CAPÍTULO 13 - VALERIE
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La cinta amarilla de la escena del crimen ondeaba bajo la brisa helada de la madrugada de noviembre.
El aire apestaba a lluvia inminente, asfalto mojado y cobre.
Sangre. Valerie se ciñó el abrigo oscuro alrededor del cuerpo, intentando ignorar el repentino escalofrío que no tenía absolutamente nada que ver con la bajada de temperatura.
Sabía lo que la esperaba en ese callejón sombrío mucho antes de que el perito levantara la lona de plástico.
Era el instinto de años en la división de homicidios, o tal vez algo más profundo. Una conexión retorcida.
—Detective Cross —murmuró el oficial en la entrada del perímetro, apartándose con una mezcla de respeto y lástima mal disimulada.
—¿Qué tenemos hoy, Miller? —su voz sonó afilada, profesional. La máscara perfecta de una detective implacable ocultando la tormenta caótica que se formaba en su mente.
—El mismo patrón que las anteriores, señora. Mujer, veintitantos años, cabello oscuro. La causa preliminar de la muerte parece ser asfixia mecánica. No hay marcas evidentes de lucha. Y... bueno, ha dejado otro regalo.
El corazón de Valerie se saltó un latido.
Un único latido traicionero y ensordecedor contra sus costillas, pero solo asintió, manteniendo su expresión dura como una piedra.
Caminó lentamente hasta el lugar donde yacía el cuerpo.
La víctima estaba colocada con un cuidado que rozaba la reverencia.
No había el caos habitual de la muerte violenta; era como si fuera una obra de arte descansando sobre el hormigón sucio, los brazos cruzados sobre el estómago, el cabello meticulosamente arreglado.
Pero los ojos de Valerie no se fijaron en el rostro pálido y sin vida o en las marcas amoratadas en el cuello. Fueron atraídos, tirados por una fuerza magnética, innegable y perturbadora, hacia el pecho de la víctima.
Allí, descansando perfectamente sobre el inmaculado jersey de lana, había una elegante caja negra, atada con una gruesa cinta de satén escarlata.
El mundo alrededor pareció silenciarse. El zumbido distorsionado de las radios policiales, los destellos cegadores de las cámaras de la policía científica, los graves murmullos de los paramédicos... todo desapareció en un agujero negro de percepción. Solo existía la caja. Y la promesa que contenía.
—No toquéis eso todavía —ordenó Valerie mecánicamente, su tono autoritario sin dejar margen para preguntas mientras se ponía los guantes de látex azul. Sus manos temblaban ligeramente. Un temblor milimétrico. Apretó los dientes y rezó para que nadie lo notara.
Se arrodilló junto al cuerpo, y la tela de su pantalón absorbió la humedad del suelo frío. Con movimientos precisos, contenidos por el monumental esfuerzo de mantener el control, tiró del extremo de la cinta roja. El lazo se deshizo con un suave susurro. La tapa de la caja cedió.
Seda negra.
Encaje intrincado y sombrío.
Un corsé increíblemente delicado y absoluto en su pecaminosidad.
Valerie tragó saliva, sintiendo que todo el oxígeno había sido succionado del callejón.
La textura de la tela negra contrastaba violentamente con la morbidez que la rodeaba.
Era una prenda carísima, lujosa, de diseño.
Lo sabía porque, al examinarla con las manos enguantadas, una discreta etiqueta cosida a mano reveló la talla.
Su talla exacta.
Un escalofrío caliente, espeso y totalmente inadecuado subió por su columna vertebral, derritiendo el hielo de la noche y extendiéndose como veneno por su bajo vientre.
Su respiración se entrecortó. Era enfermizo.
Estaba tan terriblemente mal. Debería sentir una repulsión absoluta.
Debería sentir un odio purificador por el monstruo egocéntrico que estaba segando vidas inocentes y burlándose del departamento de policía.
Pero, en el fondo, en un lugar oscuro y encerrado bajo llave dentro de su propia alma, lo que sintió fue el encendido de una letal chispa de excitación.
Él estaba pensando en ella. Había recorrido las calles, o entrado en una exclusiva boutique, elegido esa prenda específica imaginando cómo se amoldaría a su cuerpo.
La seda helada rozando su piel febril, el encaje contorneando y apretando sus curvas invisibles bajo los trajes conservadores que usaba para trabajar.
La desnudaba mentalmente con cada asesinato.
Y lo más aterrador no era que lo hiciera.
Era que ella deseaba ponérselo.
—Maldito seas —susurró, con la voz más ronca de lo que pretendía, un sonido áspero en la garganta.
—¿Ha dicho algo, detective? —preguntó Miller, acercándose un paso, con la carpeta apretada contra su pecho.
—Embala esto. Inmediatamente —replicó, levantándose de golpe y alejándose del cuerpo—. Lo quiero en el laboratorio en diez minutos. Quiero pruebas de ADN, análisis de fibras, polen, huellas dactilares... todo lo que podáis conseguir. Y no dejéis que nadie lo manipule sin estricta supervisión.
—Sí, señora.
Se alejó del centro de la escena del crimen, necesitando desesperadamente aire limpio, lejos del olor de la muerte y de la promesa de lujuria manchada de sangre.
Con cada nueva escena, con cada nuevo cuerpo, el hilo invisible que los conectaba se volvía más tangible, más asfixiante.
Era el clásico juego del gato y el ratón, pero últimamente Valerie ya no estaba segura de quién era el depredador y quién la presa.
El ratón no solía esperar los regalos del gato con la respiración contenida en la oscuridad de su apartamento.
Cuando llegaba a casa por la noche, a solas con una botella de vino barato y el peso de su placa en la mesa de centro, no podía evitar los pensamientos que invadían su mente.
No podía dejar de imaginar la mano grande y firme de ese hombre tirando de las cintas de un corsé en su espalda.
Sentía la sombra de su presencia en los rincones oscuros de su habitación.
Había guardado el primer trofeo. No en la cámara de pruebas, donde debería estar. La primera braguita de seda negra estaba escondida en el cajón más profundo de su cómoda. Un delito federal. Una violación de todas las normas que había jurado proteger.
Él conocía su secreto. El monstruo que aterrorizaba a la ciudad conocía la oscuridad que tanto le costaba reprimir. Veía a la mujer sumisa, hambrienta de dominación y control, oculta tras la farsa de la mujer en el poder.
Eran opuestos. La ley y el caos. La luz y la oscuridad. Pero de un modo retorcido, enloquecedor y aterrador, era el único ser humano que la veía realmente entera. Y con cada seda que le dejaba, la enredaba más en su telaraña.