Triple Puck (The Morrison Brother’s 3) 3. Capítulo 2 #3
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3. Capítulo 2 #3

Biscuit me golpea a toda velocidad, planta las dos patas en mis muslos e inmediatamente intenta beberse mi granizado con su lengua babeante.

—Hola, mi vida. Hola. No…, que eso es mío…, va-vale, ya estamos compartiendo.

—¡Biscuit! ¡Quieto! ¡Quieto! —Mason llega tres segundos después, sin aliento, sujetando una correa que claramente ha perdido la negociación—. Lo siento…, te ha visto desde los recreativos. No he podido hacer nada.

Y entonces levanto la vista, lo que resulta ser un error garrafal.

Porque ya he visto a Mason sin camiseta. Obviamente. Trabajo para un equipo de hockey y los vestuarios existen.

Pero nunca lo he visto así .

La luz del sol se derrama sobre unos hombros anchos y un pecho forjado a base de años de estampar a hombres adultos contra las vallas, y mis ojos se quedan pegados al ligero brillo de sudor que cubre su piel.

Sus pantalones cortos de entrenamiento le quedan peligrosamente bajos en las estrechas caderas, dejando al descubierto una franja de abdomen duro bajo los profundos surcos musculares que descienden hacia la cinturilla.

El hombre tiene unos muslos gruesos y unos brazos potentes que he sujetado con mis manos, pero de alguna manera, ahora, los infinitos músculos que danzan bajo el sol parecen aún más grandes sin la tela que los contiene.

Y entonces una solitaria gota de sudor se desliza entre sus pectorales y recorre lentamente el centro de su abdomen.

Observo todo el viaje como si, cuando desapareciera bajo esos pantalones, fuera a ir tras ella.

Las gafas de sol de Mason se deslizan por su nariz, revelando el azul Morrison suficiente para que yo capte el segundo exacto en que se da cuenta de que lo estoy mirando.

Entonces su mirada inicia su propio viaje.

Mi cara. Mi boca. El cuello de mi polo de los Bears.

Se detiene en cada centímetro, y un calor tan rápido me recorre que aprieto con más fuerza la correa de Biscuit. Entonces, tan rápido como ha ocurrido todo, Mason desvía su atención hacia el océano como si las olas se hubieran vuelto fascinantes de repente.

Genial. Al parecer, la amenaza de papá incluía no más contacto visual.

Qué pena. Porque otros treinta segundos de lo que sea que ha sido eso , y habría necesitado que Josie me echara los dos granizados directamente en las bragas.

—¡ROSIE!

Beck irrumpe en el momento con un brazo sobre los hombros de Mason, igualmente sin camiseta y aproximadamente un cuatro mil por ciento demasiado encantado consigo mismo.

Detrás de él viene el resto de la plantilla de los Bears. Es como si alguien hubiera encargado por accidente un estriptis de jugadores de hockey para el paseo marítimo.

Declan, Finn, Max, Sawyer y Spencer se acercan a nosotros con pantalones cortos de entrenamiento a juego, con Corbin siguiéndolos, ligeramente confundido sobre por qué está aquí. Una mujer frente a la tienda de caramelos se da la vuelta para mirar y se choca de bruces con una papelera.

Te entiendo, señora.

—Antes de que preguntes —dice Beck, abriendo los brazos—, nos ha mandado Colin.

—¿Por qué esa frase me aterroriza?

— Compañerismo —lo dice con tal seriedad que casi me río—. Al parecer, necesita que los jugadores interactúen con Beachside, que estén guapos cerca de los negocios locales, que hagan creer a la liga que todo el mundo nos quiere.

Finn se señala el pecho desnudo. —De lo de estar guapo me encargo yo.

—Eso es discutible —dice Spencer.

Beck los ignora. —Colin nos dijo específicamente que te encontráramos y que nos hicieras fotos. Luego dijo, y cito: « Quitaos las camisetas, chicos. Eso es marketing gratuito ».

—Ya ibais sin camiseta —gruñe Declan, rodeando a Josie para saludarla con un suave beso en los labios.

—Y Colin también se atribuyó el mérito.

Josie me da un codazo con su granizado, con la expresión serena de una mujer que ve tres semanas de contenido para redes sociales caminando hacia ella sin camiseta.

—Rose —murmura—, mira lo que nos ha proporcionado el universo.

Lo estoy viendo.

Dios me ayude, lo estoy viendo.

Ocho jugadores de hockey profesionales, suficiente músculo desnudo como para causar un incidente de salud pública, y el único hombre al que actualmente tengo prohibido tocar, de pie, justo en medio de ellos.

Vale.

Si papá dice que no puedo tocar a Mason Morrison, nadie ha dicho nada de hacer zoom a ese cuerpo.

Levanto mi cámara.

—Muy bien, caballeros. Ahora trabajáis para mí.

Los siguientes cuarenta minutos probablemente deberían calificarse como acoso laboral.

En mi defensa, Colin pidió específicamente jugadores de hockey sin camiseta. Me limito a tomar su visión artística y a prestarle la atención que merece.

Empiezo con Beck porque ya está posando antes incluso de que levante la cámara, con una mano en la nuca mientras Biscuit está sentado a su lado con su diminuta camiseta de capitán, con un aspecto bastante más profesional.

—¿Puedes intentar no parecer que estás vendiendo calzoncillos?

—Estos abdominales no trabajan gratis, Rosie.

—Tampoco mi suscripción a Photoshop, pero aquí estamos.

Finn casi se cae encima de Sawyer de la risa, y la cámara capta a Beck girándose para hacerles una peineta a ambos mientras Biscuit elige ese preciso momento para levantar una pata.

Es la foto perfecta. Adorable y graciosísima al mismo tiempo.

A continuación, hago que Sawyer se apoye en la barandilla del muelle con Finn a su lado, ambos riendo contra la brisa.

Paso rápidamente de una foto a otra, dirigiéndolos hacia la luz mientras el sol del atardecer cambia de color y las atracciones de la feria empiezan a encenderse más adelante en el paseo.

Y durante todo este tiempo, soy consciente de Mason.

Está rezagado, cerca de la barandilla, con las gafas de sol en la cabeza y los brazos cruzados sobre un pecho con el que no tengo ningún derecho a estar tan familiarizada. Cada vez que miro en su dirección, su atención está en otra parte.

El océano. Biscuit. Una gaviota.

El puto horizonte.

Cualquier sitio excepto yo .

Interesante.

—Mason, te toca.

Gira la cabeza de inmediato, lo que al menos demuestra que ha estado escuchando.

—Coge a Finn.

Finn se mira el pecho desnudo y luego a Mason. —Ya ha cogido a Finn, colega. Finn ha estado magnífico.

—Es verdad. Tengo setenta y tres fotografías de Finn estando magnífico —levanto la cámara—. Te toca. Contra la barandilla, Morrison.

Mason no se mueve.

Beck emite un sonido pensativo a mi lado. —¿Te da miedo la cámara, Mase? Porque la doctora Sinclair tiene unos ejercicios de respiración excelentes para los miedos irracionales.

Mason fulmina a su hermano con la mirada. —No me da miedo la puta cámara.

—Genial —sonrío con dulzura—. Pues pon tu culo contra mi barandilla.

Mason me lanza una mirada que promete consecuencias que, de repente, me interesa mucho experimentar, pero finalmente se aparta del muelle y ocupa su posición.

Por desgracia, aquí es donde mi profesionalidad sufre un fallo catastrófico.

Porque en el segundo en que levanto la cámara, Mason Morrison deja de estar a seis metros de distancia.

De repente, está jodidamente ahí.

La lente lo acerca tanto que puedo ver los mechones oscuros de pelo apartados de su frente. La sombra áspera que le cubre la barbilla. La fina capa de humedad que aún se aferra a su pecho, haciendo que cada cresta dura y cada hueco brille cuando se mueve bajo el sol poniente.

Ajusto el enfoque e inmediatamente me arrepiento de tener acceso a la tecnología.

Sus hombros llenan el encuadre. Luego su pecho. Luego la superficie dura de sus abdominales y esa pequeña cicatriz junto a sus costillas.

Mi cámara desciende.

No hay absolutamente ninguna razón profesional para esto.

Un rastro oscuro de vello desaparece bajo la cinturilla baja de sus pantalones cortos, atrayendo mi atención a un lugar que mi padre le ha ordenado específicamente a Mason que no me deje investigar.

Aun así, me detengo ahí.

Jesucristo.

La fotografía es una forma de arte, y al parecer hoy me estoy especializando en la pornografía.

Arrastro la lente de vuelta a su cara antes de que alguien se dé cuenta de lo que he estado documentando.