CAPÍTULO 4 - SILAS
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El mundo está lleno de distracciones ruidosas y existencias mediocres.
Las personas caminan por ahí con los ojos pegados a pantallas, ajenas a su propia fragilidad, creyendo en la ilusión estúpida de la seguridad.
Pero yo veo más allá. Veo la verdadera naturaleza de las cosas. Y mi verdadera naturaleza es la caza.
Observar a Valerie Cross a través de la pantalla de mi portátil era una forma de adoración.
Había hackeado las cámaras de seguridad del vestíbulo de su edificio, así como la cámara de tráfico en la esquina de su calle. Ahora, sentado en la oscuridad de mi propio santuario, la veía cruzar el vestíbulo, con el abrigo mojado por la lluvia pegado a su cuerpo tenso.
Estaba exhausta. Podía notarlo por la forma en que sus hombros caían milímetros más de lo normal, por el paso ligeramente arrastrado.
Pero el aura que la rodeaba... ah, su aura era eléctrica.
Llevaba mi secreto en el bolsillo del abrigo.
Saberlo hizo que una sonrisa lenta y sombría curvara mis labios.
Chloe Vance no significaba nada. Fue solo un sobre.
Un cuerpo vacío, hermoso y hueco, perfecto para entregar mi correspondencia.
El estrangulamiento fue limpio, indoloro, casi gentil.
No obtengo placer de la agonía de los gusanos menores.
Mi placer, mi única obsesión, residía en la mujer que ahora subía por el ascensor hacia la soledad de su apartamento.
Valerie.
Su nombre era un susurro sedoso en mi mente. Ella era diferente a las demás. Cuando miraba mis escenas del crimen, no veía solo horror. Veía el arte. Sentía mi presencia. Y yo sentía la suya. La conexión entre nosotros era un hilo de tensión invisible e inquebrantable, tensado a través de Seattle.
Abrí el cajón de mi escritorio de caoba.
Dentro, dobladas con perfección quirúrgica, había docenas de muestras de tela.
Seda, satén, terciopelo, encaje. Pasé las puntas de mis ásperos dedos por una cinta de seda negra, cerrando los ojos.
Recordé el momento en que elegí el corsé para ella.
La vendedora de la tienda de lujo me había mirado con una mezcla de curiosidad y aprobación cuando describí el cuerpo de Valerie.
"Es para mi esposa", había mentido, con voz suave, persuasiva. "Tiene una belleza severa. Necesita algo que le recuerde el poder que esconde."
Yo conocía las medidas de Valerie mejor que ella misma.
Había estudiado fotografías, vídeos, observado la forma en que su ropa se ajustaba alrededor de sus caderas, la leve curva de sus senos bajo la camisa abotonada hasta el cuello.
Sabía que se privaba del lujo, de la sensualidad, escondiéndose detrás de la placa y la armadura de frialdad.
Iba a desnudar esa armadura. Pieza por pieza de seda negra.
El monitor del ordenador parpadeó, cambiando a la cámara del otro lado de la calle de su apartamento. Las persianas estaban cerradas, pero las rendijas permitían ver el juego de luces y sombras. La luz de la habitación se apagó. Estaba a oscuras.
Me levanté, con la sangre latiendo pesadamente en mis venas.
La adrenalina del crimen anterior ya se había evaporado, reemplazada por el hambre insaciable de saber qué estaba haciendo.
¿Habría reportado el corsé? Claro que no.
Si lo hubiera hecho, habría movimiento, llamadas frenéticas, un coche patrulla en la puerta de su edificio. Pero todo estaba en silencio.
Lo había robado para sí misma.
Solté una risa baja, un sonido áspero que resonó en mi estudio vacío. Mi detective incorruptible. Mi cazadora puritana. Estaba cediendo. Con cada trofeo que dejaba, con cada muerte que orquestaba en su nombre, la oscuridad dentro de ella se alimentaba de la mía.
Fui hasta la pared donde estaba montado mi tablón de pruebas particular.
No era un tablón policial lleno de hilos rojos conectando sospechosos.
Era un altar. Fotografías de Valerie. Valerie tomando café, con el ceño fruncido.
Valerie en la escena de mi primer 'trabajo', con los ojos muy abiertos al encontrar la primera braga de seda en la boca de la víctima. Valerie saliendo de la comisaría.
Pasé los dedos por su rostro en una de las fotos impresas en alta resolución.
—Te gustó, ¿no es así, mi pequeña detective? —murmuré a su imagen—. Vistes la muerte, Valerie. Y te sienta tan bien.
No era solo un asesino en serie, como la prensa barata pronto me etiquetaría.
Era un escultor, y Valerie era mi obra maestra.
La policía creía que estaba jugando al gato y al ratón, pero no entendían las reglas.
Valerie no era el ratón. Valerie era la gata.
Y yo le estaba ofreciendo ratones muertos en la puerta de su casa, esperando que ronroneara para mí.
Caminé hacia la ventana de mi propio apartamento, mirando la ciudad bañada por la lluvia.
El próximo objetivo ya estaba elegido. Otra chica rica, superficial, indigna.
Pero esta vez, el trofeo sería diferente.
Esta vez, necesitaría acercarme más. Valerie estaba lista para el siguiente nivel.
Ya se había vestido con mi seda. Pronto, estaría lista para vestirse con mis cadenas.
La tensión se estaba acumulando, la cuerda tensándose hasta el límite. Cuando finalmente se rompiera, la colisión entre nosotros sería devastadora. Y apenas podía esperar para ver arder su mundo, mientras la envolvía en negro y la tomaba para mí.