Capítulo 3
Serena de Bravery
Por más que me espinase, el asunto de Mila era una diligencia que no admitía demora.
Despacharla antes de que empezase a sospechar.
Tenía mucho, mucho que agradecerle a la muchacha que me recibió en soledad mi primera mañana en Shadow Hall, en especial, tras la desaparición de Betsy. Y si ahora tocaba ponerla a salvo con embustes y subterfugios, por mi sangre de Fairhaven que lo haría.
Me reuní con ella en el saloncito de recibir y la animé a que tomara asiento junto a mí, en el sofá y me acompañara al té. Como cabía esperar, se negó con escándalo. Así que carraspeé algo nerviosa, me armé de valor y solté la primera frase, sin duda, la más complicada.
—Mila, tu período de servicio en esta casa ha llegado a su fin.
Se le desorbitaron los ojos, que enseguida también estuvieron húmedos.
—¡Duquesa! Va… Usted va… ¿va a despedirme?
—Solo voy a prescindir de tus servicios.
La mayor de las confusiones se le pintó en la cara.
—¿No es lo mismo, excelencia?
—Suena mejor. Y dado que lo que hago lo hago por tu bien, permíteme exponerlo de esa forma.
Primero palideció. Acto seguido se desplomó como un fardo en el sofá que segundos antes acababa de rechazar.
—Pero excelencia, yo no quiero… no quiero irme. ¿Me está castigando? ¿Hice algo malo? Le juro que si me dice en qué he errado, pondré mi mayor esfuerzo en enmendarme y… ¡Mejoraré! ¡Tiene mi palabra de que mejoraré!
Le sonreí con la mayor afabilidad que pude reunir, teniendo en cuenta la amargura que sentía y lo mucho que iba a echarla de menos.
—No, mi querida muchachita. Puedes estar tranquila, no has hecho nada malo.
—Yo… yo podría… hacer… Haría cualquier cosa, lo que usted me mande para reparar mis errores. Lo compensaré, se lo aseguro, sea lo que sea, lo compensaré. No quiero…
—Mila —la corté en seco, advirtiendo su angustia creciente—.
Es por tu propia seguridad. El duque pertenece ahora a un órgano de gobierno muy influyente, aunque también se verá empujado a tomar decisiones que no serán del gusto de todos.
Puede desencadenar represalias. Tememos por ti, permanecer aquí es peligroso.
Ella se inclinó en mi dirección.
—Usted…
—Yo estoy donde debo estar. Soy su esposa.
—¡No me importa! No me importa, duquesa, de verdad que no me importa. Quiero estar aquí, a su servicio…
—Y yo quiero que estés a salvo. —Le tomé las manos y las encerré entre las mías. Estaban frías y temblaban—. Nadie nos garantiza que no vaya a repetirse el horror de Shadow Hall. Si llegara a pasar…, no quiero ni suponer que pudiera pillarte en medio.
—Pero necesitarán servicio, la mansión no puede manejarse sin criados —insistió con los ojos encharcados en lágrimas.
—Recurriremos a gente que nos importe menos. No, Mila, a ti te aprecio… te apreciamos demasiado. Voy a ponerte a cubierto, en un lugar seguro.
Los ojos, en este punto llenos de lágrimas, más inundados conforme comprobaba que no se trataba de ninguna broma, ascendieron lentamente y se clavaron en mí.
—Duquesa, no tengo a dónde ir.
—¿No volverías a Kew, con tu tía?
—Por nada del mundo querría regresar al pueblo. Toda la vida deseé poder escapar e instalarme aquí, en la ciudad. De ser posible, no deseo abandonar Londres.
—Entonces me aseguraré de buscarte una buena casa e inmejorables referencias. Tienes mi promesa de que estaré aquí si me necesitas.
La expresión atormentada de su rostro me gritaba que no podía creerlo.
—Excelencia, ¿no habría un modo…? ¿No podría…?
Me llené de piedad. Con ganas de abrazarla y sin poder hacerlo, me contenté con sujetarle desde abajo la barbilla y tirar para que me mirase de nuevo.
—No llores, Mila. Y hazme caso, esta solución es la mejor. Te alojaré en una casa de huéspedes en el centro, en una zona honorable y pacífica, donde puedas descansar unos días mientras esperas a que surja el empleo. Me encargaré de que sea cuanto antes.
En ese punto falté a la verdad.
Desde nuestra conversión, la regla básica de comportamiento y discreción era no intimar con familias nobles humanas, solo con vampiros.
Y desde luego, no iba a entregarla a otra casa peor que la nuestra.
Tendría que hacer uso de hasta la última de mis influencias, especialmente a través de lady Corset, para lograr algo.
—Debo… ¿disponer el equipaje? —hipó, lastimera.
Se me partió el corazón viéndola tan desolada. Me limité a asentir.
—Cuanto antes, mejor —agregué con voz estrangulada.
—Está intranquila, ¿verdad que sí, duquesa? —dedujo finalmente—. Se lo leo a usted en los ojos. Inquieta por algo.
Maldita sea.
No debió leerme nada. Mis ojos deberían ser cristal inexpresivo y frío.
Mi pecho, una caja vacía exenta de emociones.
Y, sin embargo, todavía me traicionaba mi humanidad, retazos de la naturaleza a la que habíamos renunciado y de los que, a cada paso, quedaría menos rastro.
Arthur aseveraba que conforme envejeciéramos , la empatía se convertiría en un recuerdo, las emociones en una mancha difusa, el acto de conmoverse, en una ilusión inalcanzable.
Hasta que al fondo del camino no quedase una brizna, no importara nada, no sintiéramos nada.
Yo aún no había alcanzado ese punto. Seguía sintiendo demasiado.
A sabiendas de que serían las últimas veladas en las que me ayudaba a vestirme, Mila y yo nos dedicamos en silencio a embellecerme para el acto social.
Dada la condición del evento, un vestido elegante, aunque sobrio, con menos escote de lo que a mi esposo le habría gustado, y de lo que resultaba habitual en reuniones vampíricas.
El caso es que aquella noche, a la inauguración asistirían altos cargos humanos de la ciudad que lo ignoraban todo acerca de nuestra raza, debíamos mantener las formas y el ansia de sangre bajo control.
Tras la última ojeada de costumbre a mi aspecto frente al espejo de cuerpo entero, ver en una esquina reflejada la frágil figurita de Mila me descompuso y no pude reprimirme: olvidando el recato y las reglas, le dediqué un último abrazo.
La muchacha sollozó sin hacer ruido, pegada a mi pecho.
—Todo irá bien, pequeña —la consolé—. Todo irá bien.
El nuevo establecimiento que, de puertas hacia fuera adoptaría el aspecto y honorabilidad de un club exclusivo, muy exclusivo, de caballeros, donde los vampiros podrían reunirse con total discreción y del que resultaría prácticamente imposible ser miembro si no pertenecías a la Hermandad Real, se encontraba en el número 12 de la Half Moon Street, en Mayfair, y en adelante sería conocido como la Casa de Eglantine.
Una calle poco llamativa, con elegantes viviendas adosadas de estilo georgiano, perfecta para esconder secretos tras cortinas pesadas y portales sin letreros. Relativamente cerca de Piccadilly, al tiempo que lo bastante retirada como para mantener un aura de misterio y distinción.
Salones amplios alfombrados de rojo, salas privadas con bibliotecas prohibidas y vitrinas con valiosas reliquias de la antigüedad, junto a otras traídas del lejano Oriente y Egipto, expuestas bajo llave.
Muchos de los invitados aquella noche no volverían jamás a pisar el mismo suelo, por mucho que porfiasen.
Como cabezas principales de la Hermandad Real, lord Corset y mi esposo se apostaron a la entrada, a fin de dar la bienvenida y recibir los halagos y venias de cada asistente.
Después de coordinarnos con una mirada repleta de significado, me retiré a la zona de sofás frente a una chimenea, en la que aguardaba lady Corset.
Mi buena amiga, con el rictus melancólico y la mirada vidriosa, que parecía no recuperarse nunca de la pérdida de su bebé.
—Mi querida Marianne —saludé con impostada alegría—, creo que me abruma tanto visitante ilustre; apenas hemos llegado y ya estoy deseando volver a casa.