CAPÍTULO SÉPTIMO #6
Glaukias se acurrucó entre las raíces de un árbol, al amparo de las sombras crepusculares que se cernían sobre el boscaje.
Aunque le incomodaba la espalda y el viento le azotaba la piel, le sobrevino igualmente el cansancio.
Poco a poco, sus párpados se cerraron y el mundo se fundió en la oscuridad.
No supo cuánto tiempo llevaba dormido, cuando el frío lo sacó de un sueño inquieto y ligero. Temblaba tanto que los dientes le castañeteaban. La noche era densa y gélida, y cada ruido del bosque lo hacía sobresaltarse. Un nudo de angustia se le había formado en el estómago. Estaba solo y asustado.
Entonces se acordó de Segovesus y por primera vez sintió una chispa de esperanza.
En el viejo escriba podía confiar, estaba seguro de que lo ayudaría sin dudarlo.
Decidido, aunque con un temor latente que también lo paralizaba, se levantó y se dirigió hacia el pueblo.
El camino le pareció interminable. Cada rama que crujía bajo sus pies lo hacía detenerse en seco, mirando alrededor como si alguien pudiese surgir de la nada.
El aire frío penetraba en sus huesos, pero el pavor le daba más escalofríos que el propio viento helado.
Cuando llegó a las inmediaciones del pueblo, la luna apenas iluminaba las calles de Marsonia.
Glaukias se movía con sigilo, tratando de mantenerse pegado a los soportales de las casas.
Aunque no se atisbaba un alma, sentía cientos de ojos clavados en él.
Cada vez que escuchaba el lejano ladrido de un perro o la sacudida de una puerta mal cerrada, su corazón daba un vuelco y aceleraba el ritmo de sus pasos…
Luego se controlaba; sabía que correr llamaría la atención, y lo último que quería era que le descubrieran.
Cuando llegó a la casa del escriba, llamó suavemente a la puerta para no hacer demasiado ruido.
No obtuvo respuesta, por lo que al poco insistió con más fuerza.
Por fin, transcurridos unos minutos que se le hicieron eternos, en los que no dejó de mirar a todos lados, la puerta se abrió con cautela.
Segovesus apareció bajo el umbral, sin poder ocultar una expresión de sorpresa y alivio tan pronto como reconoció a Glaukias en la oscuridad de la noche.
El viejo escriba estaba al corriente de la revuelta acontecida y se había temido lo peor.
—Pasa, vamos. No te quedes ahí.
En cuanto entró, Glaukias rompió a llorar desconsoladamente.
—He sido el único que… que ha sobrevivido —logró articular entre sollozos—. Mi familia… Ya no queda nadie.
Segovesus lo abrazó con fuerza, sintiendo el frío que envolvía al joven y el temblor que recorría todo su cuerpo. Inmediatamente, reavivó los rescoldos del hogar y colocó una silla frente al fuego.
—Siéntate, Glaukias.
A continuación, le echó una manta sobre los hombros y comenzó a preparar un caldo caliente.
Segovesus guardó un respetuoso silencio, consciente de que Glaukias no estaba en condiciones de hablar en ese momento.
Cuando se lo sirvió, el joven rodeó el cuenco humeante con las manos y sintió que la sopa le reconfortaba por dentro.
Mientras tanto, el anciano dispuso un lecho improvisado en una esquina de la estancia.
Tras beberse el caldo, Glaukias se echó en la cama sin que Segovesus tuviese que decirle nada. Se sentía exhausto y los ojos se le cerraban. Cayó rendido al sueño en apenas un instante.
Segovesus ocultó a Glaukias en su casa, aunque enseguida comprobó que no hacía falta guardar el secreto.
La locura transitoria que se había apoderado de parte de los habitantes de Marsonia no tardó en disiparse, tan pronto como se calmaron los ánimos y vieron satisfecha su venganza.
De los cristianos que se libraron de la masacre, la mayoría se marchó a toda prisa del pueblo.
Tan solo se quedaron un puñado de ellos, que siguieron viviendo con miedo, sobre todo después de saberse que las autoridades locales no tomarían medidas contra los exaltados que habían protagonizado el suceso.
Durante la primera semana, Glaukias apenas pronunció palabra.
Se pasaba la mayor parte del día en un rincón de la casa, con la mirada perdida en el infinito, sin hacer otra cosa que llorar debido al trágico evento.
Apenas comía porque no sentía hambre. Y ni siquiera le apetecía leer, pese a tener a su disposición la envidiable colección de manuscritos que poseía Segovesus.
Si el escriba le pedía que lo acompañase al mercado o, sencillamente, a dar un paseo, Glaukias se negaba. Pese a que el peligro había pasado, al chico le aterrorizaba salir a la calle. Y Segovesus tampoco insistía, consciente del trauma que aquel episodio le había supuesto.
Así hasta que, un día, Glaukias salió de repente de su estado depresivo, convencido de tener una misión que cumplir.
—Segovesus, creo que formo parte de los planes de Dios.
El viejo escriba lo miró con suspicacia, pero no lo contradijo.
—Me lo dijo mi hermano antes de morir. Y creo que tenía razón.
—¿A qué te refieres exactamente?
—Debo recoger por escrito lo que ha ocurrido aquí, en Marsonia: la matanza de cristianos inocentes. ¿Me ayudarás?
—Sí, pero…
—Debo reflejar los hechos acontecidos con la mayor precisión posible.
Contar cómo tuvieron lugar y por qué. Y, sobre todo, listar los nombres de los cristianos ajusticiados.
Te necesito. Tú posees toda la información.
Y, lo que ignores, puedes averiguarlo. Deberíamos recoger los testimonios de quienes presenciaron el suceso.
De pronto, Segovesus se sintió algo abrumado debido al repentino cambio de actitud protagonizado por Glaukias.
—Te ayudaré, por supuesto…
—Y, cuando lo tenga preparado, yo mismo le entregaré los pergaminos al obispo de Roma.
—¿Quieres viajar a Roma? No hace falta. Puedes enviar los pergaminos con un mensajero.
—No, esto es algo que tengo que hacer en persona. Debo asegurarme de que la Iglesia cristiana conozca los nombres de sus mártires. En eso consiste mi misión.
El viejo escriba frunció el ceño en señal de disconformidad.
—Solo tienes trece años. No puedes hacer un viaje tan largo por tu cuenta. ¿Acaso eres consciente de los peligros a los que te expondrías?
Glaukias se encogió de hombros.
—Dios me protegerá —repuso convencido.
Segovesus suspiró, dándose cuenta de que no lograría disuadirlo.
—Está bien —concedió—. Haremos el viaje juntos.
Glaukias esbozó una elocuente sonrisa y abrazó al anciano con el corazón lleno de gratitud.
***
Al cabo de un mes, emprendieron la travesía que los llevaría hasta la capital del Imperio.
Optaron por la vía marítima para acortar el trayecto y evitar los riesgos inherentes a un largo desplazamiento por tierra.
En el puerto, encontraron pasajes para un navío de carga que partía hacia la península itálica transportando ánforas de vino y aceite.
El agua chocaba con suavidad contra el casco del barco, que navegaba lentamente sobre un mar en calma y bajo un cielo caprichoso en constante cambio de tonalidades.
Los días a bordo transcurrieron sin incidentes.
En el plazo previsto, arribaron a la costa cercana a Brindisi, excelentemente conectada con la Vía Apia.
Glaukias y Segovesus se unieron a una caravana de mercaderes para gozar de su protección.
El bullicio del puerto fue rápidamente reemplazado por el monótono traqueteo de los carros y el murmullo de los viajeros.
Aunque los caminos pavimentados facilitaban el avance de la caravana, las largas jornadas se hacían sentir en los cuerpos de los viajeros.
El sol resultaba abrasador cuando se hallaba en su cenit.
Por las noches, la caravana se detenía en pequeños campamentos improvisados en los márgenes de la calzada. Los mercaderes encendían fogatas, compartían historias y cerraban toda suerte de negocios. Glaukias vigilaba sus pergaminos con mayor celo que las provisiones que portaba consigo.
Finalmente, tras varios días de marcha, las imponentes murallas de Roma asomaron en el horizonte .
Glaukias se detuvo un momento, observando el espectáculo con asombro y respeto.
La grandeza de la ciudad lo hizo sentirse insignificante pero, al mismo tiempo, más consciente de la importancia de su misión.
Segovesus y Glaukias se hospedaron aquella noche en una posada modesta y al día siguiente iniciaron la búsqueda del obispo.
Por desgracia, el edicto de Decio continuaba en vigor, lo que dificultaba enormemente la tarea.
Entre los seguidores de Cristo seguía cundiendo mucho miedo, sobre todo entre sus líderes, que solían permanecer escondidos o en constante movimiento para evitar el acoso de las autoridades.
Además, los ritos de culto se llevaban a cabo en la clandestinidad, bien en casas privadas, cuyas ubicaciones rara vez se compartían con extraños, bien en la oscuridad de las catacumbas.
Por todo ello, que dos desconocidos —uno de los cuales ni siquiera era cristiano, y el otro poco más que un niño— preguntasen por el obispo, suscitaba recelos más que fundados.
Pese al escaso éxito inicial, Glaukias no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente.
Al día siguiente, se desplazaron a un barrio tradicionalmente cristiano y retomaron las pesquisas.
Esta vez, al chico se le ocurrió una idea que podía marcar la diferencia: comenzó a usar el nombre de sus tíos —Ardala y Horacio—; tal vez hubiera algún cristiano que los conociera.
La estrategia dio resultado y finalmente lograron que los atendiese alguien con cierta influencia dentro de la Iglesia.
Glaukias y Segovesus fueron citados en el mercado de Trajano, uno de los lugares más grandes y concurridos de Roma.
Allí podían encontrarse todo tipo de productos, desde artículos de lujo hasta alimentos básicos.
Debían aguardar bajo el pórtico de las especias, donde el aire siempre estaba impregnado con el fuerte aroma a canela, pimienta y demás hierbas traídas de los rincones más distantes del planeta.