3. Capítulo 2 #2
—Por Dios. No se lo digas a Colin —digo, comprobando mi lista de tomas—. Vale. El Goldie’s es el siguiente. Necesito contenido de comida. Colin quiere que la liga llore, y no hay nada que haga llorar a los hombres hechos y derechos como el postre.
—Habla la mujer que nunca ha visto a Declan descubrir que nos hemos quedado sin proteína en polvo.
Cruzamos el paseo marítimo y, cuando entramos, el Goldie’s está a rebosar. Todo el local huele increíblemente bien, a expreso y a la masa madre absurdamente deliciosa de Luna.
—Vaya, vaya. Si no son las chicas que han estado repartiendo productos como camellos trabajando en el muelle —dice Luna mientras crea espirales perfectas de glaseado—.
Kai me ha estado informando en directo. Por lo visto, habéis convencido a tres tiendas distintas para que pongan figuras de cartón a tamaño real de los hermanos Morrison en sus escaparates.
— Eso ha sido Josie —digo de inmediato.
—¡Estoy creando conciencia de marca! —protesta Josie.
—En mi cafetería, no.
—Vale, olvídate de las figuras. —Le dedico a Luna mi sonrisa más dulce—. ¿Qué tal un batido?
—No. —Luna niega con la cabeza—. No hago chorradas de marketing.
—No has oído la chorrada.
—Estoy viendo la gorra de los Bears, la cámara y lo que sea que esa mujer está haciendo en la esquina de mi cafetería.
Las tres nos giramos a la vez.
En el reservado de la esquina, una chica con un diminuto bikini amarillo y unos vaqueros cortos ha convertido el dedo de espuma en el chiste de pollas menos sutil del mundo.
Lo está agarrando con ambas manos y realizando una entusiasta felación falsa para sus amigas, que chillan de risa, con movimientos de cabeza exagerados y suficiente contacto visual con los universitarios horrorizados de la mesa de al lado como para que uno de ellos casi se atragante con su hamburguesa.
Josie emite un sonido que no es exactamente una palabra.
—Solo está… —empiezo.
—Ni se te ocurra —dice Luna.
—… muy entusiasmada con los productos —termina Josie.
—Sácalo de mi cafetería.
—Luna, por favor. Haces los mejores batidos de Beachside. Y lo sé bien. Llevo bebiéndolos desde que era una cría, cuando mi padre me inspeccionaba la pajita como si alguien pudiera haber escondido a un adolescente dentro.
Ella suspira mirando al techo. —Sois agotadoras.
—¿Eso es un sí?
—Es un «cállate mientras voy a por la batidora».
Diez minutos después, desliza por la barra dos batidos que podrían ser lo mejor que he visto en mi vida.
Están cargados con torres de helado de vainilla veteado de frambuesa azul, coronados con espirales de nata montada más altas que mi mano y sepultados bajo una avalancha de virutas de los colores de los Bears.
Uno tiene una galleta entera de mantequilla tostada clavada en la parte superior, como una bandera en la cima de una montaña. Levanto la cámara antes de que mi cerebro termine de decir sí .
—Vale, esto es pornográfico —resuella Josie.
—Se llaman Bear Fuel —dice Luna—. Les puso el nombre Kai. Quería llamarlos «Puck Shakes», pero le dije que la gente lo oiría mal.
—La gente lo oiría bien —dice Kai, saliendo de la trastienda, descalzo, con una bolsa de granos de café bajo el brazo. Mira las montañas de nata montada y enarca una ceja hacia su mujer—. Un momento. ¿Nos quedaba nata?
—Había un segundo bote.
Las cejas de Kai se disparan. —Ah. Ese bote.
Luna le señala con un paño. —Sea lo que sea que estés recordando, deja de recordarlo con la cara.
—No he dicho nada.
La mirada de Kai recorre a su esposa con la satisfacción ensoñadora de un hombre que la recuerda llevando bastante menos ropa y bastante más lácteo.
Su atención se detiene en su boca, desciende por su cuerpo, y la sonrisa que le sigue probablemente debería obligar al Goldie’s a cambiar su calificación por edades a partir del anochecer.
Josie baja lentamente su batido.
—Bueno —murmura—. Eso responde a la pregunta.
Luna fulmina a su marido con la mirada. —Largo.
—Encantado. —Kai le da un beso en la mejilla al pasar—. ¿Vuelvo a pedir dos botes?
—Dios mío —susurra Josie a mi lado.
Sep. Misterio resuelto.
—No necesito el contexto —digo, fotografiando los batidos desde tres ángulos y sin mirar a nadie —. Definitivamente, no necesito el contexto. Pero, Luna, si puedes recrearlos para la campaña, la interacción se dispararía.
—Hermana, el pueblo no está preparado —dice Kai, y se aleja con sus granos de café como un hombre en paz con sus decisiones.
—Me lo pensaré. —Luna me desliza el batido con la galleta—. Para el camino. Dile a Colin que los batidos fueron mi visión antes de que él le diga a todo el mundo que fueron suyos.
—Seguro que ya los ha registrado como marca —se ríe Josie mientras salimos por la puerta.
A las cuatro en punto, tengo una tarjeta de memoria llena de oro promocional.
Mi última toma es de tres niños cerca de la entrada del muelle, con las camisetas hasta las rodillas y los brazos pasados por los hombros de los demás como una diminuta alineación titular. Su madre llora un poco cuando le enseño las fotos.
Sinceramente, yo también. Son adorables.
Bajo la cámara y, al poco, Josie se acerca a mí con dos granizados de cereza del tamaño de extintores. Son de un rojo brillante y el hielo picado reluce al sol como mi tentación definitiva.
Hace un calor de mil demonios bajo el sol de la tarde y llevamos todo el día en ello, así que cuando Josie me ofrece uno, prácticamente se lo arrebato de las manos.
—Cásate conmigo —digo, cogiendo la pajita y sorbiendo.
—Joder. Pillaos una habitación, ¿no? —Me sonríe—. Venga, vamos a andar. Llevas todo el día esquivando la conversación sobre Mason y se me ha acabado la paciencia. Suéltalo todo, tía. O te quito el granizado.
—Vale —digo, caminando por el paseo marítimo, pasando el salón recreativo, la tienda de caramelos con el tofe estirándose en el escaparate—. La versión oficial para el consumo público es que mi padre pilló a Mason ayudándome con una silla rota.
Josie sorbe ruidosamente. —¿Y la versión real?
—Mason rompió la silla. Conmigo encima. Mientras su boca estaba… —Hago un gesto vago hacia la zona de mi pecho— haciendo la obra de Dios.
Josie se atraganta con la pajita. —Dios mío, Rose . Eso es buenísimo.
—Bueno, lo habría sido si mi padre no hubiera aparecido dos minutos antes de que yo por fin pudiera catar algo en condiciones. —Clavo la pajita en el hielo—. Casi podía ver la línea de meta, Jose. Te lo juro, tenía fuegos artificiales preparados en el útero.
Josie se ríe tanto que tiene que apartar la pajita. —¿Cuánto tiempo ha pasado en realidad?
—Oh, no. A menos que le hayas echado vodka a esto… —Levanto el granizado—, no vamos a hablar de cifras.
—Venga, Rose. —Josie me pasa una mano por el brazo—. Soy yo. Puedes contármelo.
Suspiro contra la brisa.
—¿Sinceramente? —Observo a la multitud que se mueve delante de nosotras—. No me acuerdo.
Sus cejas se alzan.
—He tenido oportunidades. Solo que nunca he deseado ninguna lo suficiente como para molestarme. —Doy otro sorbo, dejando que el hielo de cereza me congele la lengua—. Entonces aparece Mason y, por lo visto, mi cuerpo decide que vamos a recuperar el tiempo perdido.
Josie se ríe con el granizado en la boca.
—No tiene gracia. Llevo tanto tiempo sufriendo una sequía sexual que el Gobierno debería imponer restricciones de agua, y ahora el primer hombre que he deseado lo suficiente como para ponerle fin no para de desarrollar escrúpulos en el peor momento posible.
La sonrisa de Josie se vuelve cómplice. —De ahí la silla asesinada.
—De ahí la silla asesinada —suspiro—. Y la relación cada vez más hostil con mi vibrador.
A mi lado, se deshace en carcajadas mientras yo ataco mi granizado.
Seguimos avanzando en silencio unos pasos y, a mi lado, casi puedo ver los engranajes girando en la cara de Josie. Es su cara de relaciones públicas. La que pone justo antes de encontrar el ángulo que nadie más ha visto.
—Vale. Una pregunta —dice—. Cuando tu padre montó el numerito de cavernícola, ¿a ti te dijo algo?
—¿A qué te refieres?
—A ver, explícamelo. Le dijo a Mason que se mantuviera alejado de ti, ¿no?
—Correcto. Por lo que oí desde mi despacho, en el piso de arriba, no podía haber ni cenas ni visitas a la oficina, antes de que al final lo amenazara con estamparlo contra una pared.
No sé por qué me sorprende. No es nada nuevo para Jack Pearson.
Cuando tenía diecisiete años, le abrió la puerta a mi cita para el baile del instituto con una vieja camiseta de la NHL y afilando la cuchilla de un patín en la mesa de la cocina.
Ya ni siquiera tenía patines.
Los había pedido prestados expresamente para la ocasión.
—Así que tu padre le dijo a Mason que se mantuviera alejado de ti —Josie le da otro sorbo lento a su granizado, dándole vueltas al asunto—. Pero no te dijo a ti que te mantuvieras alejada de Mason.
Dejo de caminar y bajo la pajita.
—Vaya, vaya… —sonrío con suficiencia, girándome hacia mi amiga—. Esa es una interpretación jodidamente interesante .
—Solo digo… —se encoge de hombros Josie, toda inocencia, con una mirada maliciosa por encima del borde del vaso—. Una norma solo cubre a la persona a la que se le dio. Tú no estás en la alineación. Jack Pearson no es tu entrenador. Así que, legalmente hablando…
—No eres abogada.
— Legalmente hablando —repite—, puedes acercarte a quien te dé la gana.
El corazón me da un vuelco en el pecho y estoy a punto de decir una imprudencia cuando un ladrido resuena en el paseo marítimo como un pistoletazo de salida.
Me giro para ver al Capitán Biscuit cargando contra mí entre la multitud, con las orejas al viento, la lengua fuera, treinta y dos kilos de caos dorado fijados en mí como si estuviera hecha de beicon.
—Ay, no —susurro.
—Ay, sí —dice Josie, que de repente da saltitos a mi lado.
Porque, atado al otro extremo de la correa de Biscuit, tropezando con los tablones de madera y disculpándose con cada turista al que casi aplasta, está Mason Morrison.
Un Mason Morrison sin camiseta .