Triple Puck (The Morrison Brother’s 3) 10. Capítulo 9 #2
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10. Capítulo 9 #2

Le respondo: « Nada que explicar. Francia no podía esperar por ti, así que te envié un trocito por adelantado ».

Aparecen tres puntos al instante, y luego: « Eres lo peor. Pero gracias. Me encanta ».

Estoy sonriéndole al teléfono como un idiota cuando Diego deja la última bolsa junto a la puerta, da dos palmadas y mira su reloj.

—Bolsas LISTAS, desayuno comido, y si alguien deja una toalla mojada en mis suelos limpios, simplemente quemaré la casa y empezaré de cero. Id a jugar a vuestro juego sobre hielo, tendré la cena lista para cuando volváis a casa.

Salimos en fila hacia los coches y me guardo el móvil en el bolsillo con Rose todavía brillando tras la pantalla de bloqueo.

No es hasta que estoy sacando el Audi marcha atrás que empiezo a pensar: por primera vez en meses, algo ha cambiado en mi familia sin que yo estuviera justo en medio de ello.

Y todo ese tiempo, yo estaba ocupado mirando a una chica con un vestido.

La sala de jugadores después del entrenamiento parece como si Rose Pearson se hubiera colado durante la noche y hubiera redecorado toda la franquicia.

Margot ha convertido la mesa central en un paraíso de recuperación post-entrenamiento, con wraps de pollo a la parrilla apilados en torres, boles de proteínas adornados con mango y granada, una montaña de magdalenas de arándanos aún lo suficientemente calientes como para echar vapor, y batidos de fruta fresca en vasos del azul de los Bears, ordenados pulcramente en una bandeja de plata.

Toda la plantilla de los Bears se abalanza sobre ella como si no hubieran comido desde que sonó el himno.

Pero lo que me deja clavado en el sitio son las gigantescas palabras amarillas que cubren las paredes.

ESTE. ES. NUESTRO. EQUIPO.

Está por todas partes. En grandes paneles de la campaña. En maquetas de pantallas. En fotografías impresas y ampliadas a un tamaño descomunal… y no son las típicas fotos de estudio, relucientes y posadas, de la primera campaña.

Son fotos de Rose. Finn riendo con la cara todavía cubierta de sudor.

Un niño en el paseo marítimo con una camiseta que le llega a los tobillos.

Miles de aficionados de pie durante el tercer periodo la otra noche, con las bufandas borrosas por el movimiento y la emoción y la pasión grabada en cada rostro visible en la imagen.

Y moviéndose en medio de todo, hablando con Josie y asegurándose de que todo esté perfecto con la cámara aún en la mano, está Rose.

Y lleva el puto vestido .

Mierda.

Se me tensa todo el cuerpo como si acabara de recibir un golpe en el pecho.

Un calor ardiente me inunda, se extiende rápido y sucio, y se me asienta en el bajo vientre, denso y pesado.

Cierro las manos en puños a los lados porque, si no me agarro a algo, voy a cruzar esta sala y a averiguar exactamente qué lleva debajo.

Se me endurece la polla contra el muslo y tengo que cambiar el peso, ajustar la postura y rezar a todos los dioses para que nadie me esté mirando ahora mismo, porque estoy duro como una piedra y ella está a menos de cinco metros.

Por no mencionar que su padre está ahí mismo.

Ver la foto esta mañana ya ha sido bastante malo. Pero verla ahora a ella llevándolo de verdad en persona… Guau.

Rose se inclina sobre la mesa para enderezar una de las impresiones y la tela azul de ese vestido se le ciñe a las caderas, ondeando alrededor de sus muslos de una forma que hace que su culo, espectacularmente respingón, se vea increíble.

Puedo ver la forma de sus nalgas a través del fino material mientras cambia de peso, la curva de su culo se eleva ligeramente mientras se estira.

El dobladillo sube un centímetro. Sus muslos se aprietan uno contra el otro bajo la tela y tengo que apretar la mandíbula para no imaginarme de nuevo cómo los envolvían mi mano.

La polla me late contra la bragueta al recordar lo bien que me la hizo sentir en la discoteca. Joder. Cuando la tenía contra aquella pared, lo único que quería era hacerla sentir tan bien como ella me hace sentir a mí.

Rose me pilla mirándola y, en el segundo en que nuestras miradas se cruzan, dejo de andar.

Ni siquiera intento apartar la vista y, justo cuando estoy a punto de decirle algo sin palabras, Corbin choca contra mi espalda y al instante se pone a alisarme la camiseta.

—Mierda, lo siento, señor —dice Corbin.

Los labios de Rose se curvan en la sonrisa más pequeña y peligrosa del sur de California, y luego vuelve a sus fotografías como si nada.

Por fin recupero el control de mis pies, le ordeno a mi polla que se calme de una puta vez y busco un sitio en uno de los sofás.

El entrenador está plantado frente a la pizarra más grande, con los brazos cruzados, estudiándola como estudia las grabaciones de los partidos. Colin revolotea a su lado en bañador y americana, vibrando de energía.

—Esto —dice finalmente el entrenador, dando un golpecito en el eslogan—. Esto es lo que he estado intentando meterles en sus putas cabezas duras toda la temporada.

Beck levanta la vista de su segunda magdalena, ofendido.

—Algunos tenemos unas cabezas muy caras.

Jack lo ignora y se vuelve para mirar a la sala. El salón enmudece.

—Muy bien, gracias a todos por vuestro esfuerzo en el entrenamiento de esta mañana. Ahora os he traído aquí porque necesito que estéis concentrados. De verdad.

Recorre la sala con la mirada, captando cada par de ojos que ahora guardan silencio ante él.

—Puede que no sea objetivo, porque a mi hija se le ocurrió… —asiente hacia Rose, y la veo fingir que no está radiante. Nunca en mi vida he deseado tanto besar a alguien—. Pero me importa una mierda. Tiene razón y todos lo sabéis.

Señala la pizarra, donde las palabras «ESTE. ES. NUESTRO. EQUIPO.» están escritas con un rotulador azul.

—Esta ciudad no puso esas palabras ahí. Lo hizo un tipo con una camiseta que nos vio perder y decidió que no se iba a ninguna parte.

Eso es lo que hacen los aficionados. —Empieza a pasearse delante de nosotros—.

Puede que hayamos perdido un partido, pero nadie salva esta franquicia solo.

Nadie se pasa de listo y decide que es el héroe.

Lo hacemos juntos, ganamos juntos. ¿Y sabéis por qué?

Finn levanta la mano como si estuviéramos en el colegio.

—Porque somos los putos Bears, entrenador.

—Eso no es… —empieza Jack.

Spencer se reclina en la silla con la elegancia perezosa de un hombre que sabe exactamente lo guapo que es.

—Ganamos juntos porque yo salgo mucho mejor en las fotos de la victoria.

Beck lo señala.

—Eso es un hecho, la verdad.

Spencer sonríe con aire de suficiencia y asiente.

—Ya lo sé. Mírame, Morrison. Soy al menos el cincuenta por ciento de la razón por la que se agotaron las entradas la semana pasada.

—Eso fue por la campaña promocional —dice Rose desde el otro lado de la sala. Josie asiente enérgicamente a su lado.

Spencer se gira y las mira a las dos. Luego mira la pared gigante de ESTE. ES. NUESTRO. EQUIPO. que hay detrás de ella.

—… De acuerdo —concede, encogiéndose en su silla.

Jack deja que la sala se calme durante exactamente un segundo, antes de declarar:

—Porque eso es lo que hace una familia… Por eso. La familia permanece unida. Pase lo que pase.

Finn asiente con la boca llena y, por alguna razón, el discurso del entrenador hoy me pilla con el pie cambiado.

Quizá porque en algún lugar al norte de aquí mi madre está en un avión y no sé por qué. Y ahora mi entrenador está delante de mí diciendo aquello en torno a lo que he construido toda mi vida como si fuera una estrategia de juego.

La familia permanece unida.

Ya. Eso es lo que he estado intentando hacer, entrenador.

Mientras el entrenador Pearson continúa con su discurso de motivación y comienza la preparación para el partido de este fin de semana, no puedo evitar fijarme en Rose moviéndose por la sala de jugadores con su cámara.

Le encanta esa puta cosa. Y ahora que también lleva ese vestido, no puedo dejar de pensar en todo lo que me contó. En sus sueños de visitar Francia algún día.