CAPÍTULO 7 - VALERIE CROSS
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En el centro de la sala, el tablón de la investigación dominaba la pared.
Fotografías de escenas del crimen brutalizadas se entrelazaban con hilos rojos meticulosamente organizados.
Mujeres jóvenes, todas encontradas con cintas de seda enrolladas en sus muñecas, los cuerpos dispuestos como macabras obras de arte.
Pero no eran los cuerpos lo que atormentaba los pensamientos de Valerie en las horas muertas de la noche.
Eran los mensajes silenciosos. Los regalos.
Valerie suspiró, su aliento cálido empañando el cristal de la ventana mientras miraba las calles desiertas de Seattle. La ciudad dormía, ignorante del monstruo que se arrastraba por sus entrañas. El hombre que la prensa había bautizado como "El Tejedor".
Se apartó de la ventana y caminó hacia la habitación, con pasos pesados y exhaustos.
La cómoda de roble en la esquina parecía llamarla, un imán atrayéndola hacia su secreto más oscuro.
Los dedos de Valerie temblaban levemente mientras tomaba la pequeña llave plateada de su llavero y abría el último cajón.
Allí, escondida bajo capas de suéteres de invierno que rara vez usaba, estaba la verdadera razón de su insomnio y de su culpa aplastante.
La seda negra.
Valerie metió la mano en el cajón, con los nudillos blancos por la tensión, y sacó la tela suave y helada.
Era un conjunto de lencería, de un negro tan profundo que parecía absorber la poca luz de la habitación.
El encaje era intrincado, hecho a mano, el diseño delicado, pero obsceno en su perfección.
No era una prueba. No pertenecía a ninguna de las víctimas del Tejedor.
Él se lo había dejado a ella. En su coche sin cerrar, en el aparcamiento subterráneo de la comisaría. La semana pasada.
—Eres un enfermo desgraciado —susurró Valerie a la habitación vacía, con voz ronca y cargada de una rabia que sonaba peligrosamente hueca.
Debería haber guardado la lencería en una bolsa de pruebas. Debería haberla entregado al laboratorio criminal, haber buscado ADN, fibras, cualquier rastro. Sería la actitud de una detective competente. Pero Valerie no lo hizo.
Mientras la seda se deslizaba entre sus dedos encallecidos, un escalofrío violento subió por su columna, erizando el vello de su nuca.
No era solo asco o miedo. Era algo infinitamente más oscuro, algo que se negaba a confesar incluso a sí misma.
La textura contra su piel despertaba un hambre depredadora que mantenía prisionera tras su placa y su revólver.
El Tejedor era un depredador cruel. Un asesino que jugaba con la policía como un gato juega con un ratón agonizante.
Y, sin embargo, la idea de que ese monstruo inatrapable la había elegido...
que la observaba en las sombras, que conocía sus medidas exactas, las curvas de su cuerpo que la ropa ancha de detective siempre escondía...
Valerie cerró los ojos y se llevó la tela sedosa a la cara. Inhaló profundamente, buscando un olor. El ligero aroma a sándalo y ozono impregnaba las fibras, el olor a una tormenta eléctrica mezclada con madera oscura. Su olor.
El contraste de sus convicciones morales con el fuego bajo y ardiente en su vientre la asqueaba. Ella era la ley. Cazaba hombres como él. Pero el juego había cambiado.
Soltó el cinturón de la funda, dejando caer el arma pesada sobre la cama con un golpe sordo. Sus manos temblorosas desabotonaron la camisa de vestir arrugada, luego el pantalón. En minutos, se quedó solo en bragas y un sencillo sujetador de algodón.
Frente al espejo de cuerpo entero apoyado en la pared, Valerie dudó. Su reflejo mostraba a una mujer exhausta, con ojeras profundas y una pálida cicatriz en el hombro izquierdo. Una policía endurecida.
Lentamente, se quitó su propia ropa interior y se puso la seda negra.
La tela abrazó su piel como un amante invisible. El sujetador de encaje sin relleno se amoldó perfectamente a sus senos, mientras la braguita de tiras de seda fina realzaba sus caderas. El contraste de la tela oscura contra su piel pálida y marcada era de un erotismo impactante.
—¿Qué me estás haciendo? —murmuró, con la respiración contenida en la garganta mientras se pasaba las manos por el propio cuerpo, imaginando que eran las manos de él.
Era el trofeo de un asesino en serie. Una advertencia. Y ella lo llevaba como una segunda piel. La excitación perversa que latía en sus venas chocaba de frente con el terror absoluto. El peligro la embriagaba.
Él lo sabía. De alguna forma, observándola a través de las cortinas entreabiertas o siguiéndola en la oscuridad, conocía ese lado corrompido suyo.
El Tejedor no solo estaba matando mujeres; estaba despojando la cordura de Valerie, capa por capa, exponiendo a la bestia enjaulada que vivía dentro de la detective.
—Ven a por mí, entonces —desafió Valerie a su propio reflejo, con los ojos brillando con una mezcla enfermiza de miedo y deseo—. Si eres tan cabrón... ven a buscarme.
El trueno retumbó afuera, como si respondiera a su invitación. Y, en el fondo de su mente, Valerie supo que ya no había vuelta atrás. La cazadora estaba ansiando la mordida del lobo.