Capítulo 2
Serena de Bravery
Uno de los mayores errores que podemos cometer es sustentar sueños y deseos.
Porque desde que nacen, los alimentamos con afán, nos esforzamos para que algún día se cumplan, desconociendo que muchos de ellos han sido concebidos con el único objeto de destruirnos la vida.
Y mi sueño… y nuestra perdición fue presionar a mi familia para que abandonásemos Viena. Regresar a Londres antes de tiempo.
Gemí.
Otra vez aquella sensación de una estancia que no me resultaba familiar. Enorme, en penumbras, con una densa neblina que ascendía en jirones desde el suelo hasta media altura, difuminando la visión de la escena.
Y yo… avanzando lentamente hacia ese fondo de sala donde se levantaba un estrado.
Seguía, hipnotizada, el rumor de la voz que me llamaba.
Cantos de sirena. Algo que, pese a no haberlos escuchado jamás, podría jurar que sonarían así. Angelicales, cristalinos, narcóticos.
En la plataforma elevada, distinguí la sombra de un trono. Un trono carmesí. Alto. Poderoso e intimidante. Que pese al temor que me inspiraba, no dejaba de atraerme.
Y en ese preciso segundo, tomé conciencia de la desnudez de mis pies. De cómo se deslizaban sobre el suelo liso y, a continuación, pisaban algo tibio y resbaladizo. Miré hacia ellos, aunque la niebla no me permitía ver.
Así que seguí caminando a ciegas en dirección al trono.
Y conforme me aproximaba, entendí. Era sangre. Sangre derramada.
Desde lo alto de aquel sitial, reptando como miel caliente por la escalinata que comunicaba con el entarimado y, de ahí a las baldosas, cerca de mis pies desnudos hasta cubrirlos.
Sangre. Sangre escarlata y vibrante.
Y aquella voz, suave, cadenciosa, envolvente… llamándome por mi nombre.
—Serena… Ven, Serena.
—Amor mío, despierta, ¿te encuentras bien?
Me revolví con un largo jadeo sobre las sábanas y me senté de un golpe en la cama. Agitada y sudorosa, con la respiración entrecortada. Mi esposo estaba allí, acomodado junto al lecho, inclinado hacia mí, observando con preocupación el modo en que yo superaba el nudo en el pecho y mis terrores.
—¿Otra vez la pesadilla?
Me pasé la mano por la frente, con torpeza. Él fue mucho más hábil que yo retirando los mechones húmedos que se pegaban a mi rostro, asegurándolos tras mi oreja.
Asentí.
—¿No crees que va siendo hora de llamar al doctor?
—¿Por unos malos sueños? —resté importancia al asunto, dedicándole la mejor de mis sonrisas falsas.
—Un único sueño que te provoca angustia y se repite sin cesar.
—Me niego a preocuparme por una minucia. Es tan solo el agotamiento del viaje, el esfuerzo de instalarnos de nuevo en Londres, asumir los cambios… Bésame y déjate de médicos.
A regañadientes, Arthur buscó mis labios y los atrapó sabiamente con los suyos. En menos de medio segundo, los dos nos habíamos olvidado de la macabra pesadilla.
—He ordenado subir el desayuno a tu gabinete, para comer algo juntos antes de ausentarme. Enfrento una jornada amenazada por un sinfín de trámites y formalidades de lo más aburrido.
Mientras me lo explicaba, me rodeó los hombros con su fuerte brazo y yo me acurruqué contra su pecho, tan reconocible, tan cálido, tan hogar , ronroneando.
—¿Estarás fuera todo el día?
—Los infiernos no lo permitan. Son solo unas reuniones con lord Corset y otros caballeros sobresalientes, de influencia en la Hermandad. Trataré de no demorarme.
—Aguardo impaciente tu regreso, pues —silabeé coqueta, desde debajo de las pestañas.
—Ojalá a mi vuelta pudiera secuestrarte y encerrarte en la alcoba para no salir hasta rayar el alba.
—Hazlo —lo reté con picardía.
Mi esposo arqueó las cejas en un gesto que expresaba frustración.
—Recuerda que esta noche debemos asistir a la inauguración del nuevo club.
Fue como si mi entusiasmo cayera en picado, después de haberse encaramado a las nubes, estrellándose contra una muralla.
—Oh, sí, por poco lo olvido. Qué acontecimiento social más soporífero…
—Cariño, da comienzo nuestra escasa y limitada vida aristocrática en Londres. Nos veremos forzados a hacer ciertas concesiones. Pelearé duro porque no sean muchas, tienes mi palabra. Lo cual trae a mi memoria, que debes tomar cuanto antes una decisión acerca de Mila.
Me mordí los labios, atormentada. Sintiendo que mi alma resbalaba hasta yacer a mis pies.
—Sabes bien que por nada del mundo querría desprenderme de ella.
Mi esposo me tomó con dulzura una mano y se llevó los nudillos a la boca para besarlos, uno a uno.
—No hay más que dos salidas y sé que ninguna es de tu gusto, pero hay que elegir: o la despides con una buena bolsa más una inmejorable carta de recomendación que le permita subsistir y empezar de nuevo, o… la esclavizamos.
Hundí la mirada en las alfombras. No quería eso para Mila, ese destino funesto, muerta en vida, privada de voluntad, no lo deseaba.
—Esa muchacha tiene derecho a disponer de su existencia en libertad, Arthur. Quién sabe si enamorarse, contraer matrimonio, formar una familia.
—Es lo natural. Y estoy de acuerdo; sin embargo y por desgracia, la servidumbre en las casas de vampiros tiene sus peculiaridades, sus exigencias…
Levanté una mano para interrumpirlo. Cualquier cosa con tal de no seguir escuchando aquello tan desagradable, a lo que tardaría una eternidad en acostumbrarme.
Una eternidad. Disponía de ella.
—Lo sé. Lo entiendo, no creas. Pero se trata de Mila.
—Por eso te aconsejo que la surtas adecuadamente y la despidas con cualquier pretexto. Tomaremos nuevo servicio, algo más numeroso ahora, no solo una doncella y, si te resulta demasiado repulsivo, yo podría encargarme de doblegarlos.
—No. Es algo que me corresponde como señora de la casa. Su voluntad sometida a nuestras órdenes. No me agrada, sin embargo, entra dentro de mis deberes y me enseñaste cómo hacerlo.
Mi esposo me dirigió una mirada de aliento mezclada con admiración.
Cuántas veces había alabado mi valentía al prestarme a la conversión. A correr el riesgo de no haber sobrevivido, o de que Soley, nuestro hijo por aquel entonces aún no nacido, no hubiera conseguido transitar. Ambos lo habíamos superado, pese a que pudo haber sido muy distinto.
Y la simple sombra de ese recuerdo parecía mortificarlo.
Yo ya no sabía cómo explicarle que mi vida sin él a mi lado no tenía ningún sentido. Que me habría expuesto a ese y a otros mil peligros con tal de seguir juntos. Desde mi punto de vista, mi pretendido arrojo no tenía el menor mérito.
Nos acomodamos en la mesa, junto a la ventana, donde Mila nos había servido un opíparo desayuno. Me llevé la taza de té a los labios.
—Así que un nuevo club ultrasecreto para los caballeros miembros de la Hermandad Real y sus tejemanejes —bromeé mirándolo de soslayo.
Arthur arqueó una ceja.
—Acabó haciéndose necesario, querida. Hemos crecido demasiado.