CAPÍTULO SÉPTIMO #7
A pesar del bullicio, el rincón elegido tenía un aire discreto.
Y tampoco tuvieron que esperar mucho tiempo.
De pronto, se plantó ante ellos un hombre de constitución recia y expresión severa, que les dedicó una mirada gélida.
Se trataba de Valerio, que estaba allí para evaluar las verdaderas intenciones de aquellos dos visitantes venidos de tan lejos.
—¿Vosotros dos sois los que estáis preguntando por el obispo?
—Sí —respondió Glaukias—. Hemos venido a Roma con un importante propósito.
—He oído decir que habéis viajado desde Dalmacia y traéis noticias sobre mártires.
—Sí, una muchedumbre de campesinos paganos asesinó a toda mi familia. Y también a otros cristianos del pueblo. —La voz de Glaukias se quebró ligeramente y algunas lágrimas se agolparon en sus ojos—. Lo traigo todo por escrito, pero solo le entregaré los pergaminos al obispo en persona.
El chico hablaba con sinceridad, a Valerio no le cupo duda alguna de ello.
—Hace semanas que la Iglesia carece de obispo, pero puedo llevarte ante uno de sus representantes de mayor autoridad.
Glaukias buscó a Segovesus con la mirada para conocer su parecer. Este se encogió de hombros y después asintió con la cabeza.
—De acuerdo.
—Él no puede venir —puntualizó Valerio señalando al escriba—. Tengo entendido que no es seguidor de Cristo.
—No, pero he acompañado a este joven porque creo en lo que tiene que decir —terció Segovesus—. Aunque no comparta vuestra fe, respeto vuestro dolor y vuestra causa.
Valerio lo miró con detenimiento antes de volver la vista a Glaukias.
—Lo entiendo. Pero insisto, solo tú podrás venir conmigo.
El chico no quería separarse de Segovesus. Por desgracia, estaba seguro de que aquel extraño individuo no cambiaría de opinión.
—Espérame en la posada —le pidió al escriba.
—¿Estás seguro?
—Para esto he venido aquí.
Valerio echó a caminar sin perder un segundo y Glaukias lo siguió tras despedirse de Segovesus.
Al cabo de un rato, el bullicio del foro y las grandes avenidas se transformaron en calles estrechas y menos transitadas, y los edificios de mármol y piedra dieron paso a construcciones mucho más modestas.
El fossor guardaba silencio y Glaukias evitó hacer preguntas.
Por fin, Valerio se detuvo frente a una casa privada de aspecto anodino. No había ningún signo que delatara la importancia del lugar, ni nada que atrajese las miradas curiosas.
—Ya hemos llegado.
Valerio tocó a la puerta, pero no de una forma cualquiera. Glaukias se dio cuenta de que empleaba una secuencia en particular. Sin duda, un código mediante el cual identificarse.
La puerta se entreabrió lo justo para permitirles pasar y volvió a cerrarse de inmediato.
Los recibió un diácono que los condujo hacia una sala interior, tenuemente iluminada por lámparas de aceite.
Al fondo, sentado a una sencilla mesa, se encontraba Cornelio, que repasaba varios documentos con gesto de concentración.
Valerio lo saludó y tomó la palabra.
—Este es el chico que dice venir de Dalmacia. Trae algo para usted.
Cornelio frunció el ceño. Hasta Roma habían llegado rumores acerca de una matanza de cristianos en aquella provincia. Sin embargo, las informaciones no eran claras y carecían de detalles concretos.
—¿Cómo te llamas, muchacho? —preguntó el presbítero.
—Glaukias.
—Bien, Glaukias. ¿Qué traes?
Con manos temblorosas pero decidido, Glaukias le tendió el pergamino enrollado que llevaba bajo la túnica. Cornelio lo tomó y comenzó a leerlo de inmediato. Una expresión de tristeza y gravedad se apoderó de su semblante ya desde los primeros compases.
—Es peor de lo que me había imaginado… —murmuró al final.
Tanto Valerio como el diácono lo miraron intrigados. Cornelio alzó la vista y les resumió el contenido del escrito.
—El documento detalla con precisión la matanza de numerosos cristianos en Marsonia. Cómo familias enteras fueron asesinadas por su fe, los nombres de los mártires y el terrible sufrimiento del que Glaukias fue testigo directo.
—Entonces, ¿los rumores son ciertos? —inquirió el diácono.
—Del todo. Tenemos que hacer copias del escrito de Glaukias y distribuirlas por las iglesias de todo el Imperio. Este infame episodio no puede olvidarse. Los nombres de estos mártires se leerán en los actos de culto y su memoria será preservada.
Cornelio se levantó, rodeó la mesa y se situó delante del chico.
—Lo que has hecho tiene un gran valor. La Iglesia te agradece tu valentía.
—Gracias, señor.
—Y dime, ¿cómo has llegado hasta Roma?
—He venido con Segovesus, un escriba retirado. No es cristiano, pero siempre se portó bien con mi familia. Él me enseñó a leer y escribir.
—Ya veo… ¿Y qué piensas hacer ahora? No creo que debas volver a Marsonia, no parece lo más conveniente para ti.
En realidad, Glaukias aún no se había parado a pensarlo… Pero Cornelio tenía razón. Lo último que deseaba era vivir en el lugar donde sus vecinos habían masacrado a su familia.
—No lo sé, señor.
—¿Qué te ha parecido Roma? ¿Te gustaría quedarte aquí para formar parte de su iglesia?
La comunidad cristiana se convertirá en tu nueva familia.
Aquí podrías ayudar mucho. La Iglesia necesita manos capaces, mentes jóvenes que puedan copiar escritos, llevar mensajes, aprender…
Hay un lugar para ti si decides quedarte con nosotros.
Aunque Glaukias se sintió inmediatamente atraído por la idea, optó por contestar con cautela.
—Antes debería hablar con Segovesus…
—Hazlo, nosotros te estaremos esperando.