Triple Puck (The Morrison Brother’s 3) 21. Capítulo 20 #2
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21. Capítulo 20 #2

Sonrío y levanto la cámara mientras Josie y Darcy se abren paso a su lado con bebidas enormes. La señora Morrison en un extremo de la fila, y me doy cuenta de que el señor Morrison está en el otro.

Dos padres en extremos opuestos, permitiendo la máxima distancia. Hay toda una familia complicada entre ellos…

Pero están aquí .

En la misma fila. Una familia, que ha venido a ver a sus chicos.

Se me encoge el estómago al pensarlo.

Porque han venido esta noche creyendo que podrían ver a tres hermanos jugar juntos una última vez, pero Mason no ha tocado el hielo en una semana. Mierda . Lo imagino en esa cabina de prensa con su traje mientras Morgan sostiene esa pancarta, y me duele el cuerpo de verdad.

Pero no tengo tiempo para pensar en ello, porque las luces del estadio se apagan y los graves retumban.

El rugido de oso grabado sacude el edificio con tanta fuerza que siento vibrar el suelo bajo mis pies.

Sigo en el túnel, solo que ahora luces azules intermitentes explotan a mi alrededor.

Todos los aficionados del edificio se levantan como un único muro de gritos mientras los jugadores de los Beachside Bears empiezan a pasar a mi lado en tropel hacia el hielo.

Sawyer es el primero en salir del vestuario, sonriéndome mientras le saco una foto. Golpea los dos postes del túnel como si fueran viejos amigos. El siguiente es Finn, que lanza un beso a mi objetivo. Luego Corbin, con los ojos muy abiertos y algo petrificado por el ruido que lo recibe a la salida.

Todo el equipo sale del vestuario y, a pesar de que esto es solo el calentamiento, el lugar entero está que arde .

Max, Spencer, Declan, Beck… todos y cada uno de los jugadores de los Bears patinan a mi lado y salen al hielo.

Y entonces, cuando me doy la vuelta para intentar conseguir un mejor ángulo para las fotos, me encuentro con una visión que hace que mi corazón explote.

Mason Morrison. Está vestido con el equipo completo.

Número cuarenta y cuatro, casco puesto, stick en mano, patinando fuera de ese túnel como si la última semana nunca hubiera ocurrido, y de hecho grito.

—¡Oh, Dios mío ! —doy un saltito, sintiéndome como las chicas del pasillo de antes—. ¡Mason! ¡¿Vas a jugar?! ¡Vas a jugar!

Sonríe desde el fondo del túnel y luego se acerca hasta plantarse justo delante de mí, con los ojos encendidos detrás de la jaula de su casco.

—Rose. No me lo puedo creer —dice, sin aliento. Su sonrisa es enorme —. Tu padre acaba de entrar en el vestuario, me ha dado mi camiseta y ha dicho… —se ríe, negando con la cabeza—. Ha dicho: «Tu familia está aquí para ver jugar a tres hermanos Morrison. No me hagas quedar como un gilipollas».

Rompo a llorar y a reír al mismo tiempo, lo que es una combinación horrible para mi rímel.

—Es lo más romántico que ha dicho mi padre en su vida.

—Lo sé. Casi lo abrazo. Me lo ha visto en los ojos y me ha dicho que si lo tocaba, me quedaba fuera para siempre.

Ambos nos reímos, luego Mason se quita el casco, se inclina y me besa. Delante del túnel, delante de la multitud, delante de todo el mundo.

En el hielo, el equipo se detiene en mitad del calentamiento y se vuelve loco detrás de él.

Finn aúlla. Sawyer aplaude. Al parecer, en algún lugar del videomarcador, hemos salido en el programa previo al partido, porque una sección del público empieza a animar y oigo a Beck gritar: «¡BUSCAOS UNA HABITACIÓN!

ESPERA… ¡NO, QUE TENEMOS QUE JUGAR AL HOCKEY! ».

Mason se aparta, sonriendo, y me doy cuenta de lo que mi padre ha hecho en realidad.

No solo ha vuelto a meter a Mason en la alineación.

Ha confiado en mi elección.

—Ve —susurro—. Ve a jugar al hockey. Estaré mirando.

Se aleja patinando con un guiño y, diez minutos después, estoy agachada junto al cristal mientras comienza la ceremonia de apertura.

Las luces se centran en los Bears alineados a lo largo de la línea azul, cientos de pantallas de móvil brillando entre las gradas a oscuras detrás de ellos.

La pancarta de Morgan sigue ondeando en algún lugar por encima de mí, aunque a estas alturas estoy bastante segura de que le ha provocado una conmoción cerebral a tres espectadores inocentes con ella.

Encuentro a Mason a través de mi objetivo y hago zoom. Está de pie entre sus hermanos, con una sonrisa tan grande que no puedo evitar hacer la foto al instante.

Beck le dice algo que hace reír a Mason. Declan pone los ojos en blanco, pero cuando empieza el himno, se estira y engancha su brazo con el de Mason. Beck lo imita inmediatamente desde el otro lado y los tres levantan la barbilla como los hombres más orgullosos de todo el edificio.

Mi dedo se congela sobre el disparador.

Madre mía.

Después de todo por lo que estos tres se han arrastrado mutuamente, están aquí, unidos bajo el logotipo de los Bears mientras toda su familia los observa desde las gradas.

Hago la fotografía. Luego otra. Y otra.

Porque algunos momentos en la vida merecen la seguridad de saber que tienes una copia de seguridad.

La nota final del himno desaparece bajo un muro de ruido, los hermanos se separan y patinan hacia sus posiciones.

Segundos después, el disco cae.

Y el partido es una guerra desde el primer saque inicial.

El equipo contrario sale a morder como si ya hubieran empezado los playoffs , y los Bears responden con la misma intensidad.

Sawyer se crece en la portería durante el primer periodo y le roba un uno contra uno al rival con una parada de guante tan espectacular que el público corea su nombre durante dos minutos enteros.

Max tira los guantes después de que alguien le haga una carga ilegal a Corbin por detrás de la portería, pero el público está de su lado y lo despide con una ovación cuando va a cumplir su penalización.

Spencer filtra un pase entre tres defensas que provoca un jadeo audible en la tribuna de prensa, y Corbin —el adorable Corbin— la clava por toda la escuadra para marcar el primer gol.

Luego lo celebra con tanto ímpetu que se cae al ver a Brooke Kessler animándolo.

Lo capturo todo con el objetivo y, en algún momento del segundo periodo, empiezo a creer, quizá por primera vez en mi vida, que este equipo tiene futuro .

No solo con los Morrison.

Sino todos ellos.

El caos de Finn y la maravillosa rareza de Sawyer. El fuego de Max y la astuta genialidad de Spencer. Y, para rematar, tienen un novato que llama a su madre todas las noches a las nueve.

Es absurdo, pero puede que este equipo no se disuelva después de esta noche. Porque, pase lo que pase, los Beachside Bears ya no son tres hermanos.

Son un equipo. Un estante entero de historias esperando a ser contadas.

Pero, por supuesto, las estrellas de la noche, como lo han sido toda la temporada, son los tres hermanos. Y, gracias a Dios, esta noche están jugando como hombres a los que por fin no les queda nada que los frene.

No hay peleas. Ni protecciones. Ni control.

Declan gana los duelos y encuentra a Beck sin mirar. Beck vuela por la banda y sabe que Mason le cubre las espaldas sin necesidad de comprobarlo. Mason lo dirige todo con una calma que parece menos control y más paz .

Sencillamente, se conocen.

A falta de cuatro minutos, los Bears se aferran a una ventaja de un gol, 3-2, y la Guarida del Oso está tan ruidosa que no oigo el obturador de mi cámara. Miles de aficionados golpean el suelo con los pies, con los puños en alto, y todo el estadio tiembla con el cántico:

ESTE. ES. NUESTRO. EQUIPO. ESTE. ES. NUESTRO. EQUIPO.

Dejo de hacer fotos porque, de todos modos, no puedo mantener la cámara quieta. Me planto junto al cristal con el corazón en un puño mientras el rival se la juega por última vez. Sacan a su portero y meten a seis atacantes en el hielo, lanzándolo todo a la pista.

El disco circula por el hielo y, mire donde mire, la gente está nerviosa.

Durante medio segundo, aparto los ojos del hielo y busco a los Morrison.

Algo ha cambiado.

Mamá y papá Morrison están juntos.

Juraría que, cuando empezó el partido, los separaban seis personas y varios años de resentimiento sin resolver, pero ahora Morgan está encajada delante de ellos mientras ambos se desgañitan gritando hacia el hielo.

La señora Morrison agarra el antebrazo de su exmarido cuando Sawyer hace otra parada, pero ninguno de los dos parece darse cuenta.

O quizá sí, y por esta noche, simplemente no importa.

No están arreglando su matrimonio. No están fingiendo que los malos momentos nunca ocurrieron.

Solo están viendo a sus hijos jugar al hockey.

Y, extrañamente, eso parece una especie de final feliz en sí mismo.

Abajo, en el hielo, los disparos empiezan a bombardear la portería de los Bears desde todas partes. Sawyer se despatarra por el suelo, los sticks fustigan a su alrededor y los cuerpos se amontonan en la zona de gol.

Pero un último disparo atraviesa el tráfico que protege la portería, y el tiempo se detiene por completo mientras el disco navega por el aire.

Dejo de respirar por completo.

Va a entrar, el disco va a entrar en la red.

Joder. Ya está. Se acabó la temporada. Los Bears desaparecen para siempre.

Entonces, salido de la nada, aparece Mason. Se lanza a por él, una zambullida a cuerpo entero que ocurre tan lentamente ante mis ojos que es como si el mundo hubiera pulsado la pausa.

Me tapo la boca con la mano y observo cómo el disco le golpea en las costillas con un sonido que oigo desde el borde de las gradas. Todo el mundo a mi alrededor deja de moverse, se quedan quietos como estatuas mientras Mason se tambalea sobre los patines.

El disco cae al hielo, el tiro está bloqueado.

Pero, de alguna manera, Mason ha conseguido mantenerse en pie. Está sobre sus patines, apoyándose sobre las rodillas para no caerse y levantándose rápidamente mientras controla el disco que ha rebotado en su propio cuerpo y se lo pasa a Beck en la línea azul.

El público observa incrédulo cómo Beck se lanza por el hielo despejado sin nada más que sesenta metros y una portería vacía por delante.

Y siendo Beck, siendo incurable y gloriosamente Beck, no tira.

Se la cede a Declan.

Declan la manda a guardar.