21. Capítulo 20 #4
Se limita a mirarme fijamente.
Atraviesa la celebración hacia mí, sonriendo como el sol. Y es entonces cuando me doy cuenta de que Josie y Darcy aparecen a mi lado con la energía de dos mujeres que han sabido algo durante días y se merecen el Óscar por no habérmelo contado.
—¿Por qué estáis las dos así? —pregunto.
—¿Así cómo? —dice Josie, vibrando de emoción.
—Así como...
Pero, de repente, el caos sobre el hielo empieza a cambiar de forma a mi alrededor. Josie me aprieta la mano y da un paso atrás; Darcy se limita a sonreír con cara de estar intentando no llorar.
¿Y papá?
Está junto a las vallas, con los brazos cruzados, asintiendo y sonriéndome como si por fin viera a su pequeña dar el siguiente paso en su vida.
Mason me coge la mano, le echa un vistazo a papá, y yo observo incrédula cómo ambos intercambian un leve asentimiento a través del hielo.
—¿Qué ha sido eso? —pregunto, estudiándole la cara a Mason.
—¿El qué? —Intenta ocultar la sonrisa, pero fracasa estrepitosamente—. Digamos que tu padre y yo hemos tenido un día muy productivo.
Doy un paso atrás. —¿Qué significa eso?
Mason se ríe entre dientes y, justo delante de mis ojos, hinca una rodilla en el suelo.
—Rose —dice, y de algún modo lo oigo perfectamente por encima de todo el ruido que nos rodea—. He hablado con tu padre esta mañana.
—Tú... ¿qué?
El confeti sigue cayendo. El público se da cuenta en una oleada, sección por sección, hasta que la pantalla gigante nos encuentra y todos los aficionados del pabellón se quedan en silencio mientras nos observan.
No oigo nada más que los latidos de mi propio corazón, porque Mason Morrison está arrodillado en su propia pista de hielo sosteniendo una pequeña caja de terciopelo.
—Después de todo lo que ha pasado mi familia, quería que él supiera lo que iba a hacer con la mujer que amo. —Sus ojos vuelven a dirigirse brevemente a papá—. Y tu padre me ha dicho que si planeaba formar parte de tu futuro, debía hacerlo bien. Así que aquí estoy.
Se me corta la respiración.
Quizá sea hora de que deje de intentar controlar el futuro.
Ah.
Ah.
Miro a papá, al entrenador Pearson, y él me dedica un leve asentimiento.
Ese hombre taimado, maravilloso y estreñido emocionalmente.
Lo sabía. Sabía lo que Mason había planeado.
—Se suponía que ibas a ser algo informal —dice Mason—. Pero desde el primer beso, nunca fuiste informal, Rose. Eres el único futuro que he deseado para mí.
Abre la caja, y el enorme diamante plateado que hay en el centro del precioso anillo brilla bajo las luces danzantes del pabellón.
Hostia puta.
—Así que cásate conmigo —dice Mason, con sus propios ojos brillando ahora—. Cásate conmigo, y te llevaré la bolsa de la cámara por todos los pueblos de Francia. Te haré fotos terribles. Aprenderé suficiente francés para pedir todos los pasteles de todas las pastelerías a las que me arrastres.
—Mason... —susurro, secándome los ojos—. Esto es una locura.
—Y cuando volvamos a casa, cocinaré para ti. Me aseguraré de que tus baterías estén cargadas, porque nunca te acuerdas. Te compraré vestidos que fingirás que no quieres. Te escucharé quejarte de tu padre mientras él está sentado a tres puertas de distancia fingiendo que no puede oírte.
—Oye —dice papá desde algún lugar detrás de mí.
El público se ríe y Mason sonríe.
—Y pasaré el resto de mi vida recordándote que no tienes que volver a esconderte de nadie. —Su expresión se suaviza—. Ya no quiero noches robadas con la hija del entrenador, Rosie. No quiero el tiempo que podamos encontrar entre las vidas de los demás.
Su pulgar me acaricia la mano.
—Lo quiero todo. ¿Qué me dices, Rose? ¿Quieres casarte conmigo?
Y por un instante, bajo el rugido de todo un estadio, pienso en una chica que comía en la biblioteca para que nadie la mirara.
La chica que se escondía dentro de sudaderas negras y camisetas anchas y pasaba las páginas de libros de fotografía llenos de puertas pintadas de azul y pequeños pueblos franceses, soñando con un país que estaba segura de que nunca vería.
La chica que aprendió a situarse detrás de la cámara porque eso significaba que nadie le apuntaba a ella.
Ojalá pudiera retroceder en el tiempo y decírselo.
Tú espera.
Porque ahora esa chica está en el centro del hielo, en un estadio empapelado con las fotos que ella hizo, en un pueblo al que ayudó a enamorarse de sí mismo, mientras el mejor hombre que ha conocido se arrodilla delante de un pabellón entero de gente que la mira.
—Sí —digo—. Sí..., obviamente, sí ...
A Mason apenas le da tiempo a ponerme el anillo en el dedo antes de volver a ponerse en pie y levantarme del hielo.
Grito y le echo los brazos al cuello mientras me hace girar entre el confeti que cae.
—Te quiero —dice contra mi boca.
—Yo también te quiero.
Me besa bajo la lluvia de confeti, con la mano del anillo apoyada en su camiseta empapada, y me río contra su boca porque no puedo parar.
La chica que se pasó toda la vida escondiéndose nunca ha estado más gloriosamente expuesta.
Y no quiero que vuelvan a apagar las luces nunca más.