Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SÉPTIMO #3
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CAPÍTULO SÉPTIMO #3

Los convictos de las minas sufrían toda suerte de vejaciones físicas.

Se les afeitaba la cabeza, se les marcaba con un hierro candente y se les sujetaba los pies con cadenas para que no pudiesen huir.

A lo cual se le sumaban las maratonianas jornadas de trabajo, que debían llevar a cabo en condiciones lamentables.

—¿Sabemos los nombres de los clientes que hicieron uso de sus servicios?

Plocio asintió con la cabeza.

—Figuras muy destacadas de nuestra sociedad. Te sorprendería saber los nombres de algunos de ellos.

—¿Y a qué sanciones se enfrentan?

—Dado el estatus que ostentan, vamos a darles la oportunidad de rectificar y sacrificar ante nuestros dioses. Solo quienes se nieguen y persistan en sus ideas se enfrentarán a las consecuencias.

Plocio señaló con discreción a uno de los invitados, de intensos ojos azules y porte aristocrático.

—¿Casiano? ¿En serio? —comentó el consejero—. Había oído rumores de que se había interesado en el cristianismo, pero esto…

—Aún no sabe nada, muy pronto se llevará una gran sorpresa. Y, desde luego, ya puede ir despidiéndose de progresar en su carrera política. El emperador jamás lo designará para gobernar ni en la provincia más pequeña.

En ese momento, Plocio observó que una joven hacía su entrada en la fiesta. Se trataba de su sobrina Aurelia, de dieciocho años, a la que esa noche presentaría por primera vez en sociedad. Rápidamente acudió a recibirla y, tras asirla por el brazo, la guio hasta el lugar donde se hallaba Macriano.

Aurelia destacaba por su elegancia discreta y su porte decidido.

Su cabello corto, poco habitual entre las jóvenes de la alta sociedad, caía delicadamente sobre su cuello, enmarcando un rostro de rasgos finos y piel pálida como el pétalo de un lirio.

Vestía una túnica de lino blanco, ceñida con un cinturón adornado con delicados bordados de oro, y llevaba una sencilla joya de plata en el cuello, reflejando el buen gusto sin ostentación que su tío había inculcado en ella.

Plocio se la presentó al veterano consejero, que realizó una leve inclinación de cabeza en señal de respeto. Macriano estaba al corriente de que, algunos años atrás, Plocio había asumido la tutela de Aurelia, después de que la muchacha hubiese perdido a sus padres en una epidemia.

—Es un placer conocerte, Aurelia. Había escuchado hablar de ti, pero me sorprende verte aquí. Pensaba que te mantenías alejada de los círculos sociales.

—El placer es mío, Macriano —repuso la joven exhibiendo una cordial sonrisa.

—Aurelia se ha estado preparando para gestionar una casa: la supervisión de los esclavos, la administración del hogar, y, por supuesto, a coser como es debido. También me he ocupado de que sepa leer y escribir.

—Una preparación necesaria, sin duda —comentó el consejero—. Espero que, entre las tareas del hogar, también se permita disfrutar de lo que Roma ofrece a sus ciudadanos.

—Sí, estamos de acuerdo en que ya le ha llegado la hora.

Mientras la charla se desarrollaba de manera distendida, Macriano miró a Plocio con una sonrisa astuta.

—Dime, ahora que Aurelia ha sido presentada en sociedad… ¿estás buscando un candidato adecuado para casarla? —preguntó en un tono que denotaba curiosidad, pero también con la picardía de quien entiende las dinámicas políticas y familiares.

El prefecto del pretorio soltó una leve risa, tomando un sorbo de vino antes de responder.

—No creas que no lo he pensado, Macriano —respondió—. Sin embargo, quiero asegurarme de elegir al hombre adecuado, no solo por su posición, sino también por su carácter. No tengo prisa… y, además, Aurelia tiene sus propias ideas sobre con quién desea compartir su vida.

Aurelia, algo sorprendida por el giro de la conversación, sonrió con amabilidad pero permaneció en silencio, permitiendo que su tío respondiese por ella.

—Sabia decisión, como era de esperar de ti —comentó el consejero mirando a Aurelia—. Estoy seguro de que, cuando llegue el momento, aparecerá el candidato adecuado.

Poco después, un influyente senador reclamó la atención de Macriano, que se perdió entre los invitados de la fiesta. Entonces, cuando Plocio y su sobrina se quedaron a solas, él dijo:

—A la sombra, entre velos y tinieblas, el ojo siempre observa…

—… mientras la luz oculta más de lo que revela —repuso ella.

Tío y sobrina intercambiaron una mirada cargada de complicidad.

—Si Macriano no ha sospechado nada, nadie lo hará.

—Jamás he zurcido una prenda —rio Aurelia.

—Ni falta que te hace. Llevo preparándote durante años para una tarea mucho más importante. Y en muy poco tiempo, has demostrado que puedes llegar a convertirte en uno de mis mejores agentes —afirmó Plocio con orgullo—. Lo de ser espía debes llevarlo en la sangre, hablo muy en serio.

En efecto, bajo la identidad secreta de Corvus se hallaba Aurelia, la sobrina del prefecto del pretorio.

Aurelia gozaba de muchas ventajas para realizar su trabajo sin despertar recelos.

A su pertenencia a la sociedad civil se le unía su envidiable juventud.

Pero, sin duda, su mejor baza para no levantar sospechas era su condición de mujer…

—¿Cómo te ganaste la confianza de la cúpula cristiana en tan poco tiempo? —inquirió Plocio—. Aún no me lo explico.

—No he querido decírtelo antes, pero incluso llegué a pasar un tiempo en prisión. Los cristianos me conocían por el nombre de Virginia.

—¡¿Cómo?! Corriste un riesgo muy alto. Los carceleros podrían haberte flagelado, nadie sabía quién eras en realidad.

—El éxito de la misión requería de ciertos sacrificios.

Y, puedes estar seguro de que las penurias que sufrí en la cárcel fueron muy reales.

Ahora tengo pesadillas. Mi estancia allí, sin embargo, dio sus buenos frutos.

Allí coincidí con el obispo Fabián, el líder de los cristianos, al que hoy en día consideran un mártir.

Y yo estuve con él en sus últimos momentos.

Desde entonces, nadie se atrevió a dudar de mi compromiso con la Iglesia y pude moverme con total libertad entre sus máximos representantes.

El aroma de los manjares exóticos y especiados se mezclaba con el perfume de las invitadas, creando una atmósfera embriagadora. La propia Aurelia usaba una fragancia de rosas con unas notas de almizcle.

—Por cierto, en la cárcel conocí a una muchacha aún más joven que yo —terció Aurelia—. Se llama Livia y, por lo que supe después, ha sido condenada a muerte.

—Cierto, asistí a su juicio y fui testigo directo de su fanatismo. Se le dieron muchas oportunidades y ni siquiera la tortura sirvió para hacerla entrar en razón. Como si lo único que deseara de verdad fuese morir por su dios.

—¿Y no tendrías algún modo de salvarla?

Plocio miró a su sobrina con extrañeza.

—¿Y se puede saber qué puede importarte a ti el destino de esa muchacha?

—Nada, sin embargo… durante aquellos días supuso un gran apoyo para mí.

—Es una enemiga del Estado. ¿Acaso lo has olvidado?

—Lo sé, pero también se convirtió en mi amiga —arguyó Aurelia—. Me consta, incluso, que su padre sobornó a los carceleros para que nadie nos hiciese daño.

—¿Cuántas veces te he advertido del peligro de establecer algún tipo de lazo afectivo con nadie que forme parte de una investigación?

Aurelia elevó los párpados y puso los ojos en blanco.

—¿De verdad me crees tan tonta? Solo preguntaba, tampoco tiene mayor importancia.

—Pues para que lo sepas, Livia será mañana arrojada a las fieras en el anfiteatro. Su destino ya está sellado y nadie podrá evitarlo.

En su fuero interno, Aurelia lamentó el desgraciado destino de Livia. No obstante, se cuidó de no expresarlo en voz alta para que su tío no la acusase de sentir debilidad y, en su lugar, cambió radicalmente de tema.

—Y ahora que mi labor con los cristianos ha terminado, ¿has pensado en una nueva misión para mí?

—Por ahora, disfruta de tu descanso. Te lo has merecido.

—Sí, pero… ¿tienes ya alguna idea en mente? Vamos, adelántame algo, por favor… —La joven rodeó el brazo de Plocio y le dedicó una mirada de complicidad.

Una sonrisa asomó a los labios del prefecto del pretorio.

—Sin entrar en detalles… puedo decirte que esta vez no te hará falta ocultarte bajo otra identidad.

A partir de ahora, voy a necesitar que comiences a hacer vida social.

Tu nuevo hábitat serán los círculos de poder: acudirás a fiestas y actos públicos y te integrarás en la alta sociedad.

El parentesco que te une a mí te abrirá todas las puertas.

—Mmmm, no suena mal… —comentó Aurelia con entusiasmo contenido—. ¿Significa eso que podré frecuentar el teatro o acudir a las mejores tabernas de la ciudad?

—Todo eso y mucho más, pero sin perder de vista tus objetivos.

Te proporcionaré algunos nombres a los que tendrás que vigilar muy de cerca…

En Roma siempre se está pergeñando una conspiración, de eso puedes estar segura.

Y tu trabajo consistirá en descubrirlas.

La finalidad última será siempre proteger la figura del emperador.

—Ya veo.

—Y no te confíes, que este mundo también entraña sus peligros. —Plocio entornó los ojos y bajó ligeramente el tono de voz—: Para esta misión, además, no bastará con tu agudeza o tu capacidad de observación, también tendrás que hacer uso de todos tus recursos, incluyendo tus… encantos femeninos.

Aurelia arqueó una ceja, sorprendida por la franqueza de su tío. El comentario, en todo caso, le pareció divertido.

—¿Mis encantos? —repitió con una leve sonrisa irónica—. ¿Estás sugiriendo que coquetee para obtener información?

—Vamos, no me tomes el pelo.

—No te preocupes. Sé que esta misión requiere de sutileza… Y no me subestimes, tío. Sé muy bien cómo hacer hablar a los hombres.

Plocio extendió un brazo en dirección a los invitados que atestaban la sala.

—Bueno, ya hablaremos de todo eso. Ha llegado la hora de introducirte en sociedad. Vamos, acompáñame. Hay mucha gente a la que tienes que conocer.

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