22. Epílogo
Epílogo
Mason
H oy Mack ha abierto de par en par las puertas de Breakers , y la fiesta se derrama directamente desde la terraza hasta la arena.
Las guirnaldas de luces se balancean con la brisa del atardecer, las hogueras crepitan, y alguien ha encargado una pancarta que se extiende por toda la pared del fondo y dice ¡PLAYOFFS, NENA! con letras lo bastante grandes como para leerse desde un barco.
El barco de Beck, en concreto. Está anclado mar adentro y hace sonar la bocina cada vez que alguien menciona el gol a puerta vacía.
Todo el pueblo está aquí celebrándolo con el equipo, igual que llevamos haciendo desde hace tres putos días.
Por lo visto, Mack ha decidido que entrar en los playoffs exige dar de comer también a media California del Sur, porque de la cocina no paran de salir bandejas más rápido de lo que nadie puede vaciarlas.
Tacos de pescado rebosantes de aguacate y cebolla encurtida de un rosa intenso, cestas de patatas cargadas de queso fundido y bacon, mini hamburguesas ensartadas de tres en tres junto a cuencos de guacamole lo bastante grandes como para nadar en ellos.
Alguien ha sustituido los habituales cubos de cerveza por champán, aunque la mitad del equipo sigue bebiendo directamente de las botellas y, cada pocos minutos, otro corcho sale disparado hacia el techo.
Estoy apoyado en la barra, absorbiéndolo todo mientras espero una cerveza y algo rosa con una sombrillita dentro, observando a mi prometida al otro lado de la sala.
Prometida.
Han pasado tres días y sigo sin poder creérmelo.
Rose está junto a las hogueras con mi madre, y las dos hacen gestos hacia el móvil de mamá con la intensidad de dos mujeres planeando una boda muy cara . Me llegan flotando por la terraza las palabras «azul empolvado» y «melocotón, ni hablar», y no puedo evitar sonreír.
Rose puede tener lo que le dé la puta gana.
Me da igual, mientras la tenga a ella.
No ha dejado de hablar de la boda desde que le pedí matrimonio. Hemos tenido una discusión sobre la paleta de colores durante el desayuno, propuestas de lugares para celebrarla a la hora de comer y, para cenar, si creemos que se puede confiar en Biscuit para llevar los anillos.
Evidentemente, le he dicho que no, pero ella no deja de volver a la imagen mental, como si fuese tan adorable que casi mereciera la pena correr el riesgo.
Hoy lleva el vestido francés azul y la piel le resplandece bajo el sol. Su anillo de compromiso brilla cada vez que mueve las manos, o sea, constantemente, porque últimamente habla con todo el cuerpo cuando se emociona.
Podría observarla el resto de mi vida.
Menos mal que ese es el plan.
—Dos cervezas —dice una voz grave a mi lado.
Giro la cabeza y veo que Jack Pearson se ha acercado arrastrando los pies hasta la barra, inclinado sobre los codos, con la mirada fija al frente, en las botellas que hay detrás de Mack.
No me mira. Yo tampoco lo miro.
Mack deja dos cervezas y, sabiamente, se retira al otro extremo de la barra.
Durante diez segundos enteros, los dos nos limitamos a quedarnos ahí de pie. Dos hombres adultos estudiando una pared de licor como si fueran grabaciones de partidos.
Entonces Jack da un sorbo y pregunta:
—¿Has arreglado lo de los billetes?
—Sí. Todo en primera clase.
Asiente despacio, girando la botella entre las manos.
—¿Y estás seguro de que esto es lo que ella querrá?
Miro al otro lado de la sala. Ahora Rose se está riendo con mi madre, con una mano sobre el pecho mientras Zoey se une a la conversación junto a ellas.
—Completamente.
Jack sigue mi mirada. Algo se relaja en su rostro, y me da una palmada en el hombro lo bastante fuerte como para hacerme rechinar los dientes.
—Bien. —Me tiende la mano y se la estrecho. Su apretón podría cascar una nuez—. Entonces buena suerte, hijo. La vas a necesitar. Se marea en coche en las carreteras con curvas y, sin duda alguna, te hará conducir por todas las carreteras con curvas.
Suelto una risita y le devuelvo el apretón.
—Tomaré nota.
—Y, Morrison. —Me señala con la botella de cerveza—. Verás los playoffs, ¿verdad? Todos los partidos. Quiero que me mandes por mensaje tus impresiones y observaciones. Tienes el mejor ojo defensivo de esta plantilla y no voy a permitir que unas cuantas costillas rotas lo desperdicien.
—No te preocupes —digo, sonriendo mientras me paso una mano por el pecho—. Veré todos los partidos, entrenador. Te lo prometo.
—Y descansa bien esas costillas. Te necesito la próxima temporada. —Se bebe media cerveza de un trago y murmura—: Siempre que Francia no te eche a perder. Con tanto pan y queso.
Se aleja antes de que pueda responder, deteniéndose para gritarle a Sawyer que se baje de una puta vez de la mesa y deje de trasegar cerveza.
Miro mi cerveza y me río por lo bajo, llevándome la mano al leve dolor del pecho por las tres costillas fisuradas.
Eso es lo que me costó bloquear aquel tiro a puerta vacía.
El médico me enseñó la radiografía como si estuviera pronunciando un elogio fúnebre, y el entrenador casi atravesó la pared de la consulta con el puño cuando se dio cuenta de que había jugado mi último partido de la temporada.
No habrá playoffs para mí. Mi temporada terminó en el segundo en que aquel disco me golpeó el pecho.
Y hay algo que nadie se cree cuando lo digo:
Me da igual.
Mis hermanos sacarán adelante los playoffs. Beck hará algo estúpido o brillante; todavía nadie sabe cuál de las dos cosas. Declan liderará como si hubiera nacido para ello. Los Bears lucharán hasta el último minuto de cada partido.
Y yo veré cada segundo.
Desde muy, muy lejos.
Porque tengo otro lugar al que ir.
La voz de Colin retumba de pronto por toda la terraza antes de que pueda volver junto a Rose.
—¡Vale! ¡Todos juntos! ¡Antes de que alguien se vaya y nos lo fastidie!
Me giro y lo encuentro junto a una de las hogueras con la cámara de Rose en las manos, haciendo señas para que todos vayan hacia la playa como si estuviera organizando una foto de colegio en vez de a treinta jugadores profesionales de hockey y a sus familias, cada vez más borrachas.
De alguna manera, le hacen caso.
Los minutos siguientes se convierten en un caos absoluto mientras toda la fiesta se derrama sobre la arena.
Arrastran a Jack desde la barra, mamá recoge a papá de dondequiera que se haya estado escondiendo y Zoey tira de Morgan hacia delante para sentarla en su regazo.
Josie se encaja bajo el brazo de Declan, a Darcy la arrastran contra Beck pese a que insiste en que le está manchando el vestido de cerveza, y Biscuit se planta justo en medio como si toda la puta temporada hubiera conducido a su momento.
Me muevo entre todos automáticamente, asegurándome de que, si vamos a hacer esta foto, la hagamos bien. Tal y como lo haría Rose.
Me ha enseñado bien.
Cambio a Morgan de sitio para que Sawyer no la tape, le digo a Beck que deje de bloquear deliberadamente la cara de Declan y luego retrocedo para asegurarme de que todos caben.
—Perfecto. —Miro a Colin—. Hazla.
—Mason.
Miro hacia allí, y Rose está justo en el centro, con una mano en la cadera, donde yo la he puesto.
—¿Qué?
Entrecierra los ojos.
—¿Adónde coño crees que vas?
—No voy a ninguna parte.
—Estás a medio kilómetro.
Miro alrededor y me doy cuenta de que tiene razón. De algún modo, mientras me aseguraba de que todos los demás estuvieran donde les corresponde, he acabado completamente fuera del grupo.
Rose se limita a negar con la cabeza, luego se acerca, entrelaza los dedos con los míos y me tira directamente hasta el centro del grupo, colocándose bajo mi brazo antes de que pueda protestar.
—Ahí. —dice—. Ahí es donde vas.
Colin apoya la cámara en la barandilla y activa el temporizador antes de correr hacia nosotros con sus chanclas, a punto de darse de bruces contra la arena mientras todos empiezan a reírse.
—¡A la de tres, decid «¡Todos juntos!»! —grita, lanzándose hacia el grupo—. Una, dos, tres...
El obturador hace clic.
Y, por una vez, no estoy fuera de la foto. Estoy justo en medio.
Con Rose.
Exactamente donde quiero estar.
Diez minutos después, recojo las bebidas de la barra y cruzo la terraza. Mamá me ve acercarme y sonríe con suficiencia. Sabe lo que me traigo entre manos. Convenció a Zoey para que se quedara una noche más antes de volver mañana en coche a Chilmore, solo para presenciar este momento.
Todo el mundo lo sabe salvo la mujer de la que se trata, lo que es un milagro de Beachside, teniendo en cuenta que este pueblo no sería capaz de guardar un secreto ni encerrado en una caja fuerte.
Llego hasta Rose y la cojo del brazo.
—Mamá, necesito pedirte prestada a mi prometida un minuto.
—¿Pedirme prestada? —Rose toma su cóctel de mi mano, arqueando las cejas—. Estamos en mitad de una decisión. Tu madre cree que verdes, yo creo que azules, y esto no puede esperar...
—Puede esperar. —Le quito el cóctel de la mano y lo dejo sobre la mesa más cercana, después entrelazo mis dedos con los suyos—. Vamos.
—Mason..., mi bebida ...
—Tendrás una mejor.
—¿Adónde vamos? —Tropieza detrás de mí por la terraza, riéndose y despidiéndose de mi madre con gesto de disculpa—. ¡Estamos en una fiesta! ¡ Nuestra fiesta! ¡Colin ha dado un discurso! Ha llorado, Mason. ¡Se ha atribuido el mérito de toda la campaña y luego ha llorado ...!
—Y seguro que vuelve a llorar. Últimamente lo hace todas las semanas.
Tiro de ella más allá de las hogueras, más allá de Finn intentando enseñarle a Corbin cómo hablar con Brooke, más allá de Mack, que nos ve marcharnos con la expresión de un hombre que está añadiendo otro capítulo a su archivo mental de cotilleos del pueblo.
—Mason Morrison. —Rose clava los talones en la arena al pie de las escaleras de la terraza—. ¿No quieres ver a tu padre antes de que coja el vuelo esta tarde?
—No... Anoche cenamos todos juntos. Incluso apareció Declan. —Le tiro suavemente de la mano mientras la guío ahora por el paseo marítimo—. Él y papá hablaron durante diez minutos enteros sin que nadie le tirara nada a nadie. No voy a tentar a la suerte añadiendo un segundo acontecimiento.