3. Capítulo 2
Rose
A hora mismo, mi despacho parece la tienda de regalos de los Bears después del paso de un pequeño tornado.
Josie ha volcado una avalancha de productos del equipo en azul y blanco sobre mi mesa; hay camisetas colgando de una esquina, gorras apiladas sobre mis notas de la campaña y una gigantesca zarpa de espuma que descansa sobre mi teclado como si hubiera reclamado el ordenador para sí.
Al menos la pila es estable, que es más de lo que puedo decir de mis muebles desde que Mason Morrison y yo destrozamos la silla de mi escritorio.
—Colin está de camino —anuncia Josie, rodeando el estropicio para darme un café con leche del Goldie’s de la bandeja para llevar que trae—. Me ha escrito antes. Ha dicho que nos viéramos aquí.
La miro entrecerrando los ojos por encima de la tapa. —¿Ha dicho por qué?
—No.
—Así que nos tiende una emboscada.
Me repantigo en la silla plegable más triste del mundo, mi sustituta temporal desde que Mason Morrison y yo nos cargamos la anterior a base de amor hasta mandarla directa al contenedor.
Las patas de metal se tambalean.
El estómago se me contrae al instante mientras mi cerebro traidor cambia el recuerdo de los muebles derrumbándose por el de las enormes manos de Mason agarrándome las caderas.
Josie me echa un vistazo. —¿Estás bien?
—Fantásticamente —respondo, y doy un sorbo muy largo a mi café con leche y caramelo salado. Está delicioso y es justo lo que necesito esta mañana—. Solo estoy superando el hecho de que, por lo visto, he desarrollado problemas de confianza con las sillas.
—Sí, me enteré de la persecución —dice Josie, acomodándose en el sofá de la esquina de mi despacho y limpiándose la espuma del labio con la lengua—. A ver. En una escala del uno al diez, ¿cómo de muerto está Mason?
—Consiguió dejar atrás a mi padre corriendo, así que físicamente está bien.
—¿Y emocionalmente?
—No me ha escrito desde entonces, así que supongo que emocionalmente estará tirado boca abajo en alguna parte, haciéndose el noble.
—Dios, los nobles son los peores. —Josie se estremece mientras se alisa el polo de los Bears—. Dame un hombre sinvergüenza cualquier día de la semana. Al menos con ellos sabes a qué atenerte.
—Normalmente, contra una pared —digo, dando otro sorbo—. Aunque, a estas alturas, soy flexible con el sitio. Pared, escritorio, encimera de la cocina. Me da igual, pero que me lo den ya.
Josie enarca una ceja. —Tiene gracia que lo diga la mujer que ha rechazado a todos los hombres atractivos que le he señalado en los últimos doce meses.
—No es culpa mía que no me parecieran atractivos.
Josie resopla y pone los ojos en blanco. —¡Uno era literalmente modelo !
—¡Oye! Me dijo que era empresario.
—¡Tenía tres restaurantes!
—Exacto —replico con firmeza—. Una mujer con mi cintura no puede salir con un hombre que tiene acceso ilimitado a los carbohidratos. Habría muerto en seis meses.
—Rose. —Su mirada se posa en mí de forma elocuente—. Eres una mujer con un tipazo que tiene que dejar de hablar mal de él. No pienso escuchar ni una palabra cruel más.
No tengo nada que decir a eso, así que me quedo en silencio mientras Josie da otro sorbo a su café, sin dejar de observarme.
—¿Has probado alguna vez a ponerte un vestido? Creo que estarías guapísima.
Me estremezco ante la idea que me viene a la mente.
Porque la última vez que me puse un vestido, tenía diecisiete años, y un imbécil me llamó muslona lo bastante alto como para que lo oyera todo el pasillo. Aún recuerdo cómo se rieron sus amigos. Cómo me miré las piernas con vergüenza.
Sonrío amablemente.
—Es que no me siento cómoda con vestidos.
—Vale. —Josie me observa con atención y luego canturrea—: Pero uno de estos días te voy a poner algo que no lleve trabillas para el cinturón. Pienso en algo suave y vaporoso. Uno de esos preciosos vestiditos de verano que te hacen sentir como si debieras estar bebiendo cócteles junto al mar.
Una imagen intenta formarse en mi cabeza, pero la aniquilo de inmediato.
—Te llevaré de compras, tía. No te preocupes —dice Josie—. Hay al menos doce tiendas en el paseo marítimo que podemos mirar. Encontraremos algo tan bonito… —Se inclina y susurra—: que todos los chicos querrán un trozo de ti.
La puerta de mi despacho se abre antes de que pueda responder, y mi cerebro tarda tres segundos enteros en procesar lo que acaba de entrar.
Colin Holden lleva un traje .
—Dios mío, Colin —digo con cautela, casi cayéndome de la silla—. ¿Se ha muerto alguien?
Para ser justos, no es un traje bonito .
Es un traje que le queda como si se lo hubiera pedido prestado a un hombre un poco más grande para una comparecencia judicial. La chaqueta es azul marino, los pantalones terminan un centímetro por encima de sus tobillos, lo cual es sospechoso, y la corbata tiene diminutas tablas de surf.
Además, lo lleva con… —me inclino hacia un lado para comprobarlo— sí, con chanclas.
—Nadie se ha muerto. —Se afloja la corbata como si lo estuviera estrangulando—. ¿Parezco serio? La liga va a mandar a gente. Intento parecer serio.
—Pareces un novio al que le entraron dudas a medio vestirse —dice Josie.
—Perfecto. Autoridad mezclada elegantemente con accesibilidad.
—Pone las manos en las caderas y examina la avalancha de productos de los Bears que cubre mi mesa antes de que su atención se pose en la pizarra blanca que tengo detrás—.
En fin, la razón por la que estoy aquí es porque, como quizá hayáis oído, la liga nos está vigilando.
Así que necesito algo grande de ti, Rose. Algo que cambie toda la historia.
Me preparo. —Vale.
—Quiero unión .
Sus ojos prácticamente brillan, así que espero a que continúe.
Pero, por lo visto, eso es todo.
No hay más.
—Eso no es un briefing de campaña, Colin. Es solo una palabra que parece que debería estar impresa en un cojín.
Josie ladea la cabeza hacia mi pizarra, donde Colin se ha acercado para garabatear UNIÓN en unas mayúsculas muy agresivas. —Tiene razón. ¿Quizá si lo escribes en cursiva? ¿O le añades una gaviota?
—Lo digo en serio. —Colin se seca la frente, que ha empezado a producir su propio sistema meteorológico—. La liga cree que esta franquicia es inestable.
—No me extraña —digo con dulzura, pestañeando—. No es como si acabáramos de intentar traspasar a un jugador a mitad de temporada.
El café de Josie se detiene a medio camino de su boca. —O que nuestro entrenador persiguiera a un jugador por el aparcamiento ayer.
Colin ni siquiera parpadea ante eso.
Lo que me dice que todo el edificio ya lo sabe y que probablemente debería empezar una nueva vida en algún lugar de Portugal.
—La cuestión es —continúa Colin, impertérrito— que quiero que Beachside acoja a los Bears.
Que los jugadores acojan al pueblo. Que los negocios acojan a los jugadores.
Una gran familia de hockey. Cálida. Entrañable.
Unión . —Guiña un ojo y agita una mano sobre la palabra como si estuviera desvelando una estatua—.
Creedme, esta es mi nueva visión. Podría ser la mejor hasta ahora.
Colin me señala a mí, luego a Josie y después vagamente hacia el océano que se ve desde mi ventana.
—Quiero que salgáis ahí hoy. Id al paseo marítimo, al muelle, a las tiendas. Conseguidme contenido que haga que doce ejecutivos de la liga lloren sobre sus hojas de cálculo. Haced que Beachside parezca el pueblo más enamorado del hockey de Estados Unidos.
Se dirige a la puerta, se detiene para enderezarse la corbata de tablas de surf y vuelve a mirar atrás con auténtico sentimiento.
—Además, si alguien pregunta, el traje fue idea de Darcy.
Luego se va, y el sonido de sus chanclas resuena por el pasillo.
Josie me mira. —Así que vamos a salvar la franquicia con buen rollo.
—Por lo visto. —Me río mientras considero si estrangular a Colin con la correa de mi cámara cuenta como violencia laboral o como servicio a la comunidad—. ¿Supongo que estás libre esta mañana?
—¿Para una sesión de fotos en el paseo marítimo contigo en lugar de redactar comunicados de prensa sobre nuestra inminente muerte? Obviamente.
Josie se levanta de un salto del sofá, coge una gorra de los Bears del montón de productos y se pasa la coleta por el agujero de atrás.
—¿Qué tal estoy?
—Como la unión personificada.
Ella suelta una risita y choca su cadera con la mía. —Y tanto que sí.
Cojo la bolsa de mi cámara y una sonrisa se dibuja en mis labios en cuanto mis dedos se cierran alrededor de la correa. Esta es la parte del trabajo que haría gratis.
Ponme detrás de un objetivo y sé exactamente quién soy. Puedo encontrar algo bonito en casi cualquiera cuando no está prestando atención, que es probablemente la razón por la que siempre he preferido este lado de la cámara.
—Vamos —digo, echándome la bolsa al hombro—. Vamos a hacer que Beachside se enamore.
Tres horas después, empiezo a ver lo que Colin veía.
Beachside se ve jodidamente precioso a través de mi objetivo.
Las banderas de los Bears ondean sobre el paseo marítimo bañado por el sol, las camisetas azules y blancas se mueven entre la multitud de la tarde y, a cada pocos pasos, encuentro otra foto que merece la pena.
Una familia compartiendo churros bajo el letrero del muelle. El dueño de una tienda riendo mientras Josie le encasqueta una gorra de los Bears. Dos niñas pequeñas pegando la cara al escaparate de un salón recreativo mientras sus camisetas a juego les cuelgan por debajo de las rodillas.
Josie ha distribuido tantos productos azules y blancos que empiezo a sospechar que está vistiendo a la gente en contra de su voluntad.
Se adelanta con un montón de gorras de los Bears, camelándose a los dueños de las tiendas mientras yo la sigo con mi cámara y capturo los momentos que deja a su paso.
Aunque no parece que a nadie le importe.
Observo cómo Josie vuelve hacia mí dando saltitos después de convencer a otro dueño de que sí, necesita absolutamente la zarpa de espuma.
—Joder —resuella Josie, pasándose la muñeca por la frente—. Puede que esto sea unión de verdad.