Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2)
© inepub.com
Capítulo 1
Serena de Bravery
Aquello no tenía ningún sentido.
Agité el papel en mi mano enguantada. Lo releí para asegurarme. Un suspiro de angustia se me escapó por entre los labios. Volví a leerlo.
Ningún sentido. Ninguno.
Que yo supiera, Mila, nuestra apreciada doncella, estaba bien ubicada en una casa de huéspedes respetable, decorosa y segura, en Acacia Road.
Lo bastante alejada de Flower and Dean Street, en Whitechapel, a unas cuatro millas de distancia, un barrio conflictivo, insalubre y violento, con una nefasta reputación, especialmente de noche, como para que la nota se entendiera.
Una dirección plagada de riesgo, aunque apenas relevante para un vampiro, con nuestra superioridad física y la peligrosidad que entrañábamos frente a un ser vivo ordinario. Y, no obstante, igualmente indeseable.
No, la cuestión no era que temiese desplazarme hasta allí. Mi fuerza sobrehumana y mis afilados colmillos eran más que capaces de defenderme del ataque de unos simples maleantes humanos. Solo me preguntaba…
¿Qué hacía Mila en aquel sórdido lugar? ¿Qué relación podía ella tener con los habitantes y la escoria de aquella parte de la ciudad, en qué problema se había metido, para qué me necesitaba con tanta urgencia? ¿Afectaría a algún pariente? ¿A una amiga cercana?
Era absurdo seguir devanándome los sesos, hasta que no me reuniera con ella y se explicara, yo seguiría in albis , ajena a todo.
Eché un último vistazo a la dirección en la misiva, la devolví al bolsillo de mi abrigo y me bajé del coche de alquiler.
Había aprovechado la forzosa participación de Arthur en otra tediosa reunión de la Hermandad Real, para abandonar nuestra residencia de St. Jame´s y acudir al acuciante reclamo de mi doncella, solo tres días después de haberla despedido.
Lo que no entendía era el lugar de la convocatoria.
Ni los motivos de su emergencia, que tampoco especificaba.
El cochero abandonó la calle y, seguramente el barrio, con toda la premura que le dispensaron sus caballos, dejándome en mitad de una plazoleta sucia y asfixiante sobre la que daba la impresión de que se volcaban los maltrechos edificios.
La niebla, espesa a mis pies, lamía el bajo de mis faldas, las luces temblonas tras los cristales de los ventanucos carecían de potencia, eran mortecinas, tristes, apenas alumbraban.
Las farolas, no más de un trío, estaban apagadas con la sola excepción de una, que arrojaba su débil reflejo sobre los adoquines húmedos.
Y en algún rincón a cierta distancia se escuchaba música, el bullicio propio de una taberna y el chillido de un niño, que también podía ser el maullido de un gato.
Aunque los callejones se veían inquietantemente desiertos, pronto empezarían a circular borrachos por allí, buscabroncas de la peor calaña y prostitutas, espectáculos lamentables e idénticos a los que presenciamos mientras vivimos en Viena.
Humanos que podrían acabar de igual modo que aquellos viles austríacos…
, si yo no tuviese tanta prisa aquella noche y otro asunto del que ocuparme.
Espoleada por la curiosidad y el afecto que le tenía a Mila, me dirigí a buen paso, firme y resuelto, hacia el número de la calle que aparecía en el aviso.
Mi afilado oído vampírico me alertó de un cambio sutil en la vibración del éter, la cercanía de unas suelas contra el adoquinado.
Más de una persona.
Seis pies, con toda probabilidad. Sonreí perversa.
Si por un momento cometían el error de confundirme con una muchacha indefensa a la que convertir en víctima de un robo o algo peor, se llevarían un chasco letal.
La primera sombra se me abalanzó sin previo aviso, aunque no me costó esquivarla.
Apenas había rematado el movimiento evasivo, me vi obligada a repetirlo de nuevo con mucha precipitación, ya que otro de los atacantes arremetió con furia.
Un gigante de rostro tatuado que sostenía una cadena que olía a plata y de la que debía cuidarme.
Cuando quedé frente a ellos, entrecerré los ojos y pude verlos a los tres.
Aquella gente no pertenecía al barrio. No eran vecinos de Whitechapel.
Lejos de vestir andrajos, penuria y mugre, iban bien pertrechados, limpios como el servicio de una casa ilustre, envueltos en capas oscuras, con ojos que brillaban como carbones encendidos.
Tanto lo felino de sus movimientos como la forma de vigilar mis pasos me contaron lo que temía: no eran humanos.
De repente desaparecieron, devorados por la niebla que se espesaba y se hacía más densa. Sin duda, no eran neófitos, se conducían con la habilidad de un depredador experimentado y venían a por mí. Busqué el respaldo de un muro para tener protegida la retaguardia y esperé a que aparecieran de nuevo.
—Demasiado tarde, duquesa, el amo la reclama.
La amenaza sonó ronca y amortiguada. Conocían mi condición y mi título.
¿También mi identidad?
Los tres me cayeron encima desde posiciones diferentes.
Pronto formarían un círculo que me arrinconaría contra la pared, convirtiendo mi elemento de defensa en una trampa.
Los sorteé con destreza las primeras dos veces, despedazando el aire con una zancada.
Mis dedos se volvieron garras, mis colmillos centelleaban.
Alcancé a rajar la mejilla del más cercano, para interrumpir el conjuro de encierro que recitaba a media voz, aunque la mía fue una victoria efímera.
A cada segundo me costaba más moverme, gracias al hechizo. Mis extremidades parecían de hierro, los pies puro plomo. La cadena silbó en el aire y se me enroscó en el torso. La plata chisporroteó y mi piel, bajo la ropa, ardió como fuego sagrado.
Caí de rodillas, la niebla pegada al suelo me tragó entera.
Ahora, la letanía ya no la entonaba uno de los agresores en solitario. Los tres a coro repetían las extrañas palabras en un murmullo tan espeluznante como turbador.
—Insensatos. No tenéis idea de lo que os hará mi linaje… —amenacé en un tosco tartamudeo.
Uno de ellos, una mujer, me percaté cuando la capucha de su larga capa se movió dejando al descubierto parte de su rostro, soltó una estridente carcajada.
—A los Reales les queda poco tiempo, excelencia. Arranca el reinado de Aquel que se alimenta de príncipes.