1. Prólogo #2
—Te has apartado. —Lo señalo—. Otra vez. Y empieza a parecer un patrón.
—¿Un patrón …?
— Sí . Siempre paras. —Empiezo a enumerarlo con los dedos—.
El martes pasado, paraste porque Sawyer tosió a tres pasillos de distancia.
Antes de eso, se iluminó mi móvil con el nombre de papá y casi me lanzas contra el archivador.
A estas alturas, enrollarme contigo implica más falsas alarmas que los detectores de humo de la Bear Cave después de que Finn descubriera las palomitas de microondas.
—Rose…
Pero no he terminado.
—Cada vez que hacemos… sea lo que sea esto . Justo cuando las cosas empiezan a ponerse bien, tú simplemente…
Mason me agarra la mano a mitad del gesto y, antes de que pueda terminar la frase, me aplasta la palma contra la parte delantera de sus pantalones para que pueda sentir exactamente lo duro que está.
—¿Te parece que tengo algo mejor que hacer?
Me arrastra de vuelta a su regazo, soltando una risa profunda y endiabladamente satisfecha. Me acomodo sobre sus piernas y casi se me cruzan los ojos por el tamaño de lo que ahora mismo presiona entre mis piernas.
—¿Y bien? ¿Te lo parece?
Empieza a mover las caderas, frotando su larga polla contra mi centro.
—No exactamente. —Trago saliva, esforzándome por mantenerle la mirada cuando entre mis muslos se está produciendo un argumento alarmantemente persuasivo—. Pero los cuerpos humanos no son precisamente famosos por tomar decisiones sensatas.
—Yo tampoco cuando estás en mi regazo.
Su mano se desliza por mi cintura y luego, deliberadamente, ahueca la parte más blanda de mi vientre. Extiende los dedos sobre ella como si estuviera reclamando territorio, y cada fibra de mi ser quiere creer que habla en serio.
—¿Crees que esto es lo que me ha detenido?
Su mirada azul y acerada se clava en la mía mientras su pulgar recorre lentamente mi estómago.
—Bueno… —me encojo de hombros, aunque mi gesto no es ni de lejos tan despreocupado como me gustaría—. Has elegido justo el momento en que tenía la camisa abierta para dejar de besarme.
—Rosie —gruñe, casi ofendido.
Entonces, se inclina.
Vuelve a besarme, más arriba esta vez, donde mi cintura se curva hacia dentro. Luego desliza la boca por la piel expuesta bajo mi sujetador, rehaciendo lentamente el camino que había abandonado.
—Créeme, tu cuerpo no es el problema —murmura contra mi piel—. Llevo intentando no quedarme embobado mirando estas curvas desde el día que entraste en el pabellón con una cámara y le dijiste a Beck que su lado bueno era su nuca.
Se me escapa una risa de sorpresa. —Necesitaba oírlo.
El nudo que tengo en el pecho empieza a aflojarse.
¿Le gusta mi cuerpo?
La inseguridad intenta disiparse, pero algo peor ocupa su lugar.
Porque sé exactamente adónde va a parar esta conversación.
La hemos tenido tantas veces que ya debería tener actas oficiales. Debería haber una mesa de reuniones, puntos de acción asignados y Colin uniéndose por videoconferencia desde un carrito de golf.
Por desgracia, cada beso que hemos compartido en los últimos dos meses termina con la misma decepcionante resolución: la polla de Mason sigue dentro de sus pantalones y mi vibrador continúa soportando toda la carga de trabajo sexual de la casa Pearson.
Suspiro y lo miro a los ojos. —¿Te preocupa que el sexo lo complique todo?
—No. —Su pulgar me acaricia el labio inferior—. El sexo no es la parte complicada.
—Excelente. Me alegro de que lo hayamos aclarado.
—La parte complicada es que tu padre confía en mí.
Vuelvo a poner los ojos en blanco. —Mi padre también cree que necesito asistencia en carretera para cruzar la calle. Eso no significa que deba importarnos lo que piense.
Se inclina hacia delante hasta que su frente se apoya en la mía, sus manos siguen flexionándose en mis caderas como si estuvieran en total desacuerdo con cada pensamiento responsable que pasa por su cabeza.
—No podemos hacer esto, Rosie. Todavía no. —Cierra los ojos un instante—. Ya estamos forzando todos los límites que existen, pero una vez que cruce ese contigo, ya no podré fingir que esto es inofensivo.
Veo cómo su rostro cambia ante mis ojos.
Dice contigo . No el sexo en general. No un rollo de una noche del que dos adultos podrían reírse más tarde.
Conmigo.
—¿Qué te hace pensar que quiero algo inofensivo?
Los ojos de Mason se abren de nuevo. —Ese es el problema.
No da más detalles, pero lo entiendo de todos modos.
Lo siento cada vez que nos besamos o en la forma en que me sujeta las caderas.
Lo siento cada noche que se ha pasado por aquí y simplemente…
se ha sentado conmigo mientras yo trabajaba.
Es el mismo hombre que me ha estado trayendo comida, que se acuerda de mis fechas de entrega y que, de alguna manera, sabe cuándo necesito un batido de chocolate y naranja en lugar de uno de caramelo salado sin tener que preguntar.
Sé que Mason me desea.
Solo que no quiere traicionar a mi padre para tenerme.
Otro suspiro escapa de mi cuerpo.
Toda mi vida, mi padre ha tenido el voto decisivo sobre si merezco la pena. Ahora, el único hombre con el que de verdad me siento diferente sigue dejando que Jack Pearson nos vigile desde cinco kilómetros de distancia.
Entiendo la lealtad de Mason. De verdad. Puede que sea una de las cosas que más me gustan de él. Pero, solo por una vez, quiero que un hombre me desee con más fuerza de la que teme las complicaciones que me acompañan.
La cuestión es que no estoy pidiendo una relación. No le estoy pidiendo que entre en el despacho de mi padre y anuncie nada. No estoy pidiendo una camiseta con su número ni una llave de su casa ni una conversación sobre adónde va esto.
Solo le pido a él . Ahora mismo.
Eso es todo.
Quiero que me ponga sobre este escritorio, que tire las propuestas de patrocinio al suelo y que me folle. Preferiblemente mientras me azota el culo con la fuerza suficiente como para que aguantar sentada la reunión de personal de mañana sea un verdadero desafío laboral.
Mi padre no tiene por qué involucrarse en… lo que sea que es esto.
Nadie tiene por qué saberlo. Nadie tiene por qué salir herido.
Dos adultos que claramente no pueden quitarse las manos de encima deberían, simplemente, hacer algo al respecto.
¿No?
Respiro hondo, miro a Mason y dejo que todos mis pensamientos salgan a borbotones.
—¿Sabes cuánto tiempo llevo sin follar, Mason?
Los ojos de Mason se agrandan y se aclara la garganta. —No estoy seguro de querer responder a eso.
—Bueno, entonces digamos que a mi vibrador ya le toca la paga de antigüedad.
Sus manos se aprietan en mis caderas. —Tienes un vibrador.
No puedo evitar reírme, porque no es una pregunta. Es una acusación .
—La mayoría de las mujeres lo tienen, Mason. No es ningún escándalo. Confía en mí, con el tipo de hombres que quedan hoy en día para ligar, se considera básicamente un electrodoméstico obligatorio.
—Rosie. —Su pulgar presiona mi cadera—. Llevo dos meses desvelado por las noches intentando ser noble, lidiando yo solito con una dolorosa situación de cojones azules porque no paro de repetirme que no podemos llevar lo nuestro más lejos.
Y ahora me dices que, durante todo este tiempo, un cacharro a pilas ha estado…
—Se detiene para soltar el aire por la nariz—. ¿Cómo se llama?
Se me escapa una carcajada. —¿Qué?
—Tienen nombre. Mi hermana se dejó una de sus revistas para chicas en el baño una vez. Sé cosas de chicas que la mayoría de los hombres no saben.
—No pienso decirte su nombre.
—Así que tiene nombre.
—Mason, no te voy a decir…
—¿Es el nombre de una persona? Por favor, dime que no le has puesto el nombre de una persona. —Entrecierra los ojos con suspicacia—. Por favor, dime que no le has puesto el nombre de un jugador de hockey .