15. Capítulo 14 #2
—Voy a decir algo profundo, así que prepárate, puede que esté a punto de sonar inteligente. ¿Listo? —Rose se come otro osito de gominola. Uno rojo—. Tus padres pueden divorciarse sin que su hijo de veintisiete años los supervise.
Se me escapa una risa por lo estúpido que suena. Luego se desvanece y la verdad que subyace se queda ahí, para que ambos la presenciemos.
—Lo sé, Rosie. Solo quiero que se acabe. Estoy agotado.
—No dejas de decir eso. —Se apoya en mi hombro, con la mejilla cálida contra mi brazo—. Pero nunca te he visto dar un paso atrás.
Miro por la ventana. A la ciudad en la que crecí, desdibujada por la lluvia.
—Sabes… antes de que llamaras, estaba ahí de pie pensando en Francia —digo—. En ti bajo ese paraguas, hablando de una puerta durante una hora.
—¿Así que mi propaganda de paseo lluvioso funcionó? ¿Ahora te gustan las puertas de panaderías monas?
—Sí. Pero esa es la cuestión. —La miro—. Tú sabes lo que quieres. Lo tienes planeado desde que tenías quince años. Y yo me he quedado mirando por esa ventana y me he dado cuenta de que nunca me he parado el tiempo suficiente para averiguar qué es lo que quiero yo .
Rose se queda en silencio un momento. Luego se sube las rodillas y las rodea con los brazos.
—¿Sabes que no tenía amigos en el instituto?
—dice—. O sea, cero patatero. Comía en la biblioteca porque un grupo de chicos decidió que podían meterse conmigo por mi cuerpo.
Pasaba todos los fines de semana en la pista de hielo que estuviera entrenando papá, porque los pabellones eran más seguros que las cafeterías.
—¿Quiénes son esos tíos? Los reviento.
Rose me da una palmadita en el brazo. —Agradezco el gesto, pero estoy bien. A lo que voy es que me avergoncé de quién era durante años , Mason. Me escondía detrás de todo el mundo y me decía a mí misma que esa era mi vida. Mi papel en el mundo.
—Rosie, eso no es verdad…
—No he terminado. Porque ¿sabes qué? —Me da un golpecito en la rodilla con la suya—.
Entonces, un hombre devastadoramente guapo empezó a traerme la cena a la oficina y a mirarme como si mereciera la pena estar cerca de mí.
E incluso hice algunas amigas en el trabajo, una de las cuales me convenció para que por fin me comprara un vestido.
Y en algún momento de todo eso empecé a querer de verdad este cuerpo, lo que —créeme— mi yo de trece años no se creería.
Gira la cabeza y me mira, y sus motas doradas nunca me han parecido tan hermosas.
—Por fin llegué a ser yo , Mason. Creo que eso es lo que tú también quieres.
No Francia. No un plan. Solo la oportunidad de ser quien tú eres.
—Me sonríe dulcemente—. Eres un tío bastante increíble, solo que estás demasiado ocupado intentando asegurarte de que todos los demás estén bien antes de empezar a vivir tu propia vida.
No tengo palabras para eso.
Así que la beso.
Suelta un suave sonido contra mi boca y me devuelve el beso. Las botellitas quedan a un lado mientras su mano se desliza por mi pecho con una intención que no tiene nada de fruta de apoyo.
—Rose, eres increíble, ¿lo sabes?
—Mmm.
Me aprieta con la palma de la mano la polla por encima de la tela del pantalón, y mi cuerpo está totalmente de acuerdo con la dirección que esto está tomando, pero sus palabras siguen resonando en mi cabeza.
Le sujeto la muñeca. —Rose, espera.
Se detiene, frunce el ceño, con la mano todavía apoyada sobre el creciente calor de mi regazo. —¿Qué?
—Necesito que oigas esto. —Me muevo para acercarla más, inclinando su cara hacia la mía—. Eres la mujer más guapa que he visto en mi vida. No solo esta noche. No solo con ese vestido sexi. Todos los días. Cada vez que te miro, incluso ahora con esta sudadera, me dejas sin aliento.
Separa los labios, pero no he terminado.
—Y cualquiera que te haya hecho sentir alguna vez que no eras suficiente...
—aprieto la mandíbula. La idea de que algún imbécil sin rostro, algún crío estúpido la redujera a un mote grosero y la hiciera desaparecer dentro de sí misma, hace que algo oscuro se me enrosque en el pecho—.
Me da igual quiénes fueran. Se equivocaban.
Y si alguna vez me los encuentro, vamos a tener un problema muy serio.
Una sonrisa parpadea en sus labios. —Eso es muy dulce, Mason. Y muy sexi. Pero ahora mismo, lo que de verdad quiero es... —Su mano se desliza más abajo, sus dedos encuentran de nuevo mi cinturón y se ponen a trabajar en la hebilla.
—Rose.
—Mason —imita mi tono, y en sus ojos baila esa luz dorada que me deshace cada vez—. Has tenido una noche terrible. Deja que te la mejore. Ya hablaremos de mi autoestima mañana.
Quiero discutir. Quiero asegurarme de que entienda que no es solo guapa, que lo es todo. Que es la primera persona que me ha mirado y me ha preguntado qué quiero yo , y solo eso la hace insustituible.
Pero me desabrocha el cinturón y me envuelve la polla con la mano, y el gemido que se me escapa es tan fuerte que agradezco estar a cinco pisos de su padre.
— Joder.
—Tú relájate —murmura, masturbándome lenta y firmemente, apretando el agarre justo cuando se me corta la respiración.
La acerco más a mí y mi lengua encuentra su boca. Me besa con profundidad mientras su mano se mueve a lo largo de mi polla más rápido, masturbándome como si me estuviera castigando por cada problema que he cargado yo solo.
—Rosie...
—Nop. Ahora toca estar calladito.
Me empuja hacia atrás contra el lado de la cama, se desliza por mi cuerpo, besándome el pecho, los abdominales, cada centímetro de mi piel antes de agarrarme la base de la polla y pasar la lengua por la punta.
Mi cabeza golpea el suelo detrás de mí.
Su lengua rodea la punta, y luego me la mete más, hundiendo las mejillas, con una mano apoyada en mi muslo. El sonido húmedo, el calor de su boca, el pequeño gemido que emite a mi alrededor como si fuera ella la que estuviera recibiendo placer.
Y me deshace por completo.
—Ven aquí —consigo decir—. Ven aquí.
La busco, deslizo la mano bajo la cinturilla de sus leggings y encuentro su coño empapado. Mis dedos se deslizan dentro de ella, frotando justo en la entrada, y gime alrededor de mi polla con tanta fuerza que la vibración casi acaba conmigo.
—Te necesito, nena.
Se sube a mi regazo, se acomoda con todo su peso sobre mí sin un ápice de vacilación, con sus muslos a ambos lados de los míos, y recuerdo a la mujer que solía estremecerse cuando le agarraba las caderas.
—¿Sabes qué es curioso? —dice, quitándose los leggings entre nuestro enredo de extremidades—. Nunca me he sentido tan cómoda con nadie. Jamás.
Le cojo el culo y se lo aprieto. —¿A qué te refieres?
—Nunca me he puesto encima de un hombre. Siempre me ponía demasiado nerviosa, pensaba que era demasiado grande.
Se inclina hacia mí, besándome el cuello, dejando que mis manos recorran cada centímetro de su suave cuerpo. Le agarro las tetas, la barriga, las caderas. Es tan jodidamente blanda por todas partes, y me encanta.
—Eres perfecta, nena. —Le cojo la cara con ambas manos—. Pero me alegro de que nunca te hayas sentado encima de otro hombre.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Le agarro las caderas y tiro de ella hacia abajo para que su coño mojado se deslice sobre mi polla, cubriéndola con su lubricación—. Porque quiero ser el primero en ver lo guapísima que estás sentada encima de mí.
Me besa y yo la ayudo a colocar mi polla mientras se hunde sobre mí. Baja poco a poco, y ambos contenemos la respiración. Mueve las caderas, su coño húmedo hundiéndose sobre mí... y estoy perdido.
Rose gira las caderas, restregándose contra mi polla en el puto suelo de un hotel rodeados por los restos del minibar.
—Mason —resuella, con los ojos cargados de lujuria.
—Sí, nena. Estás buenísima ahora mismo.
—Y tú estás... —Se la meto entera, hundiéndose del todo sobre mi polla, cabalgándome a la perfección—. Oh, joder.
—Eso es. Cógela toda.
Acelera, cabalgándome más rápido, agarrándose al colchón detrás de nosotros para que le sea más fácil. Siento cómo su interior empieza a contraerse a mi alrededor, y con su frente pegada a la mía y mi autocontrol reducido a la nada, la verdad simplemente se me escapa.
—Me estoy enamorando de ti, Rose.
Se queda quieta un segundo, sus ojos brillan frente a los míos.
No me atrevo a retractarme.
—Por fin estoy encontrando algo para mí —digo contra su boca, rodeándola con los brazos, sujetándola con fuerza mientras ella sigue moviéndose—, y mi vida está a punto de explotar, joder. Gracias, Rose, por estar aquí.
No me contesta. No tiene por qué.
Solo me besa, me rodea el cuello con los brazos y me cabalga hasta que ambos nos rompemos.
Después, ni siquiera llegamos a meternos en la enorme cama de quinientos hilos.
En lugar de eso, nos quedamos dormidos en la moqueta, enredados en un edredón que tiro de la cama, rodeados de rabitos de fresa, botes de Pringles vacíos y varios cientos de dólares en botellines.
Y es la mejor noche de sueño que he tenido en meses.
—MASON. ¡MASON!
Me despierto de un sobresalto. Uno violento .
Rose se incorpora de golpe a mi lado, la sábana amontonada en su cintura, sus preciosas tetas completamente al descubierto y absolutamente imposibles de ignorar incluso a la hora intempestiva que sea.
Tiene el pelo hecho un desastre espectacular. La mitad está pegada a su mejilla, la otra mitad desafía la gravedad de una manera que sugiere que, en efecto, tuvimos una noche muy buena.
Me agarra y me sacude de nuevo, haciéndome girar para encontrarme con el pánico puro y desorbitado de su cara. Empieza a gritar mi nombre directamente en mi oído a unos siete centímetros de distancia otra vez.
—¡MASON! ¡DESPIERTA!
Joder. Voy a quedarme sordo de ese oído durante una semana.
—¡¿Qué hora es?!
Busco a tientas mi móvil. —Las ocho menos veinte.
— ¡¿Las ocho menos veinte?! —Su rostro se queda sin color—. Oh, mierda .
—Qué...