CAPÍTULO SÉPTIMO #4
El anfiteatro, imponente bajo el sol del mediodía, vibraba con la multitud expectante que llenaba sus gradas.
Los rugidos de los leones, apenas audibles desde las jaulas subterráneas, llegaban como ecos lejanos, añadiendo una nota de tensión al aire cálido y polvoriento.
El bullicio de los espectadores se mezclaba con los gritos de los vendedores ambulantes, creando un fragor incesante que crecía a medida que se acercaba la hora del siguiente espectáculo.
Un espectáculo que, además de perseguir la distracción del público, servía para reafirmar el carisma y la autoridad del emperador.
Las gradas superiores estaban abarrotadas de ciudadanos comunes, mientras que, en los asientos más cercanos a la arena, patricios y senadores, vestidos con sus togas ceremoniales, disfrutaban cómodamente del discurrir de los juegos.
Sobre la arena, los esclavos preparaban el escenario.
Limpiaban el suelo de la sangre derramada por los gladiadores, revisaban las trampillas por donde surgirían las fieras y montaban una tarima para las inminentes ejecuciones.
Un fuerte olor a sudor, cuero y vino flotaba en el ambiente.
Livia aguardaba ser ajusticiada en una celda subterránea, una fría y húmeda estancia ubicada bajo el anfiteatro, apenas iluminada por la llama temblorosa de una antorcha anclada en la pared. La muchacha oraba en voz baja con los ojos cerrados.
De repente, la puerta de la celda se abrió con un chirrido metálico, permitiendo la entrada a Félix y Lucrecia, cuyos rostros reflejaban el dolor y la impotencia de lo inevitable.
Los guardias, con expresión pétrea, los dejaron a solas para que se despidiesen de la muchacha.
Livia los recibió con una sonrisa serena, como si todo cuanto la rodeaba, la penumbra de la celda y el rugido distante de los leones, no tuviera poder sobre ella.
—Mamá… Félix… Me alegro mucho de veros —susurró, con suavidad. Y después, al darse cuenta de que nadie más venía con ellos, añadió—: ¿Y papá?
Lucrecia negó con la cabeza.
—Entiendo —repuso Livia, desviando la vista hacia el suelo de piedra—. Sabía que supondría demasiado para él.
—Tu padre no lo acepta. No comprende nuestra fe… y, aunque te ama, no puede soportar la idea de perderte de esta manera. Por eso ha preferido alejarse.
Livia respiró profundamente y alzó los ojos para mirarlos. No había resentimiento en su mirada, solo una profunda compasión.
—Papá no me entiende, pero está bien. Sé que me ama a su manera. Y yo… yo estoy en paz.
Félix guardaba silencio, impresionado por el coraje que mostraba su hermana. En su caso, él se habría sentido muerto de miedo. Livia, dándose cuenta de cómo la miraba, dijo:
—Soy fuerte porque mi fe me sostiene. No tengáis miedo por mí.
No sufráis más. La verdadera vida me espera al lado de Cristo, donde ya no habrá temor ni sufrimiento.
Estoy serena porque sé que mi destino está en sus manos.
Los leones, la arena… no son nada comparado con la gloria que me espera en el reino de los cielos.
Lucrecia se acercó más a Livia y tomó sus manos entre las suyas.
—Hija, quiero que sepas algo antes de que llegue el momento —dijo, su voz apenas un susurro—.
La Iglesia no te olvidará. Ya he hablado con los presbíteros.
Ellos se ocuparán de darte una sepultura digna de un mártir.
Serás recordada por tu fe, por tu valentía.
La comunidad reconocerá tu sacrificio y te honrará como a una de las suyas. No estarás sola en tu partida.
Livia apretó suavemente las manos de su madre y esbozó una dulce sonrisa, cargada de gratitud y convicción.
—Me llena de alegría saberlo, madre. Pero no temas por mi cuerpo, ni por lo que sucederá en este mundo. Lo importante es que mi alma encontrará la paz eterna junto al Altísimo. Lo que me espera es mucho más grande que cualquier reconocimiento terrenal.
—Lo sé, hija mía —respondió Lucrecia con la voz quebrada por la emoción—. Sin embargo, para nosotros, los que quedamos aquí, es un consuelo saber que serás honrada como mereces. Que tu sacrificio no será en vano, y que tu ejemplo será una luz para otros.
En ese momento, Félix no pudo soportarlo más y cayó de rodillas a los pies de su hermana, con los ojos llenos de lágrimas. Lucrecia se unió al llanto y abrazó a su hija con una ternura desgarradora.
Instantes después, el guardia los interrumpió para avisarles de que el tiempo se les agotaba. Por eso, antes de que fuese demasiado tarde, Livia aprovechó para hacer algo que previamente había pensado. Se desprendió de la modesta pulsera que llevaba y se la tendió a su madre con delicadeza.
—Te la regaló el leproso… —objetó Lucrecia al reconocer el objeto.
—Conservadla, por favor. Para mí simboliza el amor al prójimo que Cristo nos enseñó.
Félix observó el pequeño objeto en manos de su madre, una simple pulsera que, sin embargo, cargaba con el peso de la compasión y el sacrificio de su hermana. El valor de Livia no solo residía en su resistencia frente a los jueces y los verdugos, sino en su entrega absoluta a los más necesitados.
Aquella trágica situación ponía de manifiesto una gran paradoja, consecuencia de ciertas leyes arbitrarias.
Livia, una sencilla muchacha que planeaba dedicar su vida a cuidar a los enfermos, a los marginados, a aquellos a quienes el Imperio olvidaba, ahora era condenada precisamente por esa fe que la movía a servir a los demás.
El mismo Imperio que ensalzaba la virtud de la piedad, ahora la ajusticiaba por vivirla de una forma que desafiaba sus costumbres tradicionales.
El contraste era desgarrador: una joven de espíritu compasivo, cuya mayor falta había consistido en amar demasiado, ahora iba a ser sacrificada como si su bondad constituyese una amenaza.
—Recemos juntos —sugirió entonces Livia, mientras entrelazaba sus manos con las de su madre y su hermano.
Los tres se arrodillaron sobre el frío suelo de la celda e inclinaron sus cabezas en oración.
Sus voces, murmuradas con devoción, se fundieron en el silencio de la estancia, resonando suavemente contra las paredes de piedra.
Lucrecia y Félix, pese al dolor que los oprimía, no pudieron evitar sentir una extraña sensación de consuelo ante la serenidad que Livia mostraba.
La muchacha, en medio de su oscuro destino, brillaba con una luz incomprensible para ellos pero que, de algún modo, les llenaba de fuerza.
Tan solo unos minutos después, el guardia entró haciendo aspavientos y escoltó sin miramientos a Lucrecia y a Félix fuera de la celda. La hora de la ejecución se hallaba muy cerca.
Acto seguido, apareció un hombre de aspecto sucio, ataviado con una túnica corta de cuero y un ancho cinturón.
Era uno de los venatores , los encargados de velar por el buen fin de las ejecuciones, cuyo cometido principal consistía en azuzar a las fieras cuando estas no mostraban excesivo interés en acabar con los condenados.
El individuo traía consigo unos ropajes doblados y una corona de laureles.
—¡Póntelo! —ordenó tendiéndole el vestido.
Livia lo examinó y se dio cuenta de que se trataba de un disfraz de sacerdotisa de Ceres. En ocasiones, además del sufrimiento físico, se añadía a la ejecución pública de los cristianos un elemento de burla y humillación.
—No —replicó la muchacha con firmeza.
—¡Que te lo pongas! Apenas nos queda tiempo.
—Es mi cuerpo lo que voy a entregar, no mi honor.
El venator se hartó de la insolencia de la muchacha y, empleando una violencia inusitada, le arrancó la sencilla túnica que llevaba puesta. Instintivamente, Livia utilizó los brazos para cubrir su desnudez.
—O te pones eso o sales afuera desnuda. Tú eliges.
Livia ignoró el disfraz de sacerdotisa pagana y, sin pronunciar palabra, le sostuvo la mirada al venator .
—Está bien, tú lo has querido. —Tras lo cual, la agarró por la muñeca y la arrastró fuera de la celda.
El clamor del público estalló en el anfiteatro en cuanto los reos aparecieron en la arena.
Junto a Livia iban otros dos hermanos en la fe: un joven robusto y un anciano muy delgado, que también se habían negado a venerar a los dioses romanos.
Los tres fueron recibidos al grito de: «¡A los leones!
», consigna que se extendió por el graderío con la fuerza de un maremoto.
Durante la República, la pena del circo se infligía a los prisioneros de guerra, a los desertores y a los esclavos condenados por sus amos.
Durante el Imperio, se imponía a los culpables de ciertos delitos graves; de ahí que también abarcase a los cristianos.
La muerte en la arena era cuidadosamente planificada y tenía un propósito claro: reforzar los ideales del Estado y fortalecer la cohesión cívica y religiosa.
Este tipo de ejecuciones se llevaban a cabo en fechas concretas, coincidiendo con celebraciones sagradas.
Morir devorado por las fieras no solo tenía un carácter cruel y aterrador, sino que también implicaba una profunda degradación social, cívica y religiosa para la víctima.
No había cristianos en las gradas porque estos consideraban los entretenimientos paganos un insulto a la moralidad y una fuente de perversión. Y más aún cuando se ensañaban con sus propios hermanos.
En cambio, quien sí se hallaba presente era Marcelo.
El carpintero, que había encanecido de golpe en tan solo unos días, había dudado hasta el último minuto si asistir o no la ejecución de su hija.
Sabía que no podría soportarlo, pero finalmente algo en su interior lo había empujado a ir, quizá con la esperanza de que, al final, todo fuese una pesadilla de la que por fin podría despertar.