14. Capítulo 13
Rose
L o que pasa cuando te crías con un solo progenitor es que tus discusiones familiares siempre son pequeñas.
Mi padre y yo solo nos enfadábamos por los platos sucios en el fregadero, por unos horarios de llegada estúpidos o por si fotografiar a jugadores de hockey cuenta como « una carrera estable, Rosie ».
Así que en mi vida he presenciado una verdadera pelea familiar.
Hasta ahora.
El padre de Mason es el primero en salir del ascensor. Es alto, como si tuviera la constitución de Declan pero con canas en las sienes; lleva un buen abrigo y la expresión de un hombre que acaba de encontrarse con todo su pasado de pie en el vestíbulo de un hotel.
Y a su lado, cogida de su brazo, va una mujer.
Le echo un largo vistazo mientras el mundo a mi alrededor contiene el aliento.
Está impecable hasta el último detalle: una chaqueta corta sobre un conjunto deportivo caro a juego que deja al descubierto una franja de abdomen tonificado, una coleta brillante, un maquillaje tan perfecto que parece laminado.
No puede ser mucho mayor que Zoey. Y sus pechos, decido con la mezquindad de una mujer que se la ha ganado en nombre de Mason, casi seguro que no han experimentado la gravedad ni una sola vez.
Parece escandalosamente joven al lado de la madre de Mason. Esa es la parte que me revuelve el estómago.
—¿Qué coño hace ella aquí?
La voz de Declan es oscura y peligrosa, y su cara… Joder. Parece un hombre al que han destrozado por dentro y es demasiado orgulloso para mostrar la herida, así que la ha convertido en furia. La vena de su frente palpita, y creo que hasta puedo oírlo rechinar los dientes.
Por un segundo, no estoy viendo al capitán de los Beachside Bears. Estoy viendo a un hombre que está a punto de hacer algo de lo que no podrá retractarse.
Su padre se pone rígido. —Hola, Declan. Hola… familia .
—No. No me vengas con un puto « Hola, Declan ».
La sonrisa de la mujer titubea. —Quizá deberíamos…
—Ah, así que habla —dice la madre de Mason, y la temperatura del vestíbulo baja diez grados.
Ni siquiera ella grita. Tampoco llora.
Se limita a mirar a la amante que lo destruyó todo como se mira un chicle pegado en la suela del zapato. Y es devastador .
Doy un paso atrás, quedándome cerca de Mason pero dándole espacio.
Me doy cuenta de que, durante todo este tiempo, Beck no dice nada. El mismo Beck que narra los viajes en autobús y da serenatas en los aviones, ahora mismo está en completo silencio.
Zoey ni siquiera parece sorprendida. Parece cansada , como una mujer que ve la reposición de una película que ya odió la primera vez y que la soporta de nuevo solo porque alguien ha perdido el mando.
—Mirad, ¿por qué no nos apartamos? —dice su padre, levantando ambas manos como si Declan fuera el que no entra en razón—. Por favor. Estamos montando una escena.
—La escena la has montado tú . ¿En qué coño estabas pensando al entrar aquí de su mano?
—Declan, vamos… —Su padre intenta apartarlo para dejar pasar a un hombre de negocios que arrastra una maleta.
—Que te jodan. —Declan casi le quita de un manotazo la mano a su padre—. No te atrevas a intentar controlarme ahora mismo.
Aun así, su padre se acerca un paso más, con los ojos de repente clavados en su hijo mayor.
Oh, mierda. Mal movimiento.
Veo que los hombros de Declan se mueven y sus manos se cierran en puños a los costados, como si estuviera a punto de descargar cada gramo de frustración que hierve en sus venas y que le está poniendo la cara roja de puta ira.
A mi lado, como si ya hubiera visto esto antes, Mason interviene antes de que ocurra algo malo. Se mete en el hueco, interponiendo su cuerpo entre Declan y su padre, y apoya una mano en el pecho de su hermano como si lo hubiera hecho cien veces.
—Dec —le dice, mirándolo directamente a los ojos—. Para. Papá tiene razón, este no es el lugar.
Declan lo fulmina con la mirada. —No me digas que pare, joder. ¿Por qué coño defiendes a este pedazo de mierda?
—No lo estoy defendiendo —gruñe Mason—. Te estoy pidiendo que no dejes inconsciente a nuestro padre en el vestíbulo de un hotel con cien personas mirando.
Echo un vistazo por el pasillo y…, sí. Por supuesto. Hay un grupo de huéspedes, un par de empleados con uniformes elegantes y un hombre con una gorra de los Bears que, sin duda, está grabando esto con el móvil.
Genial. Fantástico. Esto va a ser fenomenal para la campaña de imagen de equipo familiar y sano que hemos estado construyendo.
Los Beachside Bears: donde resolvemos nuestro trauma generacional en un hotel de cinco estrellas, en directo, para tu entretenimiento.
—A lo mejor se lo merece —dice Declan, ignorando la advertencia del público cada vez mayor, claramente poseído por la adrenalina.
—Puede que sí. Pero no aquí.
Merodeo al margen de todo, inútil, con las manos colgando a los costados sin tener dónde ponerlas. Quiero ayudar. Pero no sé cómo.
Esta no es mi familia, no es mi lucha, y todos mis instintos me dicen « haz algo », mientras que cada gramo de sentido común me dice « aquí no hay nada que puedas hacer ».
Me encuentro con la mirada de Mason por encima del hombro de su padre, y se me rompe el corazón por él.
Hace solo unas noches, estaba tumbado en esa cama de hotel y me dijo que nadie le pregunta nunca si está bien. Lo dijo como una confesión, y yo le dije que estaría ahí para él.
Pero aquí, en este vestíbulo, con su hermano temblando de rabia, Mason está haciendo exactamente lo que siempre hace… Prepararse para absorber el golpe para que nadie más tenga que hacerlo.
No sé cómo sacarlo de en medio de todo esto.
Quiero hacerlo. Solo que no sé cómo.
—Mira, Declan. Solo nos quedamos aquí —dice su padre, como si fuera una explicación razonable para haber arrastrado a su amante hasta aquí también—. Está cerca del estadio. Teníamos pensado ir al partido…
La palabra « teníamos » cae como una bandeja de vasos que se hace añicos contra el suelo.
—¿Vais a venir al partido? —La voz de Beck suena ahogada y extraña.
—No —dice Declan—. No va a venir, joder.
Su padre se ríe, lo cual es un enorme error. —Tú no decides eso.
Durante el minuto siguiente, mientras Declan empuja a su padre, el personal se acerca para «ayudar» y yo me siento absolutamente inútil, me quedo mirando a Mason intentar hablar con tres personas a la vez.
Zoey, sube a mamá a la habitación.
Papá, aquí no, saquemos esto de aquí.
Dec… Dec, mírame. Cálmate de una puta vez, ¿quieres?
Todos los demás suben el tono, pero Mason se calma. Pero, desde donde estoy, no es que Mason esté siendo útil en una crisis. Es que esta es su vida .
Si la cosa se tuerce, llamas a Mason.
Beck lo dijo en mi coche como si fuera algo tierno. Pero, aquí de pie, viendo a todo el mundo perder el control y a Mason intentando con todas sus fuerzas mantenerlo todo unido, ya no suena tierno.
Así que decido que ya es suficiente. Tengo que hacer algo.
Me meto en medio de todo y le cojo la muñeca a Mason. Él me mira, pero yo le doy un tirón del brazo y lo aparto.
—Vamos, Mason.
Intenta volver hacia donde Declan y su padre siguen discutiendo cara a cara. —Rosie, dame un segundo. Solo necesito…
— No .
Mason gira la cabeza de golpe, con los ojos como platos, porque nunca le he dicho que no de esa manera.
No me atrevo a apartar la mirada. —Vienes conmigo.
—Rose, mi familia está…
—Tu familia son todos adultos. Nadie está sangrando. Sube antes de que te involucres en algo en lo que no necesitas involucrarte.
Él echa un vistazo a los restos del rostro congelado de su madre, a Declan y a su padre enfrentados, a Zoey que ya está guiando a su madre hacia los otros ascensores, a Beck de pie, muy quieto, en medio de todo.
Nadie se da cuenta de que se va.
Ni uno solo de ellos.
Le aprieto más la mano y lo subo por las escaleras antes de que pueda cambiar de opinión. Deja que lo lleve a su habitación y, cuando entramos, lo siento en el borde de la cama y saco una botella de agua fría del minibar.
—Toma. Bebe esto.
Le pongo el agua contra el pecho y él se la queda mirando.
—Estoy bien.
—Enhorabuena. Bébetela de todas formas.
La coge, pero veo que su mano va directa a su móvil, así que se lo quito de los dedos y lo dejo boca abajo en la mesilla de noche, y empiezo a pasearme delante de las ventanas con vistas a la ciudad.
—Rose, ¿qué haces? Tengo que ver cómo está Dec y asegurarme de que no ha matado a mi padre.
Sigo paseando, aunque solo sea para mantenerme en movimiento porque no sé qué más hacer.
—No.
—¿Y Beck? Nunca lo he visto…
—No.
—Mamá…
—Mason. —Me pongo en cuclillas frente a él y le aflojo el cuello de la camisa, porque la lleva como si fuera una soga—.
Escúchame. Los cuatro tienen teléfonos que funcionan, piernas que funcionan y cerebros adultos que funcionan.
Bueno, sé que al menos dos de esas cosas son ciertas en el caso de Beck, pero ya me entiendes.
Eso le arranca una risa. Apenas es una pequeña exhalación áspera, pero después de lo que acabo de ver abajo, lo considero una victoria.
—Así que, por favor. Siéntate. Respira. Bebe agua.
Me mira, con los ojos todavía llenos de todas las formas en que su familia se está desmoronando. —Sabes que no puedo simplemente…
—No te pido que olvides lo que has visto. Te pido que te tomes sesenta segundos de tu propia vida y simplemente… respires. —Pongo las manos en las caderas—. Considéralo un reto. ¿Puede Mason Morrison quedarse quieto un minuto entero? Lo descubriremos juntos.
Se me queda mirando. Luego se lleva la botella a los labios. Observo cómo se mueve su garganta al tragar, e intento no pensar en cómo su pulso sigue martilleando en su cuello, o en las ganas que tengo de apretar mi boca contra él y decirle que todo irá bien.
Concéntrate, Rose. No es tu novio. Es tu amigo con derecho a roce que está teniendo una crisis familiar.
—Bien —digo—. Ahora cierra los ojos.
Enarca una ceja. —Vas a guiarme en una meditación, ¿verdad?
—¿Quieres que lo haga o no?
—Desesperadamente.
—Entonces cállate y escucha.
Cierra los ojos y yo respiro con él.