2. Capítulo 1 #2
Una lenta sonrisa se extiende por su rostro, y todos mis instintos me dicen que preferiría que volviera a perseguirme.
—Tienes razón —dice en voz baja—. No lo es.
El entrenador finalmente se libera de la camiseta del agarre de Finn, y esta vez nadie intenta detenerlo mientras se acerca más, plantándose justo delante de mi cara.
—Te he entrenado durante un año, Morrison. Te he visto asumir la responsabilidad de derrotas que no eran tuyas, de penalizaciones que no merecías y de dos hermanos idiotas que son más que capaces de limpiar su propia mierda.
—Oye —llama Beck débilmente desde algún lugar cerca de las puertas del estadio.
Nadie le hace caso.
—Y sé que no mientes. —La mirada del entrenador no se aparta de la mía—. Por eso confío en ti más que en casi nadie en todo este maldito equipo. Eres el sensato, Mason. No creas problemas.
Se me encoge el estómago.
—Así que te voy a dar una oportunidad para que me lo digas de nuevo. —Hace una pausa, apretando los dientes ante mis ojos—. ¿Pasa algo entre tú y mi hija?
Respiro hondo, intentando calmar mi creciente ritmo cardíaco.
Podría decirle fácilmente la verdad. Decirle que no me he acostado con Rose.
Podría explicarle que me he contenido cada maldita vez que hemos estado a punto porque sé exactamente lo complicado que podría llegar a ser esto.
Quizá si le digo que le llevo la cena porque se olvida de comer cuando trabaja hasta tarde, o que sé que le quita los pepinillos a sus hamburguesas pero los pide de todos modos porque se siente obligada, ya que no le salen más baratas si no los pide.
Podría contárselo todo.
En cambio, mis ojos se dirigen a la ventana vacía del segundo piso y luego vuelven al hombre que en este momento me está abrasando la cabeza con la mirada.
—No. No pasa nada con Rose.
Asiente lentamente, luego retrocede y me examina de arriba abajo. —Muy bien. Entonces esto debería ser fácil.
No me gusta cómo suena eso.
—Aléjate de ella, joder. No vale la pena el riesgo, además —toma aire, y luego, el cabrón, me guiña un ojo —. Si no pasa nada, entonces no te estoy pidiendo que renuncies a nada, ¿verdad?
A su lado, las cejas de Sawyer se levantan y Finn finalmente deja de sonreír.
Incluso Corbin parece entender que me acaban de arrinconar directamente en la trampa más obvia del mundo.
—Jack…
—Puedes llamarme entrenador .
Me enderezo de inmediato. —Por supuesto. Entrenador .
—Los Bears te necesitan centrado. Tus hermanos te necesitan centrado.
Y Rose no tiene por qué convertirse en otra complicación dentro de esta organización justo cuando por fin estamos logrando asentar al equipo —Su expresión se endurece, si es que eso es posible—.
Así que, si lo que me dices es verdad, hemos terminado.
No vuelvas a pisar su despacho. Deja de lado esas cenas nocturnas, sean lo que coño sean. Y mantén las manos quietas.
Todos los músculos de mi cuerpo se tensan.
¿El puto entrenador sabe lo de las cenas?
El entrenador me sostiene la mirada. —¿Eso no debería ser un problema, o sí, Morrison?
Hay aproximadamente novecientas respuestas que me gustaría darle.
Por desgracia, todas y cada una de ellas me dejan como un gilipollas mentiroso.
Así que me las trago todas.
—No, señor.
—Bien.
Se aleja un par de pasos antes de detenerse y volver a mirarme.
—¿Y, Mason?
—¿Sí?
—Como se rompa misteriosamente otro mueble mientras estás a solas con mi hija, te juro que te atravieso la puta pared.
Se marcha a través del aparcamiento y nadie respira hasta que las puertas se lo tragan.
A la mañana siguiente, la cocina de la mansión huele como siempre.
La luz del sol se cuela por las paredes de cristal retráctiles, mientras el océano brilla más allá de la piscina.
Estoy preparando tortitas en la plancha, unas esponjosas apiladas de tres en tres con fresas frescas y sirope de arce de verdad; el café humea en la cafetera expreso y tengo el móvil encajado entre la oreja y el hombro mientras mamá no para de hablar.
Todo es muy tranquilo.
Lo cual es impresionante, teniendo en cuenta que me he pasado la mitad de la noche mirando al techo y pensando en Rose Pearson.
Más concretamente, en la boca de Rose Pearson.
Luego en sus tetas.
Luego en los vaqueros oscuros que se pone para ir a trabajar casi todos los días, incluso cuando en Beachside hace tanto calor que se derrite el asfalto del aparcamiento, y en esas blusas suaves con las que parece creer que disimula un escote que llevo dos putos meses mirando.
Resulta que recibir la orden de alejarte de una mujer no contribuye en absoluto a que la desees menos.
Más bien al contrario, empiezo a sospechar que tiene el puto efecto opuesto.
—¿Mason? ¿Me estás escuchando?
Parpadeo ante la tortita que se está quemando lentamente delante de mí, con la voz de mamá sonando por el altavoz del teléfono.
—Sí. Llamaré a papá esta tarde para que firme los formularios de divulgación.
—Gracias, cariño —dice mamá con un suspiro. Estoy bastante seguro de que oigo a Zoey gritándole a Morgan de fondo—. No me coge el teléfono, Mason. Ya sabes cómo es.
—A mí me lo cogerá. Te lo prometo. —Cojo la lista de la compra de Diego que ha dejado en la encimera con una nota adhesiva que dice REVISA ESTO —. Mamá, escucha. Te devolveré los papeles antes del entrenamiento de mañana, pero tengo que irme, ¿vale?
—Vale, cielo. Gracias… por todo.
—Te quiero, mamá. Hablamos luego.
Cuelgo mientras reviso la lista con una mano, añadiendo arándanos y el zumo de castigo de Declan antes de escribir automáticamente «crema de caramelo salado» debajo.
Tardo otros tres productos en volver a subir la vista por la página.
¿Crema de caramelo salado?
Me quedo mirando mi propia letra, preguntándome cuándo coño se ha convertido Rose Pearson en un elemento fijo de la lista de la compra de la casa Morrison.
Entonces recuerdo verla de pie en la cocina del pabellón hace dos semanas, dar un sorbo a la mierda genérica de vainilla que guardan en la nevera y anunciar que sabía a «vela derretida».
Razón por la cual he estado llevando un cartón del bueno al trabajo cada vez que sabía que se quedaba hasta tarde.
Solo que se supone que ya no debo saber cuándo se queda hasta tarde.
Se supone que no debo entrar en su despacho con un café, llevarle la cena o hacer cualquier otra cosa que pueda acabar con mi mano desapareciendo en algún lugar al que su padre se opone firmemente.
Golpeteo la lista con el bolígrafo, considerando seriamente tacharlo.
En su lugar, añado un segundo cartón.
Beck entra en la cocina con unos bóxeres de color amarillo chillón, un calcetín y una gorra justo cuando dejo el móvil junto a la plancha.
—¿Era mamá?
—Sí.
Él retrocede de inmediato hacia la puerta.
—Tranquilo. No le he dicho que estabas aquí.
—Bien. Adoro a esa mujer, pero nadie necesita una conversación de treinta minutos sobre si estoy tomando suficiente vitamina D antes del desayuno. —Su atención se desvía hacia los fogones y, de repente, se arma de valor para entrar de nuevo—. ¿Huele a beicon?
—Beicon de pavo. Y, por cierto, nos vamos en cuarenta minutos.
—Sabes que el beicon de pavo es el primo decepcionante del beicon, ¿verdad?
—Roba una tira de todos modos, se sube a un taburete y vuelve a mirar mi móvil—.
Hablando de llamadas, ¿te llamó el entrenador anoche para terminar de asesinarte o se lo está guardando para una ejecución pública delante de la afición en el próximo partido en casa?
Pongo la última tortita sobre la pila y cojo mi café. —No pasó nada.
—Claro. —Se sirve otra tira de beicon, y cuando miro al otro lado de la isla, me está observando con esa sonrisita de superioridad que me he pasado toda la vida queriendo borrarle de la cara de una hostia.
—¿Qué?
—Nada. —Mastifica durante unos segundos más, aparentemente decidido a que le pregunte, antes de que su mirada se desvíe hacia las tortitas—. Me preguntaba si a Rose le gustan las tortitas.
Por desgracia para mí, Beck Morrison se ha pasado toda la vida estudiando exactamente cómo sacarme de quicio, y su sonrisa se ensancha al instante.
—A todo el mundo le gustan las tortitas —digo, dando un largo sorbo y fingiendo que no acabo de caer de cabeza en la trampa que sea que me está tendiendo.
—Claro, pero ¿a Rose le gustan tus tortitas?
Declan elige ese preciso momento para entrar en la cocina, sin camiseta y todavía mirando el móvil. —¿Qué coño significa eso?
—Significa que Beck necesita un hobby.
—Significa que Mason ha estado dando de comer a la hija del entrenador algo más que comida para llevar —dice Beck, encantado de haberse conocido mientras Declan finalmente levanta la cabeza.
Bajo el café lentamente. —Beck, por una vez, podrías simplemente… no hacerlo .
—Oh, vamos. Un hombre de cincuenta y cuatro años no te persigue por unas instalaciones de la NHL porque estabas ayudando a su hija a reorganizar su archivador.
La atención de Declan se centra ahora en mí, y sus tortitas parecen haber caído en el olvido. —¿Qué estabas haciendo exactamente cuando te pilló?
Ni de putísima coña. No voy a pasar por esto ahora.
—¿Ves lo que has hecho? —Señalo a Beck con la espátula—. Tienes treinta y ocho minutos para ponerte unos pantalones antes de que me vaya sin ti.
Beck se mira los bóxeres amarillos y luego a mí. —Y ahora cambias de tema… Táctica interesante, Romeo.
—No estoy cambiando de tema. Me niego a dar explicaciones sobre mi vida sexual durante el desayuno mientras vas vestido como un puto Minion.
A Declan se le atraganta el primer bocado de tortita.