10. Capítulo 9 #3
Incluso cuando saca fotos de nosotros, los jugadores, desparramados como si fuéramos un regalo de Dios para el planeta, lo hace con tanto entusiasmo, a pesar de que no nos parecemos en nada a esos edificios o balcones franceses que de verdad quiere ver.
Al final, Rose pasa a mi lado, lo bastante cerca como para percibir la cálida estela de su perfume, lo bastante cerca como para que su suave susurro llegue a mis oídos.
—¿Hay algo que te distraiga, Morrison?
—¿Qué?
—No has dejado de mirarme en todo este tiempo.
Mis ojos bajan hasta el vestido durante el tiempo exacto que me puedo permitir.
—Solo me preguntaba si debería haber comprado el conjunto de lencería a juego… eso es todo.
Su paso titubea y veo que las puntas de sus orejas se ponen rosas.
Levanta la cámara y me saca una foto en toda la cara. Clic .
—Para el archivo —guiña un ojo—. La titularé «la mirada de un hombre que está a punto de meterse en un lío enorme».
Al frente de la sala, Jack da una palmada.
—Muy bien. El próximo plan de juego. Quiero repasar con vosotros el forecheck que hicimos en noviembre, el que sí funcionó…
Alarga la mano hacia la mesa que tiene al lado, pero de repente empieza a dar palmaditas en un espacio vacío, luego en los bolsillos de su chaqueta, con el aspecto de un hombre que ha perdido el pasaporte.
Toda la sala es testigo de cómo su expresión pasa de entrenador a frente de tormenta furiosa en unos dos segundos.
—¿Dónde coño está mi libro de jugadas? —brama, palpándose ahora los bolsillos traseros del pantalón—. Debería estar aquí mismo.
—¿El negro? —ofrece Colin—. Puedo hacer que el equipo de análisis imprima…
—No quiero una copia impresa , Colin. Quiero mi libro de jugadas.
La sala realiza una búsqueda corporal colectiva, con veinte hombres adultos palpando los muebles como si el cuaderno pudiera estar escondido debajo de una magdalena.
Para entender la crisis: el libro de jugadas de Jack Pearson es un cuaderno negro destartalado, más viejo que Corbin, sujeto con cinta adhesiva y lleno de veinte años de sistemas y ejercicios escritos a mano y, según la leyenda…
un diagrama dibujado a mano de una trampa en la zona neutral mal ejecutada con las palabras NUNCA MÁS debajo.
—Papá. —Rose baja la cámara—. Está en la encimera. En casa. Anoche estaba al lado de tu portátil… Le estabas dibujando flechas durante la cena.
—¿No lo has traído?
Rose le lanza una mirada.
—Lo siento. No sabía que era tu caddie.
Toda la sala contiene la respiración al unísono.
Si cualquier otra persona le hubiera dicho eso a Jack Pearson, estaría haciendo ejercicios hasta que se le derritieran los patines en el hielo. Pero ¿Rose? Rose se permite lanzar una pulla informal y, de alguna manera, acaba pareciendo que ha ganado la Copa Stanley verbal.
Ni siquiera Jack, en medio de su nubarrón de desconcierto, parece tener ánimos para sermonearla. Se limita a frotarse el puente de la nariz y a seguir buscando .
—Alguien tiene que ir a buscarlo. Ahora. —Jack se pasa una mano por la cara—. Vamos a ejecutar el forecheck de noviembre en cuarenta minutos. Es la única maldita cosa que ha funcionado en toda la temporada, y quiero las notas originales.
Ya estoy echando la silla hacia atrás, buscando las llaves de mi Audi en el bolsillo.
Porque esta es la parte en la que la sala se vuelve instintivamente hacia mí, de la misma forma que lo hace mi familia, de la misma forma que ha funcionado toda mi vida.
Si hay que hacer algo… Mason se encarga.
—Yo lo cojo, entrenador.
Rose también me mira, y por un segundo brillante me la imagino sentada en mi asiento del copiloto, el bungaló vacío de los Pearson y cuarenta dulces minutos a solas con ella.
—No.
Me detengo a medio levantar de la silla y veo que Jack me señala con una mirada feroz.
—Mason, tú te quedas aquí. Yo, ah… te necesito. Para el forecheck . Por ciertas razones. —Se gira, examina la sala y su dedo aterriza como un dardo—. Beck. Tú vas con Rosie.
Beck se queda helado con una magdalena de arándanos entera en la boca. Sus ojos viajan de Jack a Rose, y luego a mí, y veo cómo la comprensión se dibuja en su rostro como un amanecer.
No necesita que se lo expliquen. Nadie en esta sala necesita que se lo expliquen.
No se me permite ir con Rose. Eso es todo. Simple y llanamente.
—Mmf —dice Beck, y traga—. Faltaría más, entrenador. Soy un acompañante excelente . Jamás se ha roto un mueble bajo mi supervisión.
—Que te jodan —gruño en voz baja.
—Ni uno, Mason. —Se levanta y se pone la gorra de capitán. ¿Dónde coño la tendría guardada?—. Conmigo, los mares están a salvo.
La expresión de Rose también ha cambiado. Coge la bolsa de la cámara, con ese vestido azul ondeando, y luego se va.
—¡Muy bien! —Jack se vuelve hacia la pizarra, destapa un rotulador y empieza a dibujar flechas de memoria de todos modos—. Ojos aquí, todo el mundo. Prestad atención a este forecheck , esto es lo que nos hará ganar algunos partidos.
Vuelvo a sentarme y me quedo mirando la pizarra.
Por primera vez en mucho tiempo, el problema acaba de salir de la sala sin mí.
Y se ha ido llevando mi vestido.