Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SÉPTIMO #5
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CAPÍTULO SÉPTIMO #5

Sin embargo, tan pronto como la vio aparecer en la arena, desnuda y desvalida, se arrepintió de inmediato.

A su alrededor, las imprecaciones y las carcajadas de los espectadores retumbaron en sus oídos como los truenos de una tormenta cercana.

Marcelo tuvo que apartar la vista, absolutamente horrorizado.

Livia seguía siendo una niña, ni siquiera se había desarrollado todavía y, para colmo, su cuerpo desnudo mostraba las cicatrices de las torturas a las que había sido sometida.

Con todo, la gente igualmente la insultaba, se reía y arrojaba objetos al coso.

Marcelo apretó los puños sobre sus rodillas y luchó por no gritar, por no levantarse y suplicar por la vida de su hija.

Marcelo aún no entendía cómo se había llegado hasta allí, cuando todo podría haberse evitado con un solo gesto, una simple formalidad que no encerraba mayor significado.

El dolor se mezclaba con una ira silenciosa, que crecía a medida que buscaba respuestas.

Toda la culpa la tenía esa maldita secta cristiana, que había llenado la cabeza de su hija de ideas radicales y absurdas, hasta el punto de convencerla de que morir así tenía algún tipo de sentido.

Él también se culpaba por haberlo permitido, y por no haber podido salvarla de aquel destino tan atroz como innecesario.

Marcelo, incapaz de resistir un minuto más, se levantó y encaminó sus pasos hacia la salida.

Lloraba con tanta intensidad, que le temblaban los hombros y sus lágrimas le nublaban la vista.

Cuando abandonó el anfiteatro, se juró no volver a pisar nunca más aquel horrible sitio.

Mientras tanto, Livia y los otros dos condenados, escoltados por los venatores , alcanzaron la tarima que se alzaba en mitad de la arena.

Era un estrado de madera cruda, elevado para que todos pudieran ver el momento culminante del sacrificio, en cuyo centro se alzaba un poste solitario.

Los venatores tomaron primero a Livia y la ataron al poste.

La mirada de la muchacha seguía serena, clavada en el cielo despejado, y la cabeza erguida.

El sudor perlaba su frente, pero su cuerpo no temblaba en absoluto.

Al joven y al anciano no los maniataron, los dejaron sueltos.

Y los venatores depositaron en el suelo sendas espadas cortas para que pudiesen defenderse.

Formaba parte del espectáculo, prometía un mayor entretenimiento.

Los gritos del público resonaban en todas direcciones, una mezcla de insultos, burla y morbo, esperando con impaciencia el momento en que las jaulas se abriesen y las fieras diesen cuenta de los cristianos.

Fabio también ocupaba uno de los asientos del anfiteatro.

Aunque como estoico desaprobaba los espectáculos de naturaleza violenta, se trataba de una ocasión especial.

Desde que condenaron a Livia, había seguido su proceso de cerca.

Sentía que, de alguna manera, su vida había quedado entrelazada a la de ella y, por eso, había querido estar presente durante sus últimos momentos.

El día anterior, Fabio había visitado a su hermano para comunicarle su fracaso.

No había encontrado la «lágrima de Cristo», y carecía de nuevas pistas para proseguir con la búsqueda.

Todo cuanto sabía era que su última propietaria había sido Marcia Agripina, la viuda cristiana a la que Messalina le había vendido el objeto.

Sin embargo, Marcia había muerto y su hija Claudia, tras visitarla, le aseguró que jamás había escuchado a su madre una sola palabra acerca de la reliquia.

Marco se había negado a aceptarlo, por lo que Fabio tuvo que quitarle de la cabeza cualquier atisbo de esperanza.

Si aguardaban un milagro divino, este no se produciría por mediación de la «lágrima de Cristo».

Al menos, su sobrina Lucila había experimentado una ligera mejoría en los últimos días, si bien los médicos no lo habían interpretado de forma positiva, sino todo lo contrario: un signo característico de la inminencia de su muerte.

Por otra parte, Fabio parecía haber encauzado uno de sus problemas más importantes e inmediatos: el de su futuro profesional.

Sus colegas estoicos, siempre bien conectados, le habían abierto la puerta para que pudiese orientar su carrera hacia el ámbito de la docencia.

Como maestro de retórica, formando a jóvenes de clase alta en el arte de la oratoria y la argumentación, ya tenía un puesto asegurado.

Y también contaba con ofertas para trabajar como tutor privado de varias familias nobles, enseñando a sus hijos en casa.

La mente de Fabio regresó al momento presente y centró en Livia toda su atención.

La joven aguardaba atada al poste con una calma sobrehumana, sus ojos fijos en el horizonte, como si ya hubiese trascendido a su propio dolor.

En la serena disposición de la muchacha ante su muerte, veía el eco de las enseñanzas estoicas que tanto apreciaba en su propia vida.

Livia no estaba huyendo de su destino, ni se lamentaba por el sufrimiento que se cernía sobre ella.

Al contrario, lo afrontaba con una paz incomprensible para la mayoría.

Fabio veía en ella una valentía admirable, no muy distinta a la que predicaban los grandes filósofos de su escuela.

El estruendo de la multitud creció cuando los venatores abrieron las puertas de las jaulas.

Los leones, enormes y majestuosos, avanzaron lentamente hacia la arena, sus músculos tensos y sus colmillos afilados.

Un murmullo de anticipación recorrió las gradas mientras los espectadores se inclinaban hacia adelante, ansiosos por presenciar el desenlace.

Los dos cristianos, el joven y el viejo, intercambiaron una mirada de resignación, evitando coger las armas que los venatores habían dejado en el suelo.

Los cristianos luchaban por su fe, no por salvar sus vidas.

El primero de los leones se abalanzó sobre el anciano.

No hubo gritos, solo un espasmo breve y el crujido seco de huesos al romperse bajo la fuerza descomunal de las mandíbulas de la bestia.

El anciano fue derribado sin apenas oponer resistencia; su frágil cuerpo constituía una presa fácil.

Un segundo león atacó al joven, arrojándose con furia, y aunque el muchacho intentó mantenerse firme, fue rápidamente superado.

Livia, atada al poste en el centro de la tarima, mantenía los ojos cerrados.

Podía escuchar los vítores del público, pero su mente estaba en otro lugar.

Pese a que la sangre de sus hermanos en la fe teñía la arena a su alrededor, ella permanecía inmóvil, como una estatua en medio del caos.

También se dio cuenta de que la cuerda que la maniataba, entre el sudor que empapaba su piel y los movimientos involuntarios, comenzaba a ceder.

Los leones, una vez que acabaron con los cuerpos del anciano y el joven, empezaron a deambular alrededor de la muchacha.

Daban vueltas y olfateaban el aire, sin atacarla.

Quizás ya estuviesen saciados, quizás simplemente la ignoraban…

La multitud comenzaba a inquietarse ante la falta de acción.

Los venatores los azuzaron sin el menor resultado.

Los leones se limitaban a pasear cerca de Livia, como si la muchacha no representara amenaza alguna, como si, de algún modo, su presencia les fuese indiferente.

Las cuerdas finalmente cedieron lo suficiente para que Livia pudiese liberar sus manos.

Se soltó y, en lugar de huir, se arrodilló en el centro de la tarima y comenzó a rezar con los ojos alzados al cielo.

Sus labios murmuraban palabras inaudibles para los demás, pero su rostro irradiaba una paz conmovedora que provocó un efecto inquietante entre la multitud.

Algunos espectadores, que hasta entonces habían vitoreado con entusiasmo, se quedaron en silencio, impresionados por la templanza de la muchacha.

Aquella escena no era lo que esperaban. No había desesperación, no había lucha.

Solo una fe inquebrantable. Como si los gritos de la multitud, las fieras y la violencia de la arena no pudieran tocarla.

Su calma era palpable, y la imagen de una joven arrodillada en oración en medio de la muerte y la destrucción, con los leones a su alrededor, se grabaría para siempre en la retina de muchos de los presentes.

Finalmente, tras recibir la autorización correspondiente, uno de los venatores , armado con un gladio corto, avanzó lentamente hacia la muchacha, que continuaba arrodillada con la cabeza inclinada en oración.

Livia no alzó la vista; no mostró temor, ni rencor.

La daga del venator brilló un instante bajo la luz del sol, antes de que su filo se deslizase por la garganta con un corte rápido y certero.

Un último aliento escapó de sus labios mientras su cuerpo se desplomaba lentamente sobre la arena.

Durante algunos instantes, la multitud guardó un silencio sepulcral. La sangre de los mártires constituía la semilla de los nuevos cristianos.

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Marsonia (provincia romana de Dalmacia)

El ocaso sorprendió a Glaukias lamentando aún la muerte de Dardanus, el último miembro de su familia en perder la vida a manos de la iracunda horda de campesinos.

El chico reaccionó al fin y se deslizó al interior del bosque más cercano, pues carecía incluso de un techo bajo el que cobijarse después de que su casa hubiese sido pasto de las llamas.

Estaba muerto de miedo y, teniendo en cuenta el horror que había vivido solo unas horas antes, sus pensamientos giraban como un torbellino descontrolado.

Tanto sus padres, Batarius y Epulonia, como sus hermanos, Dardanus y Daesina, habían sido asesinados.

Y lo mismo había pasado con sus tíos, Horacio y Ardala, y con su prima Verina.

Una multitud enloquecida había acabado de repente con todo lo que conocía.

Y todo por ser seguidores de Cristo.