CAPÍTULO 12 - SILAS
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La lluvia era una bendición. Lavaba las calles, escondía mis pasos y ahogaba el sonido de mi respiración mientras la observaba desde el tejado adyacente al almacén.
Mi Valerie.
A través de las lentes de los prismáticos de visión nocturna, veía cada detalle de ella.
Vi cuando llegó, con los hombros tensos bajo el abrigo empapado.
Vi la vacilación antes de entrar al edificio.
Pero lo que más me gustó fue lo que pasó después, cuando salió disparada por las puertas dobles, pareciendo un animal acorralado buscando oxígeno.
Sonreí en la oscuridad. La obra de arte ahí dentro —la chica, los pétalos, el corsé— era solo un boceto. Una distracción menor. La verdadera obra maestra era la reacción de Valerie.
Acerqué el enfoque. Estaba apoyada en el coche. La lluvia escurría por su cabello, pegándolo a su pálido rostro. Vi el momento exacto en que se metió la mano en el bolsillo. El momento en que sus dedos encontraron el regalo que le dejé mientras dormía en su apartamento seguro, tres horas atrás.
Recordé el olor de su habitación. Lavanda y pólvora. Un contraste delicioso. Estuve a centímetros de su rostro dormido. Podría haberle cortado el cuello allí mismo, pero ¿dónde estaría la gracia? La muerte es el final del juego. Y Valerie y yo apenas estamos empezando el nuestro.
Cuando sacó la braguita de seda negra del bolsillo, vi que todo su cuerpo se estremecía.
No fue un temblor de miedo, aunque ella quisiera creer que sí.
Conozco el miedo. Lo veo en los ojos de mis 'lienzos' justo antes de que la luz se apague.
Lo que sintió Valerie fue el mismo voltaje eléctrico que corre por mis venas cuando pienso en ella.
Miró la tela en su mano. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que la apretaba. No la tiró al suelo. No la metió en una bolsa de pruebas. La guardó. Para sí misma.
—Buena chica —murmuré a la lluvia, el sonido perdiéndose en el viento.
Valerie Cross era una contradicción andante. Una implacable detective de homicidios de día, cazando monstruos en las sombras. Pero no sabía que la oscuridad no la repelía; la oscuridad la llamaba. Tenía hambre de peligro. Ansiaba en secreto ser dominada, ser poseída por algo absoluto y aterrador.
Lo vi en sus ojos en el primer caso que investigó relacionado con mi trabajo, meses atrás. Había fascinación allí. Una chispa de algo oscuro y retorcido, enterrado bajo capas de moralidad y deber. Decidí, en ese instante, que haría de esa chispa un incendio forestal.
Guardé los prismáticos en mi mochila impermeable y me alejé del borde del tejado. El trabajo de la noche estaba hecho. El anzuelo estaba clavado a fondo.
Caminé por las sombras de los callejones, moviéndome con la fluidez de un depredador en su territorio.
Mi mente ya trabajaba en el siguiente paso.
Ella analizaría la seda. Buscaría fabricantes.
Seguiría el hilo que dejé suelto a propósito.
Quería que me cazara. El miedo y la excitación son sentimientos gemelos, nacidos del mismo pico de adrenalina.
Cuando finalmente me encontrara —o cuando yo le permitiera encontrarme—, la colisión entre nosotros sería bíblica.
Llegué a mi refugio. El sótano era silencioso y estaba perfectamente climatizado. En las paredes no había recortes de periódico psicóticos unidos por hilos rojos. Eso es para aficionados. Solo había fotografías.
Docenas de fotos de Valerie.
Valerie comprando café. Valerie en la escena del crimen. Valerie durmiendo, con la boca ligeramente abierta, las sábanas enredadas en sus piernas.
Caminé hacia una mesa de trabajo en el centro de la habitación. Sobre ella, descansaban rollos del más puro satén y seda, agujas finísimas, cintas y encajes franceses. No solo mataba; creaba. Cada trofeo estaba cosido a mano, con las medidas exactas del cuerpo que pretendía adorar.
Y las medidas de Valerie me las sabía de memoria.
Cogí un trozo de cinta de terciopelo y dejé que se deslizara entre mis dedos.
El collar que dejé en la escena del crimen hoy era solo el principio. Pronto, la cubriría por completo con mi arte. La envolvería en el negro más profundo, y haría que rogara por no quitárselo nunca más.
—Duerme bien, detective Cross —susurré a una fotografía suya pegada cerca de mi lámpara de costura—. Mañana será un día largo. Y la noche... ah, la noche será toda nuestra.