Triple Puck (The Morrison Brother’s 3) 20. Capítulo 19
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20. Capítulo 19

Mason

N o me siento las piernas mientras Colin nos mira a los tres.

Sigo paralizado en el sitio donde Rose acaba de dejarme, Beck se balancea sobre los talones y Declan acaba de decidir que ahora él manda en este despacho.

—Vale. Se acabó el espectáculo. Lárgate de aquí, Colin —gruñe Declan.

—Pero este es mi despacho —dice Colin con voz temblorosa, mirando a los tres gigantes que tiene delante—. Aquí tengo una tabla de surf.

—Pues cógete la puta tabla de surf —dice Declan, y se acerca a descolgarla de la pared para luego plantársela a Colin en los brazos—.

Vete a nadar. Tómate una copa. Me da igual lo que hagas ahora mismo, siempre que te largues de esta sala para que mis hermanos y yo podamos arreglar nuestras mierdas de una vez por todas.

Colin, aferrado a la tabla de surf como si fuera un dispositivo de flotación en el Titanic, se arrastra hacia la puerta protestando. —Pero solo tengo una...

—¿Chancla? Ya nos hemos dado cuenta —lo interrumpe Declan, sacando la que falta de debajo del borde del escritorio de Colin. La lanza por la puerta y sale volando por el aire antes de rebotar en el pasillo.

Colin suspira dramáticamente y sale cojeando tras la chancla con la gracia de un pingüino muy patoso.

Zas. Despacho despejado.

Los tres nos quedamos ahí, en el repentino silencio de la oficina, y finalmente me vuelvo hacia mis hermanos como si a cada uno le hubiera crecido una segunda cabeza.

—¿Qué coño acaba de pasar?

Declan enarca una ceja. —Acabamos de salvarte el puesto.

—No, quiero decir... —Me paso las manos por la cara—.

Salí de la mansión hace una hora porque los dos estabais discutiendo...

Otra vez . Solo que esta vez, de alguna manera, habíais metido a mamá en el ajo también.

¿Y ahora estáis aquí como si fuéramos los mejores amigos del mundo, amenazando con dejarlo por mí?

Beck se encoge de hombros, se deja caer en la silla de Colin y la hace girar por diversión. —Las cosas pasan rápido cuando tu hermano está a punto de ser enviado al banquillo por enamorarse.

—Eso no es... —Frunzo el ceño y lo miro—. ¿Cómo sabes siquiera esa parte?

—¿Qué? ¿Que por fin has admitido que la amas ? —Beck hace girar la silla en la otra dirección, sonriendo—. Vamos, tío. Llevas cara de enamorado desde hace como tres semanas, Mase.

Pongo los ojos en blanco y miro a Declan. —¿Y qué? ¿Se supone que debo quedarme aquí y creerme que vosotros dos acabáis de besaros y hacer las paces y luego habéis venido a salvarme?

Vuelvo a mirarlos, buscando alguna señal de traumatismo por objeto contundente. Quizá Beck le ha dado a Declan en la cabeza con una cacerola. Quizá Declan por fin ha estrangulado a Beck y esto es en realidad su fantasma.

Porque hace una hora, estos dos estaban en lados opuestos de la cocina de la mansión discutiendo sobre papá mientras mamá les gritaba y yo contemplaba la idea de tirarme del muelle y darme un larguísimo baño.

Ahora están hombro con hombro en el despacho de Colin.

—En serio —digo—. ¿Qué ha pasado después de que me fuera?

La expresión de Declan cambia.

Mira a través de la pared de cristal de Colin hacia la pista de abajo, donde el hielo yace liso y vacío bajo las luces.

—Hicimos lo que nos dijiste.

Parpadeo. —¿Que fue?

Declan se frota la cara antes de responder.

—Arreglar nuestras propias mierdas. Después de que salieras de esa cocina —dice lentamente—, me senté en el coche, en la entrada, durante unos veinte minutos. Simplemente me quedé ahí. Ni siquiera arranqué el motor. —Exhala—. Entonces Beck llamó a mi ventanilla.

—Traje aperitivos —dice Beck—. Cecina de la gasolinera y un Gatorade como ofrenda de paz. Un poco de mierda, pero la intención es lo que cuenta.

—Y hablamos —dice Declan—. Hablamos de verdad. Sobre papá. Sobre el partido.

Se encoge de hombros, un hombro enorme, como si esto fuera poca cosa y no la primera vez en una semana que estos dos se dicen más de cuatro palabras sin un perro como traductor.

—Le dije que era verdad lo que dije cuando Josie llegó a mi vida.

Toda esa mierda sobre dejar que la gente tome sus propias decisiones.

—Declan mira a Beck y suelta una risa contenida—.

Creía que lo estaba haciendo . Pero entonces vi a papá en ese ascensor y supongo que todos esos viejos sentimientos volvieron a aflorar.

—¿Y qué te hizo cambiar de opinión? —pregunto.

—Nada me ha hecho cambiar de opinión. —Declan por fin me mira—. Sigo sin perdonarle. Pero Beck quiere que esté en el último partido. Si de verdad esta es la última vez que los tres vestimos la camiseta de los Bears juntos, debería poder tener eso.

Lo estudio. —¿Y a ti te parece bien?

—No. —Declan me mira directamente—. Pero no tiene por qué parecerme bien.

Beck se queda muy callado en la silla giratoria de Colin y mira a Declan.

—Gracias, Dec —dice en voz baja.

Luego se levanta, cruza el despacho y rodea a Declan con ambos brazos en un abrazo tan agresivo que lo hace retroceder medio paso hasta chocar con el archivador.

—Suélta me —gruñe Declan, con los brazos inútilmente pegados a los costados.

—Nunca. —Beck aprieta más fuerte, sonriendo contra el hombro de Declan como un pulpo con gorra, y rodea a Declan con los brazos aún más fuerte—.

Sabía que no podías seguir enfadado conmigo.

Todo lo que tenía que hacer era molestarte de forma constante durante el tiempo suficiente, y al final cederías.

Llevo haciendo este experimento desde que tenía seis años.

—El experimento se acaba ahora.

Beck finalmente lo suelta y da un paso atrás, radiante. —El experimento nunca se acaba.

—Vale —digo, buscando el móvil en mis pantalones—.

Pues haremos esto. Llamaré a papá y le contaré lo del partido, seré breve, sin hablar de Brianna.

Beck, tú envíale a Zoey un mensaje con la noticia antes de que mamá se entere por Diego y entre en barrena.

Declan, probablemente deberías llamar tú a mamá, porque si se lo digo yo, pensará que todavía estás...

Me detengo cuando Beck gira lentamente la cabeza hacia Declan.

Se miran fijamente durante aproximadamente dos segundos antes de que las mejillas de Beck se hinchen, Declan pierda la batalla con su boca y ambos empiecen a descojonarse.

—¿Qué? —Los miro—. ¿Qué es tan gracioso?

Beck resopla y eso solo hace que Declan ruja de risa aún más fuerte, y de repente estos dos capullos se están riendo de mí.

—¡Tíos! ¡Qué demonios!

Beck se seca debajo de un ojo. —Joder, Mase. Escúchate.

Me arrebata el teléfono de la mano.

—Beck... ¡¿qué coño?!

—Tiene razón. —Declan le quita el teléfono a Beck, por si acaso, y se lo guarda en su propio bolsillo como si confiscara el iPad de un niño—. Tú no vas a hacer una mierda. Nosotros nos encargamos.

Ahora el que se ríe soy yo .

—¿Que vosotros os encargáis? ¿Vosotros dos?

¿Los tíos que se comunicaron a través de un perro durante ocho días?

—Los miro fijamente, intentando que entiendan por qué esto simplemente no va a funcionar—.

El mes pasado no fuisteis capaces de poneros de acuerdo para elegir un ingrediente para la pizza.

Tuvo que intervenir Diego y, aun así, hubo que votar si llevaba piña.

—La democracia es hermosa, Mason.

—Solo digo que esta es una situación delicada que involucra a cuatro personas, dos abogados y una instructora de yoga, y vuestro historial combinado es actualmente una puerta de la despensa abollada y una barca que hace aguas.

— ¡Arreglé la fuga!

—Mason. —Declan me agarra del hombro y me mira a los ojos—. Te has pasado toda la vida limpiando los líos de esta familia. Este nos toca arreglarlo a nosotros. —Señala la puerta—. De todas formas, ahora mismo tienes algo más importante que hacer.

Frunzo el ceño. —¿Qué?

Beck pone los ojos en blanco y señala la puerta.

—¡Ve a buscar a Rose, idiota!

Miro a mis dos hermanos, por fin hombro con hombro en el ridículo despacho de Colin. Esta es la sala donde Declan, de alguna manera, convenció a una franquicia de la NHL para que nos fichara a los tres.

Al parecer, también es donde finalmente aprendemos a ser hermanos, todo mientras un muñeco cabezón de la propia cara de suficiencia de Declan no para de asentir en el escritorio de Colin.

Por primera vez en semanas, les creo .

Así que dejo a mis hermanos en el despacho de Colin y vuelvo directamente al de Rose, solo para encontrarlo vacío.

Joder.

Su portátil no está, pero todavía hay un café a medio beber junto al teclado y una pila de carteles de la campaña esparcidos por su escritorio.

A continuación, miro en el despacho del entrenador Pearson, lo que me parece un lugar espectacularmente estúpido para buscar, considerando que en este momento quiere quitarme los testículos con un afilador de patines.

Desgraciadamente, o afortunadamente, ahora mismo no lo sé, también está vacío.

Pruebo en la sala de prensa. Luego en la sala de jugadores. Incluso en los vestuarios, pero a cada paso que doy, no encuentro nada.

Estoy a medio camino de vuelta a los ascensores cuando me doy cuenta de que una de las puertas que dan al estadio no está completamente cerrada.

Las luces del estadio están atenuadas y, al pasar, allí mismo, sentada completamente sola doce filas por encima de la reluciente pista de hielo, está Rose.

Miles de asientos vacíos se elevan a su alrededor y, sobre el centro del hielo, la pantalla gigante muestra en silencio la campaña que de alguna manera se ha tragado a toda esta ciudad.

Finn riendo en el paseo marítimo. Sawyer con un niño sobre sus hombros.

Declan, Beck y yo caminando hacia el hielo.

ESTE ES NUESTRO EQUIPO , en un ciclo que se repite una y otra vez.

Rose está sentada sola en un mar de asientos azules vacíos, con las rodillas pegadas al pecho, viendo su propio trabajo brillar sobre el hielo como si no acabara de creer que lo ha hecho ella.

—Hola —digo, subiendo las escaleras hacia ella—. ¿Qué tal? ¿Has encontrado a tu padre?