansiando convertirse en miembros de tan selecta y distinguida comunidad…, sin lograrlo. Los vampiros no lo permitirían. Aquel era su círculo particular de poder, el núcleo desde el que se tomarían las grandes decisiones que afectaban a nuestra sociedad clandestina.
Se habían limitado a mostrarles el cebo para que salivaran.
Lord Corset nos sorprendió entonces, ofreciendo su lujosa residencia con la intención de celebrar un baile, una suerte de segunda apertura en privado.
El evento en el que todos serían libres de comportarse como desearan, del modo que no había sido posible en la inauguración, por razones obvias.
Una fiesta donde no habría humanos ni tampoco por qué esconderse, a la que solo asistirían familias de la comunidad vampírica.
Los trajes de las damas serían escotados y provocativos, las danzas descaradas, seductoras.
Y se bebería sangre. Sin contención.
En copas, en cuencos, en tazas de porcelana para el té.
Mi esposo y yo acudimos, como no podía ser de otro modo, calificados a la altura de invitados de honor.
Ir y sonreír todo el tiempo era parte de nuestras obligaciones, aunque viviéramos con el corazón en un puño, preguntándonos dónde se ocultaba el viejo duque y cuándo saltaría sobre nosotros para destruirnos a dentelladas.
Una vez en el salón de baile, observé la refinada multitud que nos rodeaba.
Aquella era nuestra gente, miembros o dependientes de la Hermandad Real.
Nos protegerían si Bryen aparecía, al estar proscrito y condenado a muerte por los Reales.
Bryen era el enemigo, nadie se pensaría dos veces ir en su contra si arremetía.
¿Puedo decir que tal certeza no me consolaba?
Mis sentidos, agudizados de por sí desde la conversión, ahora por costumbre, los llevaba y mantenía al límite, siempre alerta, siempre vigilando por encima de mi hombro. Por si aparecía.
La orquesta, a todas luces una orquesta normal, aunque ya sospecháramos que cada uno de sus partícipes estaba esclavizado, su voluntad por entero arrebatada, y al acabar les borrarían la memoria de modo que no pudiesen recordar dónde habían tocado aquella noche ni lo que hubieran presenciado.
Porque la bacanal dio comienzo enseguida.
Mientras unos se lanzaban al disfrute carnal en su más amplio sentido, yo me dediqué por entero a un baile. Un solo vals disfrutado en pareja, arrullada por la música, rodeada por los brazos amorosos de mi marido.
Ya desde los inicios de la danza, permitimos que la temperatura de nuestros cuerpos se disparara y nos dejamos llevar por la lujuria. Y no fuimos los únicos, aunque sí los únicos que para mí tenían sentido.
—Observa el modo en que todos te miran —me susurró cerca del cuello.
—Sabes cuánto me disgusta ser el centro de atención de una sala.
—¿Te extraña que te admiren? —se vanaglorió, la voz ronca—. Con ese vestido…
Me mordí el labio, provocativa.
—El vestido y lo que esconde son solo para ti.
Comenzó el ascenso al infinito; únicamente con mirarnos a los ojos.
Quedé presa del cobalto que ardía en los iris de Arthur, y todo alrededor desapareció para mí al instante. Para nosotros.
El deseo empezó a bullir en mi vientre, como una serpiente enroscada y dormida que se despereza y te envuelve. Haciendo que mi sangre hirviera desbocada dentro de las venas. Me invadió el olor de Arthur, ese aroma masculino y poderoso que conocía tan bien y que causaba en mí efectos devastadores.
Me invadió para cautivarme. Para enloquecerme.
Hundí las yemas de los dedos en su pelo denso y oscuro y tiré para atraerlo hacia mí, para besarlo con toda la pasión imaginable y ningún recato.
Me desentendí de la gente alrededor y con la lengua lamí su boca, las comisuras, la línea de su mandíbula, mordisqueé sin tregua su labio inferior… hasta hacerle sangre.
Ahí gemí. Al olerla, al saborearla, narcótica y dulzona. Y todo dio comienzo.
Perdí la cabeza.
Un par de piruetas arriesgadas, enlazados, un par de giros vertiginosos al compás de la música, y acabamos en un pasillo estrecho, rodeados de oscuridad.
Devorándonos a pura dentellada.
Mi esposo me subió las faldas y metió ambas manos hasta anclarse en mis glúteos.
Yo me retorcí pegada a su pecho. Notando cada pulgada de su tacto, cada embestida mientras abría espacio entre sus ropas, sacaba la verga dura como el hierro y me penetraba hasta el fondo de las entrañas de un solo empujón.
A partir de ahí, todo se resumió en danza, ritmo coordinado y placer. Un placer efervescente como un hormigueo febril que crecía y me hacía dócil.
Conforme la tensión se plegaba en mi vientre disponiéndose a estallar por los aires en cualquier momento, a liberarse como una hoguera que prende, yo relajé unos músculos y contraje otros.
Adaptándome, como se adapta el agua, a los movimientos con los que mi duque me fornicaba.
Cada vez más profundo, cada vez más duro.
Contra la pared.
Sujeta por uno de sus fuertes brazos y mis piernas alrededor de su cintura, mientras su mano libre sujetaba mis muñecas por encima de la cabeza.
Su boca ansiosa se desplazaba a lo largo de mi cuello, yo notaba el recorrido de las puntas afiladas de sus dientes sobre mi piel, un cosquilleo demencial combinado con el bombeo incesante de su polla hambrienta contra mi vientre.
Entrecerré los ojos y jadeé, borracha de goce.
Los abrí apenas un instante y, parece que fue un gesto involuntario solo destinado a ver a aquel hombre. El voyeur .
Desafiante, alto, hermoso. Cabello largo y sedoso cayendo sobre sus hombros. Apoyado contra la pared opuesta al fondo del pasillo, bebiéndose con los ojos nuestro acto de entrega carnal.
Suspiré. Pestañeé, volví a mirar… Él ya no estaba.