15. Capítulo 14
Mason
— Joder —resoplo, negando con la cabeza—. No me puedo creer que haya hecho eso.
Estoy de pie junto a la ventana de la habitación del hotel mientras la ciudad resplandece bajo mis pies a través del cristal mojado. Todavía voy medio vestido y solo llevo puesto un zapato, porque quitarme el segundo me parecía demasiado esfuerzo.
Llevo aquí casi una hora. Contemplo las calles por las que aprendí a conducir e intento localizar la pista de hielo donde aprendí a patinar y donde di mi primer beso.
En algún lugar de ahí fuera, a lo lejos, también está la casa donde los Morrison vivían como una familia.
O, al menos, fingíamos serlo.
Mi móvil descansa boca abajo sobre el escritorio. Lleva una hora vibrando de vez en cuando.
Beck. Declan. Zoey. Probablemente, mamá.
Rose.
No lo cojo.
En su lugar, el gol se repite una y otra vez en mi cabeza. Ese momento en el centro de la pista en que el cerebro se me fue de vacaciones y un delantero de Seattle me quitó el disco del palo como el tipo al que acabo de ver birlarle la cartera a un turista en la calle de abajo.
Todavía veo la luz roja parpadeando. El público poniéndose en pie. El puto dedo de Jack Pearson en mi cara.
Arréglalo.
Ese es el problema, entrenador.
Arreglar las cosas es lo mío y esta noche he hecho de todo menos arreglarlo .
No pude arreglar lo de mis padres. No pude impedir que mis hermanos se despedazaran el uno al otro. Ni siquiera pude hacer el único trabajo que siempre se me ha dado bien… mantener el maldito disco fuera de nuestra portería.
Observo la lluvia avanzar por el perfil de la ciudad y pienso en esta tarde.
En Rose, con un aspecto que encarna todos los sueños que no sabía que tenía; diablos, todos los sueños que no tenía hasta hace un mes.
Estaba allí de pie bajo el paraguas, con las mejillas sonrosadas y su precioso pelo arremolinándose con la brisa, hablando de pueblecitos franceses y de una jodida puerta azul, casi cayéndose en los charcos de lo emocionada que estaba.
Eso es lo que tiene Rose Pearson. Sabe lo que quiere.
La fotografía. Visitar Francia. Joder, si la tía se enfrentó a un seto y a un sistema de aspersores para colarse en mi cuarto porque sabía que me quería a mí .
Pero ¿yo qué tengo?
No tengo nada.
El hockey siempre estuvo ahí. Mi familia siempre estuvo ahí.
Pero si me preguntas qué quiero más allá de las cosas que me dieron al nacer, no tengo nada. Veintisiete años y nunca he tenido un sueño que sea solo mío.
Unos golpes en la puerta coinciden con otra vibración del móvil. Ignoro ambas cosas.
Si es Beck, no puedo. Si es Declan, de verdad que no puedo.
Entonces llaman otra vez. Y luego una voz amortiguada a través de la madera.
—Mason Morrison, como me hagas esperar en este pasillo mientras mi padre está en algún lugar de este edificio, te mato yo misma.
Cruzo la habitación y abro la puerta.
Rose está ahí, con unos leggings y una sudadera ancha de los Bears, el pelo recogido en un moño deshecho y una tarrina de plástico con fresas en las manos.
Miro las fresas. —¿Qué es eso?
—Fruta de apoyo emocional.
—¿Existe eso?
—Ahora sí. —Entra en la habitación pasando por mi lado, así que cierro la puerta con llave.
—¿Cómo has conseguido bajar hasta aquí? —pregunto—. ¿La planta de tu padre no tiene sensores de movimiento?
—Él es el sensor de movimiento —dice Rose, y qué gran verdad—.
Estaba hablando con el personal junto a los ascensores, así que he bajado por las escaleras.
Que sepas, Mason Morrison, que he bajado catorce pisos por las escaleras, he hecho una voltereta lateral al pasar por la máquina de hielo, cuatro saltos mortales hacia atrás y una voltereta por la zona de las máquinas expendedoras solo para estar aquí.
—Deja las fresas en el escritorio—. Ahora soy prácticamente una Navy SEAL.
Así que más te vale empezar a comértelas antes de que te dé una paliza.
Rose se cruza de brazos y ladea la cabeza exactamente igual que Jack Pearson cuando está a punto de mandar a un novato al banquillo por respirar mal. El parecido es asombroso.
— Come —ordena, señalando las fresas con la cabeza.
—Vaya. Pues… desde que llegamos a Seattle, nunca te habías parecido tanto a tu padre.
Rose no se ríe.
Se inclina hacia delante con las manos en las caderas y me lanza una mirada que me provoca un escalofrío. —Cinco segundos, Morrison, o te doy yo la primera. Y no seré delicada.
—Vale, vale. —Cojo una fresa y le doy un mordisco obediente, estudiando a la mujer que tengo delante—. Más le vale a esta ciudad rezar para que nunca descubras las botas militares. Das miedo cuando te pones así.
Por fin esboza una sonrisa y me roba la otra mitad de la fresa. —Eso es. Témeme, Mason Morrison.
Nos miramos y nos echamos a reír.
Porque Rose fingiendo ponerse toda seria me hace mucha gracia.
Sin embargo, bajo las risas, sigo dándole vueltas a cómo me sacó del naufragio de mi familia esta misma tarde. Cómo esta mujer increíble me agarró del brazo y me alejó del lío de delante del ascensor sin pensárselo dos veces.
Lo hizo como si fuera lo más natural del mundo. Como si de verdad le importara una mierda.
Nadie ha hecho eso por mí antes.
—¿Deberías estar aquí? —pregunto, ahora en voz más baja.
—Probablemente no.
—Tu padre…
—Definitivamente, no cree que deba estar aquí.
Eso me calla la boca, porque, a pesar del riesgo, sigue aquí.
Durante los siguientes diez minutos, no pregunta por el vestuario. No pregunta por mis hermanos, ni por el ascensor, ni por el gol que dejé que me metieran. Se limita a quitarse los zapatos, a dejarse caer en la alfombra con la espalda contra la cama y a ayudarme a comer las fresas.
Un segundo después, me siento a su lado. La lluvia sigue cayendo fuera y, a la cuarta fresa, mi estómago hace un ruido parecido al de una ballena moribunda.
—Vale —admito—. Buena idea lo de las fresas. Por lo visto, me muero de hambre.
—Bueno, no creo que una tarrina de fresas alimente a un hombre hecho y derecho —dice ella.
Niego con la cabeza. —Es un comienzo. No tengo más comida.
—Oh, no —dice, levantando el envase vacío.
Ambos nos quedamos mirando la tarrina vacía y entonces su mirada se desvía hacia el minibar.
Hay hileras de botellitas de alcohol, bombones cuidadosamente dispuestos y, pegado a la puerta, un menú plastificado con letras doradas que reza «Selecciones para nuestros distinguidos huéspedes» con una fuente tan elegante que debería venir con su propia banda sonora de violines.
A Rose se le iluminan los ojos. —Oh, Dios mío. Mason. Mira eso.
—Lo estoy mirando.
— Léemelo .
Suspiro de forma teatral, pero me levanto, voy hasta el minibar y me agacho para leer el menú en voz alta.
—«Estimado huésped, disfrute de nuestra cuidada selección de aperitivos y bebidas prémium.
Los precios se cargarán a su habitación.
El consumo constituye la aceptación de los términos y condiciones».
—Esa parte no, zoquete. El menú .
Entrecierro los ojos para leer la letra diminuta. —Vale, eh… «Una sinfonía de caramelo salado y chocolate negro, elaborada artesanalmente por un pâtissier en Lyon, Francia». Esa es la tableta de chocolate.
—¿Chocolate francés ? —Rose suelta un gemido que me recuerda a la habitación del hotel de la otra noche—. Esa es la que quiero.
Abro la puerta de cristal y ella se coloca detrás de mí, mirando por encima de mi hombro. Su cuerpo roza el mío y me olvido del chocolate, del menú y de todo, excepto del calor de su espalda contra la mía.
—¿Qué estás haciendo?
—¿Tú qué crees? —susurra, sus palabras cálidas contra mi cuello—. Somos emocionalmente vulnerables y hay un minibar. Así es como los hoteles te sacan el dinero.
Y, maldita sea, tiene razón.
Nos sacan el dinero.
Cinco minutos después, la alfombra entre nosotros parece la escena de un crimen de pequeños lujos.
Devoramos un tubo de Pringles de doce dólares, tres tabletas de chocolate que cuestan más que una entrada de cine normal, y almendras recubiertas de chocolate blanco, ositos de gominola y más patatas fritas.
Nos lo comemos todo en cinco minutos de reloj, mientras sorbemos dos botellitas de whisky del tamaño de mi pulgar.
—Por la ruina financiera —dice, chocando su botellita contra la mía.
—Por la nota de gastos de Colin.
Seguimos picoteando y, en algún momento entre el chocolate y las almendras, con el perfil de Seattle brillando tras la ventana, Rose por fin me hace la pregunta que hemos estado evitando.
—Bueno… ¿quieres hablar de ello? —Se mete un osito de gominola en la boca.
—No. Estoy bien…
Enarca una ceja y, sin que musite una sola palabra, cedo.
Hablamos de lo que pasó con papá allí de pie con Brianna, de la cara de Declan y de que Beck se quedara en silencio, lo que ambos coincidimos en que da más miedo que Beck siendo ruidoso.
Hablamos del vestuario después del partido de esta noche, de que su padre me tomara como blanco a mí y de las palabras que solté después, como si algo por fin se hubiera partido dentro de mi cabeza.
—Todavía no me puedo creer que haya llamado patéticos a mis hermanos —digo, abriendo otra botellita, esta de vodka—. Delante del equipo. No debería haber hecho eso, es que me tocaron las narices.
—Yo estaba allí. Fue bastante magnífico.
—Fue como vomitar. —Hago girar la botellita de vodka entre mis dedos—.
Es que estoy muy enfadado con Dec. Y con Beck.
Con papá también, obviamente. —Niego con la cabeza—.
Puede que hasta esté enfadado con mamá por venir hasta aquí sin decírmelo, lo cual es una locura, porque ella es la víctima en todo esto.
Me trago todo el contenido del vodka de un solo golpe, sintiendo el calor de la mano de Rose. Me ha estado frotando el muslo todo el rato.
—Y, sobre todo, estoy… harto de estar enfadado. Ya no sé qué se supone que debo hacer con ninguno de ellos.
—Pues no hagas nada.
La miro y me río con desdén. Lo dice como si fuera lo más fácil del mundo. Simplemente… para . Para de hacer nada. Como si fuera así de simple.
Pero nada de esto es simple. Nada de nada.
—Eso parece irresponsable. Nadie más va a hacer nada.