Trofeos de Seda CAPÍTULO 11 - VALERIE
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CAPÍTULO 11 - VALERIE

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La cinta amarilla de la policía ondeaba con la brisa fría de la madrugada, un contraste chillón contra la fachada de ladrillos oscuros del almacén abandonado en el muelle.

La llovizna transformaba el asfalto en un espejo negro, reflejando las luces rojas y azules de las patrullas.

Me subí el cuello del abrigo, intentando ignorar el frío que se filtraba en mis huesos, aunque sabía que el verdadero escalofrío no venía del clima.

—Detective Cross. —El policía uniformado en la entrada asintió, levantando la cinta para que yo pasara.

—¿Qué tenemos, novato? —pregunté, con la voz ronca por la falta de sueño y por los cigarrillos que me había prometido dejar de fumar.

—Su compañero, el detective Miller, ya está dentro. Tercer piso. Dijo que subiera usted directamente. Y... —El policía tragó saliva, desviando la mirada—. Dijo que lleva su nombre, detective.

Sentí que se me formaba un nudo en el estómago. Mis botas resonaron en las escaleras de metal oxidado. Cada escalón parecía pesar una tonelada. Sabía lo que encontraría. O mejor dicho, lo que él me había dejado.

En el centro del vasto espacio vacío del tercer piso, iluminada por los focos del equipo de peritos, estaba la escena.

La víctima, una joven de cabello oscuro, yacía en una cama improvisada de pétalos de rosas blancas, pálida y perfectamente maquillada.

No había sangre. Solo la ausencia de vida, y esa pose serena que era su firma. La Muerte como un amante gentil.

Pero no era la víctima lo que hacía que mi pulso se acelerara y mi respiración fallara.

—Val —llamó Miller, acercándose con guantes de látex y una expresión sombría—. Es él otra vez. El Artista de Seda.

—Ya lo veo, Miller. —Mis ojos estaban fijos en el centro del pecho de la víctima.

Allí, descansando como una ofrenda macabra sobre la piel fría, había una pequeña caja negra de terciopelo. Y debajo de ella, lo que me hizo apretar la mandíbula: la víctima vestía una lencería de seda negra, con encaje, exquisita. Un corsé que moldeaba sus curvas sin vida.

—Hay una nota. Y la caja... aún no la hemos abierto. La estábamos esperando. Tiene su nombre.

Caminé hacia el cuerpo, sintiendo las miradas del equipo forense arder en mi espalda. Susurraban. Sabía lo que decían. ¿Por qué el asesino está obsesionado con la detective Cross?

Me puse los guantes de látex, el chasquido de la goma sonando fuerte en el silencio mórbido del almacén.

Me arrodillé junto al cuerpo. La seda negra brillaba bajo la cruda luz.

Era cara. Posiblemente hecha a medida. El contraste de la seda oscura con la piel mortalmente pálida era perturbadoramente hermoso. Y me odiaba a mí misma por pensar así.

Tomé la nota doblada que estaba debajo de la caja. La caligrafía elegante y cursiva que ya conocía tan bien.

*La muerte es solo un espejo, Valerie. Pero la seda... la seda es para quien aún respira. Para quien aún siente la sangre quemar. Úsala para mí, mi dulce detective. Siénteme.*

Arrugué el papel en mi mano enguantada. Mi corazón martilleaba contra las costillas.

El aire en el almacén de repente pareció enrarecido.

Una oleada de calor vergonzoso subió por mi cuello, inundando mi cara.

Era asco. Era horror. Y, en las profundidades más oscuras e inconfesables de mi alma, era una excitación enfermiza.

Me sentía cazada. Pero había una parte perversa de mí que ansiaba los dientes del depredador.

—¿Val? —Miller me sacó del letargo—. ¿Qué dice?

—Lo de siempre —mentí, entregando la nota a uno de los peritos para que la metiera en una bolsa de pruebas—. Provocaciones.

—¿Y la caja?

Dudé. Mis dedos temblaron levemente al tocar el terciopelo negro. Abrí la tapa con cuidado.

Dentro, sobre un cojín de satén, descansaba un pequeño trozo de la misma seda negra que llevaba la víctima, pero acompañada de una cinta con un cierre de metal plateado. Un collar. Fino, elegante, peligroso.

Cerré la caja bruscamente.

—Embaladlo todo. Quiero el análisis de esa seda en mi escritorio para las ocho de la mañana. Averiguad dónde coño se fabrica, quién la compra. Alguien tiene que haber hecho este corsé.

—Sí, señora. —El perito asintió, recogiendo la caja.

Me alejé de la escena, necesitando desesperadamente aire puro. Bajé las escaleras corriendo y salí a la lluvia fría. Me apoyé en la carrocería helada de mi coche, respirando a grandes bocanadas.

Cerré los ojos. La imagen de la nota parpadeaba en mi mente. *Úsala para mí*.

Llevé mi mano temblorosa al bolsillo de mi abrigo. Mis yemas rozaron algo suave y frío. Jadeé. Saqué el objeto del bolsillo, sabiendo ya lo que era, pero necesitando confirmarlo.

Era una braguita de seda negra. Idéntica a la del conjunto de la víctima.

No había dejado solo la caja en la escena del crimen. Se había acercado a mí, en algún momento de la noche, o había entrado en mi apartamento antes de que yo saliera, y me había metido esto en el bolsillo.

El monstruo no solo estaba jugando al escondite. Estaba en mi espacio personal. Estaba respirando mi aire.

Y lo peor de todo... mientras sostenía la suave tela, imaginando la textura contra mi piel desnuda, un escalofrío de puro deseo recorrió mi columna. La vergüenza que siguió fue asfixiante. Era una detective de la policía. Debería cazarlo, arrestarlo o meterle una bala en la cabeza.

En cambio, estaba en la oscuridad, sosteniendo el trofeo de mi propio acosador asesino, con las piernas débiles y mi intimidad palpitando.

—¿Qué me estás haciendo? —susurré a la noche, apretando la seda negra en mi mano hasta que mis nudillos se pusieron blancos.

La lluvia no respondió, pero habría jurado que sentí unos ojos observándome desde la oscuridad. Y no corrí. Me quedé allí, esperando, con la respiración contenida, a la sombra que vendría a consumirme.