Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SÉPTIMO #2
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CAPÍTULO SÉPTIMO #2

Tras su ausencia del día anterior, Elio se había incorporado de nuevo al trabajo.

Al enterarse de lo ocurrido, se había mostrado sorprendido y parecía tan afectado como el resto de sus compañeros.

Valerio, sin embargo, no podía evitar mirarlo con recelo.

Había tomado una decisión y estaba dispuesto a llevarla hasta las últimas consecuencias.

A mediodía, los fossores hicieron un alto y ascendieron a la superficie para comer. Valerio aprovechó la ocasión y le pidió a Elio que se quedase un momento.

—Quiero enseñarte algo —dijo.

El veterano fossor condujo al muchacho hasta una galería cuya excavación se había abandonado.

Durante los trabajos se habían topado con una fisura natural, una cavidad en el suelo de gran profundidad, poco común, pero no del todo infrecuente.

La galería en cuestión se acabaría sellando debido al peligro que representaba, pero de momento aún se podía acceder a ella.

—¿Qué estamos haciendo aquí? —preguntó Elio, extrañado.

De repente, Valerio agarró al muchacho por la pechera de la túnica y lo sostuvo al borde del pozo negro, que se abría en el suelo como las fauces de un cetáceo.

Elio balanceó los brazos para no perder el equilibrio, pero enseguida se dio cuenta de que se hallaba por completo a merced de Valerio.

Si este lo soltaba, caería sin remedio al fondo del agujero.

—¡¿Qué… qué estás haciendo?!

—Hasta aquí llegó tu farsa, Elio. Durante mucho tiempo has conseguido engañarnos, pero al final te he descubierto. ¡Eres un maldito espía y vas a pagar por ello!

—¡¿Cómo?! ¡No, no, no! ¡Lo juro por lo más sagrado!

—Apareciste muy oportunamente, poco antes de que se iniciase la persecución contra los cristianos. Para inspirar compasión, te inventaste aquella historia de que malvivías en las calles, y buscaste al obispo Fabián para que te ayudase.

—Pero ¡es la verdad!

—He estado preguntando por ahí y nadie te conoce.

—¡Eso no quiere decir nada! ¡El barrio de Subura es muy grande!

Elio estaba aterrado. La mirada del fossor parecía consumida por una furia incontenible.

—Los soldados conocían la ubicación de las catacumbas e incluso disponían de un mapa mediante el que orientarse. Y no solo eso, también sabían el día y la hora exacta en la que se reunirían los presbíteros. Muy pocas personas conocían aquella información, y justamente tú eras una de ellas.

—¡Yo no he hablado con nadie! ¡Y menos aún sé nada de espías!

—Y, por si fuera poco, no estuviste presente cuando se produjo el asalto. Te quedaste en casa alegando estar enfermo.

—¡Y lo estaba! ¡Tenía fiebre! Fue una coincidencia que la redada se produjese ese día.

—Yo no creo en las casualidades —repuso fríamente Valerio.

Elio miró de reojo y atisbó el abismo que se abría a su espalda. Tragó saliva e intentó tranquilizarse. Para salvarse, tendría que intentar mantener la mente clara.

—Si se supone que ayer no vine porque soy un espía, ¿qué sentido tiene entonces que esté hoy aquí? —arguyó—. Mi trabajo ya se habría completado, y lo lógico sería que hubiese desaparecido.

Aquel argumento sembró ciertas dudas en Valerio. No obstante, enseguida se le ocurrió una réplica adecuada.

—Si hubieses hecho tal cosa, se habría confirmado que tú eras el espía. Mejor seguir interpretando el papel durante una o dos semanas más, antes de desaparecer de forma definitiva. De ese modo, no estaría tan claro.

—Hablemos del tema con calma, pero no así —suplicó Elio, cuya vida, literalmente, colgaba de un hilo.

—No hay mucho de lo que hablar. Lo que has hecho es imperdonable.

Te aprovechaste de la generosidad del obispo Fabián para introducirte en la Iglesia.

Y después te ganaste poco a poco mi confianza.

Te acogí incluso en mi casa… —Valerio no solo estaba enfadado, sino que también se sentía profundamente dolido por la traición del muchacho—.

Me importabas de verdad. Desde que perdí a mi familia, nadie me había importado tanto…

—Y yo te veo como a un padre, Valerio.

—¿Ah, sí?

—Lo digo en serio. De verdad. No puedo estar más agradecido por todo lo que has hecho por mí. Siempre lo he estado. ¿Acaso no me he esforzado desde que llegué por aprender el oficio y convertirme en un buen cristiano?

—Lo único que has hecho es fingir, pretender profesar una fe que en realidad jamás te ha interesado. Lo cual lo hace todo aún peor.

—Al principio no sabía nada de Cristo y su mensaje, pero ahora es distinto. Pronto me bautizaré. Estoy comprometido con la Iglesia. ¡¿O es que te has olvidado de que te ayudé a recuperar el cuerpo del obispo!?

—Sí, lograste engañarme durante un tiempo, pero ahora veo tus mentiras con total claridad.

Valerio sacudió al muchacho en el aire, en cuyas enormes manos parecía tan solo un muñeco. Incapaz de contener los esfínteres, Elio sintió que la orina le empapaba la entrepierna.

—¡Yo no he hecho nada! —lloriqueó, mientras continuaba balanceándose al borde del abismo.

—Eso díselo a todos los cristianos a los que has traicionado.

Elio trató de recomponerse y buscó nuevos argumentos para salvarse.

—No puedes matarme, Valerio. No hay un pecado más horrible que ese. Y tú eres un buen cristiano.

Pero sí que podía. Y Elio lo sabía mejor que nadie, tras haber presenciado cómo le arrebataba la vida al soldado del anfiteatro. Peor aún, en aquel instante, la mirada del fossor refulgía con la misma furia desatada.

—¡Cállate!

—Si me matas a sangre fría, no podrás entrar en el reino de los cielos y reencontrarte con tu familia.

Valerio dejó escapar una especie de gruñido, como si fuese un perro infectado por la rabia. Aun así, el argumento de Elio le hizo reflexionar.

—Si admites que eres un espía, dejaré que te marches. Yo ya sé que lo eres, pero quiero escucharlo de tus labios.

—Pero ¡no lo soy…!

Valerio soltó al muchacho por un instante y, acto seguido, volvió a sujetarlo. Por un momento, Elio estuvo seguro de caer al abismo.

—Está bien, está bien… Lo admito. Soy un espía al servicio del Estado —dijo Elio de forma atropellada—. Ahora, déjame ir. Cumple tu palabra.

—Lo sabía… Me dan náuseas solo de mirarte.

—Ahora tienes que perdonarme —arguyó Elio, que aún no las tenía todas consigo—. El perdón constituye una de los pilares fundamentales de la fe cristiana. Lo proclamaba Jesús.

Valerio se tomó un largo minuto antes de contestar.

—Tienes razón, pero Jesús era el Hijo de Dios, y yo tan solo un ser humano.

Y, dicho esto, soltó al muchacho sin pensarlo, que trató de agarrarse inútilmente a los brazos del fossor .

—¡Nooooooo!

Elio profirió un grito aterrador, mientras caía al vacío y era engullido por aquel agujero negro abierto en las profundidades del subsuelo.

26

Plocio Varo acudió a una de las habituales fiestas que se celebraban en el Palacio Imperial, más animado que de costumbre.

El ambiente constituía una mezcla de esplendor y ostentación.

La sala estaba ricamente decorada con mármoles finos y techos altos engalanados con frescos.

En el centro, una fuente ornamental burbujeaba con gracia.

Una suave melodía producida por liras y flautas se fusionaba con el murmullo de las conversaciones.

Los músicos estaban situados en un rincón, mientras que los esclavos se movían con su acostumbrado sigilo, sirviendo vino en copas de plata y portando bandejas rebosantes de frutas exóticas, quesos, aceitunas y carnes especiadas.

Los invitados, principalmente senadores, magistrados, nobles y personajes influyentes, vestían togas elegantes, mientras que las mujeres lucían intrincados peinados y costosísimas joyas.

En el bullicio de la fiesta, Plocio Varo divisó a Macriano, que observaba la escena con calma desde un lugar apartado.

El arrugado rostro del viejo consejero reflejaba cierto tedio, sin que por ello se perdiese detalle de cuanto sucedía a su alrededor.

El prefecto del pretorio se acercó y le dio una ligera palmada en el hombro.

—Macriano, qué sorpresa verte aquí. Pensaba que solo respirabas el aire enrarecido de los pergaminos en la biblioteca —bromeó.

—Incluso los libros necesitan un descanso de vez en cuando. Y yo también —respondió con un leve gesto de complicidad—. Aunque, debo admitir que, en este ambiente de vino y rumores, uno podría aprender tanto como en cualquier manuscrito.

Plocio soltó una pequeña carcajada.

—Ah, siempre tan sagaz. Pero ten cuidado, aquí también hay serpientes deslizándose entre las columnas.

—Las serpientes no me preocupan tanto. Es de los lobos disfrazados de corderos de quienes hay que cuidarse.

—Macriano se inclinó hacia delante y esbozó una ligera sonrisa de satisfacción—.

Por cierto, tengo entendido que un buen número de líderes cristianos fueron capturados en las catacumbas de Domitila.

Enhorabuena por el éxito de la operación.

—Sin duda, la Iglesia ha recibido un buen golpe del que esperamos que le cueste recuperarse. Recuerda que poco antes ya habíamos acabado con su máximo representante.

—Buen trabajo, Plocio —lo felicitó el consejero.

—Gracias, aunque la mayor parte del mérito le corresponde a mi espía predilecto. Sin la información que Corvus me proporcionó, no habría sido posible.

—Ah, entonces Corvus logró infiltrarse con éxito en la secta cristiana, ¿verdad?

—En efecto. Durante semanas, fingió ser uno de ellos sin que nadie sospechase lo más mínimo. Ya te dije que mi espía gozaba de un… arma secreta.

Un esclavo pasó junto a ellos con una bandeja y Macriano aprovechó para coger una copa.

—Pero Corvus ha logrado algo aún más importante —prosiguió diciendo el prefecto del pretorio—. Gracias a su labor, hemos podido desmantelar un fraude relacionado con la venta de libelos falsos.

—Algo he oído, sí —comentó Macriano.

—Un funcionario corrupto expedía certificados a cambio de grandes sumas de dinero. Ya lo han detenido y muy pronto disfrutará de una “placentera” estancia en las minas de Numidia, de donde no creo que regrese.