CAPÍTULO 8 - SILAS
✦ ✦ ✦
La noche siempre ha sido mi aliada. Un manto espeso y aterciopelado que esconde los pecados de los hombres y los deseos de los monstruos. La lluvia que caía sobre Seattle era un ruido blanco perfecto, ahogando mis pasos mientras me equilibraba en el tejado del edificio frente a su apartamento.
La mira térmica de precisión estaba montada en un trípode bajo. La lente no perdonaba obstáculos. A través del cristal empañado por la lluvia y las cortinas semiabiertas, tenía una vista de palco para mi propio teatro privado.
La detective Valerie Cross.
Caminaba de un lado a otro en su sala, una fiera inquieta enjaulada por su propia mente.
Podía imaginar el olor a café quemado y frustración exhalando de sus poros.
Valerie era un rompecabezas fascinante. La mayoría de las personas huiría de un depredador, pero ella...
ella corría hacia mí, ciega por la necesidad de justicia, sin darse cuenta de que la justicia era una ilusión frágil.
Ajusté el enfoque. La cruz de la retícula descansó sobre su pecho cuando finalmente se detuvo frente a ese patético tablero de fotos. Mis obras de arte. Mis chicas de seda. Solo fueron bocetos, ensayos para la obra maestra que estaba tejiendo. Valerie era el lienzo final.
Una sonrisa lenta se formó en mis labios mientras la observaba caminar hacia la habitación. La cámara oculta que había instalado hace semanas en el conducto de ventilación me dio la vista perfecta cuando abrió el último cajón de la cómoda de roble.
—Vamos, pajarito —murmuré a la lluvia helada—. Muéstrame lo que has escondido a tus jefes.
Su respiración era irregular. Podía notarlo por la forma en que sus hombros subían y bajaban rápidamente. Cuando sacó la seda negra del cajón, mi corazón dio un vuelco. Una euforia oscura y venenosa inundó mi pecho.
No había entregado la lencería. La había guardado. Como un sucio secreto. Como un tesoro.
—Buena chica —susurré.
El control que ejercía sobre ella a esta distancia era embriagador. No necesité tocarla para corromperla. La simple tela que elegí personalmente, impregnada con mi olor y mis intenciones, fue suficiente para desestabilizar a la inquebrantable detective Cross.
En la pantalla de mi tableta, sincronizada con la cámara de la habitación, vi cuando empezó a desvestirse. La placa, el arma, la moralidad... se lo estaba quitando todo. Capa por capa, hasta que solo quedó la verdad innegable que ambos compartíamos. La oscuridad.
La seda negra se deslizó sobre su piel. Le quedaba perfectamente, por supuesto. Tengo un ojo impecable para las medidas. Al verla tocarse, acariciando la tela de seda sobre sus propios senos mientras se miraba en el espejo, cerré los ojos por un breve segundo para grabar la imagen en mi alma.
Estaba aterrorizada. Lo sabía. Pero también estaba excitada. El miedo era el mejor condimento para la lujuria, y yo estaba sirviendo un banquete completo para mi detective favorita.
—¿Qué me estás haciendo? —leí sus labios a través del visor.
—Te estoy liberando, Valerie —respondí al viento, saboreando la ironía de nuestra danza.
Creía que me estaba cazando. Qué ingenua. El ratón no sabe que el gato impregnó el queso con veneno hasta que sus dientes perforan el cebo. Valerie se estaba tragando todo el veneno. Cada vez que tocaba la seda que le dejé, me cedía un pedazo más de su alma.
El siguiente paso sería aún más audaz. No podía dejar que pasara mucho tiempo solo imaginando. El fetiche oculto necesitaba ser alimentado. Necesitaba evolucionar. Si solo le entregaba otro regalo, podría acostumbrarse al juego seguro. Y no hay seguridad en mi juego.
Saqué la pequeña grabadora del bolsillo interior de mi chaqueta y apreté el botón, dictando mi siguiente nota mental.
—Paso tres completado. El conejillo de indias ha aceptado el objeto de sumisión y demuestra una fuerte respuesta psicosexual. El siguiente contacto no será indirecto. El próximo trofeo requerirá contacto físico residual. El olor ya no es suficiente; necesita sentir el calor.
Apagué la grabadora y volví a la mira. Estaba desafiando a su propio reflejo, susurrando palabras a la oscuridad. Una invitación.
—Ven a buscarme —deduje del movimiento de sus labios.
Mi sonrisa se ensanchó hasta doler. El juego del gato y el ratón había llegado a su clímax. La presa pedía ser devorada.
—Con todo el placer, detective —dije suavemente—. Con todo el placer.
La lluvia enmascaró mi risa ronca mientras empezaba a desmontar mi equipo. La noche apenas comenzaba, y aún necesitaba preparar el próximo regalo para mi chica de seda. Esta vez, algo rojo. El color de la sangre. El color de la pasión irrevocable que nos consumiría a ambos.