Trofeos de Seda CAPÍTULO 14 - SILAS
88%

CAPÍTULO 14 - SILAS

✦ ✦ ✦

La noche era un manto reconfortante, un velo espeso que ocultaba las verdades inconvenientes del mundo y abrazaba a quienes sabían cómo caminar por ella.

Desde su punto de ventaja en la terraza del edificio comercial abandonado, Silas observaba el ballet caótico de luces rojas y azules parpadeando en el estrecho callejón allá abajo.

No estaba allí para admirar su obra o el espectáculo de la muerte; el cuerpo de la chica era solo un recipiente desechado, un lienzo en blanco que había usado para enviar un mensaje.

Estaba allí por ella.

Valerie.

Su nombre sonaba como un hechizo peligroso en su mente, un sonido suave y afilado que cortaba la monotonía de su existencia. Ajustó el enfoque del monocular de visión nocturna, con los ojos oscuros fijos en la esbelta silueta que acababa de cruzar la línea policial y adentrarse en el callejón.

Incluso desde lejos, a treinta metros de altura, podía sentir la tensión irradiando del cuerpo de ella.

La postura rígidamente erguida, la forma en que se apretaba el abrigo contra el viento cortante, la mandíbula apretada en una máscara de autoridad.

La detective Cross, el pilar inquebrantable de la justicia, la chica de oro del departamento, siempre tan en control de todo y de todos.

Pero Silas conocía la verdad. Había mirado a través de las grietas de su perfecta fachada de porcelana.

Cuando se detuvo ante el cuerpo y se arrodilló lentamente junto a la caja negra, la respiración de Silas se hizo más lenta.

Deliberada. Observó sus dedos, envueltos en látex clínico, dudando por una fracción de segundo antes de tirar de la cinta roja.

Conocía esa vacilación. Era el miedo luchando contra el deseo.

Imaginó el momento exacto en que sus ojos castaños encontrarían la seda negra y el encaje importado.

—Te gustó, ¿verdad, mi preciosa detective? —murmuró a la oscuridad, su voz un barítono ronco que fue robado por el viento.

No necesitaba estar cerca para conocer su reacción.

Sabía que su corazón se había acelerado, martilleando contra su caja torácica como un pájaro enjaulado.

Sabía que sus pupilas se habían dilatado, consumiendo el iris.

Y, sobre todo, sabía que una oleada de calor denso, húmedo y vergonzoso había recorrido su cuerpo.

El deseo es una fiera indomable, y la suya estaba hambrienta, hambrienta tras años de negación y falso control.

Silas había pasado semanas buscando ese corsé.

Necesitaba ser absoluto, perfecto, igual que ella.

El encaje francés imitando telarañas para atrapar a su presa, la seda negra como el abismo que ahora compartían en secreto.

Lo compró con su talla exacta, medidas que había calculado meticulosamente observándola durante meses.

Había memorizado cada curva que el abrigo escondía, cada inclinación de su silueta, la forma de sus senos, la curvatura de sus caderas.

La conocía mejor que ella misma.

Mientras la veía levantarse abruptamente y dar órdenes a sus ineptos subordinados, Silas esbozó una sonrisa lenta, depredadora.

Estaba enfadada. Enfadada consigo misma por ceder a la curiosidad, por sentirse excitada rodeada de muerte.

Era embriagador. Creía que la estaba provocando, burlándose de la policía.

No entendía, no todavía, que aquello era un cortejo.

Una danza macabra hecha a medida solo para los dos.

Ella era la única mujer digna de su atención. La única capaz de cazarlo y, paradójicamente, la única que ansiaba en secreto ser cazada por él.

Se apartó del borde de la terraza, guardando el monocular en el bolsillo de su chaqueta de cuero oscuro. El trabajo allí estaba hecho. El regalo había sido entregado, la semilla de la tentación plantada un poco más profundo en la brillante mente de la detective Cross.

¿Se guardaría esa prenda también? Rió en voz baja, el sonido perdiéndose en el viento de la ciudad.

Sabía que sí. Igual que se había guardado la braguita, escondiendo la prueba, ensuciándose las propias manos en la suciedad de él.

Era tan corruptible, tan maravillosamente oscura bajo ese uniforme moralista.

—Úsalo para mí, Valerie —susurró mientras bajaba por la escalera de caracol hacia las sombras, desapareciendo en la noche como el fantasma que era—. Úsalo para mí y dejaré que me atrapes. Tal vez.

El juego estaba lejos de terminar. De hecho, la mejor parte acababa de empezar.

Seguiría llenando su armario de seda y pecado, hasta que la detective ya no pudiera soportar el peso de sus propias mentiras.

Hasta que se rindiera a la oscuridad que la llamaba por su nombre. La oscuridad que tenía su rostro.