20. Capítulo 19 #2
Ella levanta la vista y asiente. Noto que tiene los ojos enrojecidos, y esa imagen me rompe el puto corazón. —He intentado hablar con él. Lo he encontrado en el aparcamiento.
Bajo los escalones y me siento a su lado. —¿Y cómo ha ido?
—Ni siquiera me miraba. Solo repetía « ahora no, Rosie » como si tuviera siete años y le estuviera pidiendo quedarme levantada hasta tarde.
Sobre nosotros, la pantalla muestra una foto del entrenador en el banquillo, con el puño en alto y la boca abierta a medio grito. Es como si estuviera aquí con nosotros.
—Ya se le pasará —digo.
—Quizá. —Se abraza las rodillas con más fuerza—. Mason, si esto te cuesta tu puesto en el equipo, si toda esta temporada acaba siendo un fracaso... —Se le quiebra la voz—. He sido yo. Lo siento.
—No lo hagas. —Le giro la barbilla hacia mí con un dedo hasta que me mira directamente a mí en lugar de al hielo—. No te atrevas a cargar con eso. Esto no es culpa tuya.
Ella se toquetea el puño de la blusa, y yo espero.
Finalmente, suelta un suspiro.
—Estoy tan jodidamente enfadada con él, Mason. —Vuelve a mirar hacia el hielo—. Y luego me siento culpable por estar enfadada porque sé por qué lo hace. Sé lo que le hizo perder a mamá. Sé que soy lo más importante en su vida.
Su boca se tuerce y me sorprendo a mí mismo observando lo suaves que parecen sus labios.
—Pero a veces ser lo más importante en la vida de alguien se parece mucho a que te guarden en una caja de cristal.
Se ha pasado toda mi vida protegiéndome.
¿Cómo me protege, Mason? Me controla. Y yo le dejo, porque es más fácil que enfrentarme a él, y ahora ni siquiera sé cómo hacer que me escuche cuando de verdad importa.
—Lo siento, Rosie...
—Ni siquiera sé por qué me sorprendo. Ha sido así toda mi vida. —Finalmente me mira, con los ojos brillantes—. Lo que más odio es que ahora te esté costando a ti tu carrera.
—No. —Me giro hacia ella—. No vamos a hacer eso. No voy a quedarme aquí sentado mientras te dices a ti misma que todo esto es culpa tuya.
Ella pone los ojos en blanco. —Mi padre acaba de intentar suspenderte porque tenías la lengua en mi boca, Mason.
—Técnicamente, tu lengua estaba en mi boca. Eres una besadora apasionada, Rosie.
Sus labios se curvan en una tímida sonrisa, y aprovecho la oportunidad para cogerle la mano. Sus dedos se entrelazan con los míos y, sin darme cuenta, la aprieto tan fuerte que es como si no quisiera volver a soltarla nunca.
—Rose, escúchame. No sé qué va a pasar con tu padre. No sé si voy a jugar el próximo partido, o si Colin puede impedir que me mande al banquillo, me suspenda o me traspase a Edmonton, joder.
—¿Edmonton?
—Fue el primer lugar frío que se me ocurrió. —Eso le arranca una risa de verdad—. Pero nada de eso cambia todo esto . Lo que tenemos.
Su sonrisa se desvanece mientras le sostengo la mirada.
—Lo que dije en tu despacho era en serio, Rose. Te quiero.
Las palabras salen más fáciles esta vez, y joder, quizá me he estado complicando la vida demasiado.
Porque querer a Rose no es complicado en absoluto. Nunca lo ha sido.
—Te quería antes de que tu padre se enterara de lo nuestro hoy. Y te querré si mañana me odia. Te querré si la semana que viene llevo una camiseta de los Bears, y te querré si Colin me manda a un sitio tan frío que se me encojan los huevos hasta metérseme en el cuerpo.
Ella sonríe de nuevo.
—Nada de lo que pueda pasar cambiará nada de eso, Rose. Nada. —Sonrío y le llevo la mano a la boca—. Y ya que estamos aclarando las cosas, ese acuerdo de follamigos… era una gilipollez.
Ella enarca las cejas ante la acusación.
—¿Perdona? Yo redacté unas condiciones excelentes.
—Redactaste unas condiciones terribles. Rompí las tres antes incluso de que terminaras de decirlas. Todo el tiempo… desde el principio, lo supe .
—¿El qué?
Me mira fijamente y yo respiro hondo y profundo, sonriéndole.
A la mujer que entró en mi vida con cámaras y vestidos de verano amarillos, enseñándome la puta luz que necesitaba para darme cuenta de cuánto tiempo he estado viviendo a la sombra de los demás.
—La primera vez que te besé, supe que algo informal nunca iba a funcionar.
Empiezan a humedecérsele los ojos.
—Lo intenté, Rosie. Por Dios, lo intenté. Me dije a mí mismo que aceptaría lo que quisieras darme. Besos secretos. Habitaciones de hotel. Noches robadas, colándome en la mansión. Lo que fuera. —Niego con la cabeza y bajo la vista a nuestras manos—. Pero nunca iba a haber nadie después de ti.
Ahora los ojos se le llenan de lágrimas.
—Mason…
—Eres tú. Eres la única para mí —digo, porque al parecer, una vez que empiezo a arruinarme, pretendo hacerlo a fondo—.
Mi única y exclusiva. Y si tu padre no me acepta nunca, me pasaré los próximos cincuenta años siendo extremadamente educado con él en Navidad mientras se imagina cómo asesinarme desde el otro lado de la mesa.
Una risa se abre paso entre sus lágrimas y se las seca rápidamente.
—Pero no voy a dejarte para que él esté a gusto. No volveré a hacer eso.
Rose se pone de pie frente a mí, y apenas consigo incorporarme antes de que sus manos me agarren la camiseta y me bese.
Aquí mismo.
En medio de la Cueva del Oso.
Donde absolutamente cualquiera podría vernos.
Cuando se aparta, su frente permanece pegada a la mía.
—Te quiero, Mason Morrison. —Sus dedos se aferran con más fuerza a mi camiseta—. Incluso cuando eres un idiota emocionalmente explosivo que decide que necesita espacio porque el universo te ha dado una mala semana.
— Soy un idiota. Nunca debí apartarte.
Vuelvo a besarla.
Sobre nosotros, la pantalla gigante cambia, inundando el estadio vacío con el brillante azul de los Bears.
QUEDAN TRES PARTIDOS.
Tres oportunidades para salvar a este equipo.
Y después de lo que pasó en el despacho de Colin, no tengo ni idea de si me permitirán patinar en alguno de ellos.
Por primera vez, esa idea no me aterra.
Porque Rose Pearson me quiere.
Y he terminado de fingir que hay algo de informal en eso.
Durante la semana siguiente, descubro que se me da fatal ver el hockey.
¿Y cómo lo sé?
Porque he estado en el banquillo los dos últimos partidos.
Ni un puto segundo en el hielo.
Vi el primero desde el palco de prensa con un traje gris marengo, animando junto a todos los demás aficionados del pabellón mientras Beck marcaba dos veces y Declan bloqueaba suficientes tiros como para ser considerado una obra en construcción temporal.
Ganamos cuatro a dos.
Dos noches después, lo vi desde el mismo asiento mientras mis hermanos, al parecer, recordaban que llevaban jugando al hockey juntos desde que tenían edad para meterse el uno con el otro.
Beck preparó el gol de la victoria en el segundo periodo y yo solo pude quedarme allí de pie y reírme mientras saltaba a los brazos de Declan como si estuvieran en la entrada de casa en Seattle.
Dos victorias sin mí.
Las matemáticas se reducen a un último partido.
Si ganamos, los Bears entran en los playoffs y Beachside conserva su equipo. Si perdemos, todo esto —el estadio, las pancartas, el puto trabajo duro de Rose— se convertirá en una historia que la gente cuenta sobre un pueblo que casi tuvo algo.
En medio de todo, Jack Pearson todavía no me ha dirigido la palabra desde que salió del despacho de Colin.
Pero estoy ocupado intentando que no me afecte.
—¡MORGAN, NO…!
Levanto la vista justo a tiempo para ver a mi sobrina desaparecer bajo la superficie de la piscina. ¡Zas! El agua estalla sobre la terraza de la mansión en una pared resplandeciente, empapando tres tumbonas, una toalla abandonada y a Declan de las rodillas para abajo.
El Capitán Galleta pierde la puta cabeza.
Corre hasta el borde de la piscina, ladrando al agua como si un monstruo marino se hubiera tragado a Morgan.
Declan está ahora a su lado, mirando sus calcetines empapados.
—¿En serio, Morgs? —Se mira el charco que se está formando a sus pies—. Me los acabo de poner.
Morgan sale a la superficie con los brazos por encima de la cabeza.
—¡HA SIDO EL MEJOR BOMBAZO DE LA HISTORIA!
—Sí, cielo. —Zoey deja su bolso en una tumbona—. Todos hemos sido testigos del bombazo.
—Mis calcetines han sido testigos del bombazo —masculla Declan.
Beck pasa a su lado con dos cervezas y mira los pies de Declan.
—Para empezar, ¿por qué llevas calcetines al lado de una piscina?
Declan lo fulmina con la mirada.
—Porque soy un adulto.
—Discutible.
Por una vez, Declan no amenaza con matarlo.
Al otro lado de la terraza, mamá sale por las puertas de cristal abiertas, con unas gafas de sol enormes y una copa de vino vacía. Lleva así toda la semana, paseándose por la mansión como si estuviera en un resort en lugar de en la casa que alberga a sus tres hijos emocionalmente tarados.
—Que nadie me abrace todavía —anuncia—. He dormido tres horas y necesito vino antes que afecto.
—Te he educado bien —dice Zoey.
Desde la cocina, Diego asoma la cabeza por las puertas correderas.
—El vino ya está abierto, señora Morrison. En la mesa, un magnífico pinot grigio.
—Diego, eres mi hijo favorito —dice mamá, sirviéndose media botella en la copa.
Toda la parte trasera de la mansión está abierta al océano esta noche. El cálido aire del atardecer recorre el espacio, trayendo el olor ahumado de lo que sea que Diego esté preparando en la parrilla exterior.
Dentro de la cocina, tiene todos los fuegos encendidos.
Hay una bandeja de patatas al romero dorándose en el horno, pan de ajo apilado bajo papel de aluminio y cuencos de ensalada que cubren la mitad de la isla en un despliegue de todos los colores que puedas imaginar.
Todo huele tan bien que Beck ha empezado a rondar la comida, solo para que la espátula de Diego le dé un manotazo cada vez que intenta robar algo.
Suspiro y lo asimilo todo. Porque ha sido así toda la semana.
Ni una sola vez he preguntado quién duerme dónde.
No he comprobado si mamá está cómoda.
No le he preguntado a Zoey si se acordó de la bolsa de Morgan.
Es jodidamente raro.
Pero me gusta, en cierto modo.