CAPÍTULO SÉPTIMO
«Blandina, después de haber sido azotada, desgarrada por las fieras y atormentada en el sillón de hierro, fue finalmente envuelta en una red y arrojada ante un toro.
Aunque había sido azotada, no se desanimó, sino que, llena de fe, se animaba a sí misma y a los demás, diciendo: “Ningún sufrimiento es grande comparado con la gloria que nos espera”.
Y así entregó su espíritu, siendo ejemplo para todos» .
Actas de los Mártires de Lyon
La cuadrilla avanzaba con paso firme por el camino que conducía hacia la finca.
El centurión que la encabezaba sabía perfectamente hacia dónde se dirigía.
Las indicaciones que había recibido no dejaban lugar a dudas.
Se disponían a llevar a cabo un asalto a las catacumbas de Domitila, donde les constaba que se escondían destacados líderes cristianos.
Un murete de piedra, engullido por el musgo y las enredaderas, rodeaba la propiedad.
Bajo el sol vespertino, las sombras proyectadas por los árboles cercanos señalaban el comienzo del ocaso: la hora prevista para el asalto.
Si la información que habían recibido era veraz, sorprenderían reunidos a un buen puñado de representantes cristianos.
El centurión levantó una mano y la docena de soldados bajo su mando se detuvo al instante.
Sobre las armaduras y los escudos se reflejaban haces de luz dorada.
El ambiente era inquietantemente tranquilo.
El único sonido que se escuchaba era el del viento, que agitaba suavemente ramas y arbustos.
La puerta de hierro forjado cedió con facilidad y los infantes se adentraron en un jardín desatendido.
Las plantas aromáticas, mezcladas con el olor a tierra húmeda, creaban un extraño contraste con la presencia intimidante de la patrulla romana.
Pasaron junto a un viejo pozo y continuaron en dirección a la pendiente que marcaba el acceso a las catacumbas.
Ante la entrada, los soldados prendieron las antorchas que habían traído consigo, tras ser advertidos de que las necesitarían.
Abrieron la puerta y, en fila de a uno, fueron descendiendo por el angosto pasaje de piedra que los condujo al interior.
La respiración pesada de los hombres se mezclaba con el crujido del cuero y el tintineo de metal de sus uniformes.
Una desagradable sensación de claustrofobia invadió a la mayoría.
A la luz de la antorcha que portaba, el centurión consultó un detallado mapa del interior de las catacumbas, confeccionado por el mismo espía que les había proporcionado toda aquella valiosa información.
De lo contrario, se habrían perdido sin remedio en la oscuridad de aquel trazado laberíntico.
El grupo se movía en silencio, midiendo cada paso con cautela.
Las antorchas que llevaban en alto apenas iluminaban unos metros por delante.
Las paredes de piedra parecían cerrarse a su alrededor a medida que se adentraban más y más en las profundidades.
A cada cruce, el centurión volvía a consultar el plano para no desviarse del camino señalado.
Los túneles repletos de nichos parecían interminables.
En algunos puntos se estrechaban, en otros, se expandían en pequeñas cámaras funerarias, donde los restos de los muertos descansaban en sepulcros decorados con símbolos incomprensibles para los soldados.
A medida que avanzaban, el aire se hacía cada vez más denso.
Como de costumbre, los presbíteros reunidos en la cámara funeraria discutían acerca de las cuestiones teológicas que más preocupaban a la Iglesia en ese momento.
En torno a Cornelio se aglutinaban los que defendían una postura más compasiva hacia los “caídos”, mientras que Novaciano representaba la corriente más estricta e intransigente.
El debate discurría por los cauces habituales hasta que, de repente, Valerio irrumpió apresuradamente en la cámara, con el rostro tenso y la respiración agitada por la carrera.
—¡Soldados romanos han entrado y se dirigen hacia aquí! —advirtió—. ¡Hay que huir! ¡Vamos, seguidme!
Durante los primeros instantes reinó la confusión.
Aquella idea les parecía tan inconcebible, que tardaron varios segundos en procesarla.
El fossor , sabiendo que no había tiempo que perder, comenzó a empujarlos hacia la otra salida.
Cornelio, Novaciano y varios presbíteros más tomaron la delantera, viendo ya de reojo la llegada de los soldados.
Valerio se puso al frente de la marcha para guiarlos a través de la maraña de túneles.
Otros presbíteros, sin embargo, no reaccionaron a tiempo y se quedaron rezagados. Algunos se sintieron paralizados por el miedo, otros desconcertados por el caos de la situación.
—¡Quietos! —gritó el centurión—. En nombre del emperador, quedáis todos bajo arresto.
En tromba, los soldados accedieron a la cámara, desenvainaron sus espadas y rodearon a los presbíteros que no habían podido huir.
—¡Os encontráis en un cementerio, un lugar sagrado! —clamó uno de ellos con vehemencia—. Las leyes romanas prohíben la violencia y las detenciones en terrenos consagrados. ¡Esto es un ultraje contra la piedad y las costumbres cristianas!
—Reservad vuestras quejas para el magistrado —replicó el centurión. A continuación, barrió el lugar con la mirada y se dirigió a su segundo al mando—: Algunos han tenido tiempo de escapar. ¡Vamos, id tras ellos!
Los presbíteros que habían logrado escabullirse corrían fatigados detrás de Valerio, que los guiaba a través de las galerías subterráneas, tomando toda suerte de desvíos para dificultar la persecución de los romanos.
El fossor se dirigía hacia el tercer nivel de las catacumbas, aún en construcción, motivo por el cual constituía el lugar idóneo donde ocultarse.
Valerio se detuvo para señalar un pequeño corredor, que apenas permitía el paso de una sola persona.
La oscuridad aumentaba en dicho tramo, salpicado por los escombros de las excavaciones.
Finalmente, llegaron a un hueco en la pared, poco más que una grieta, que conducía a un tramo descendente de escalera toscamente tallada en el suelo.
Uno a uno, fueron pasando atropelladamente debido a la urgencia del momento.
Valerio fue el último en hacerlo, tras lo cual tapó el acceso con algunos cascotes.
A medida que descendían, las pisadas de los soldados que los seguían se escuchaban más y más lejos.
El ambiente en el tercer nivel se percibía más opresivo y viciado aún.
Los túneles eran estrechos y no parecían obedecer a un trazado lógico.
Valerio, a pesar de ello, se conocía cada giro, cada recodo, y los guio con paso seguro hasta una cámara en plena excavación, en la que las herramientas de los fossores se amontonaban en el suelo.
—Lo único que podemos hacer ahora es esperar —señaló Valerio—. No hay manera de que los soldados lleguen hasta aquí.
Los presbíteros se dejaron caer en el suelo mientras recuperaban el aliento, sus túnicas empapadas de polvo y sudor.
—¿Cómo han llegado los soldados hasta las catacumbas? —inquirió Novaciano—. ¿Y cómo han podido orientarse tan bien en el interior?
—Cuando emprendía la huida, me pareció ver que el centurión llevaba un pergamino entre las manos —apuntó Cornelio—.
O mucho me equivoco, o contaba con un mapa de las catacumbas lo suficientemente detallado como para localizarnos sin dificultades.
Y no debería extrañarnos. Desde hace tiempo sospechábamos que podía haber un espía entre nosotros…
Los ojos de Valerio se abrieron de par en par. Tras la aseveración del presbítero, varias piezas aparentemente inconexas encajaron en su mente, como si una densa neblina se hubiese disipado de golpe, revelando una evidencia que había tenido todo el tiempo delante de sus narices.
Elio, su ayudante, no había acudido ese día a las catacumbas alegando sentirse indispuesto. Una casualidad de lo más oportuna dado el devenir de los acontecimientos…
***
Al día siguiente, cundía el desaliento entre los fossores que habitualmente trabajaban en las catacumbas de Domitila.
Al menos, Valerio había logrado salvar a un puñado de presbíteros, entre ellos, Cornelio y Novaciano. No obstante, otros tantos fueron arrestados por los soldados y puestos a disposición de las autoridades. El inesperado asalto había supuesto un duro golpe para la Iglesia cristiana.
Pese a todo, la vida no se detenía y los fossores trabajaban de nuevo en el tercer nivel de las catacumbas, sin hablar entre ellos.
Cada golpe desprendía trozos de piedra caliza que caían al suelo con un ruido seco, acumulándose en pequeños montones que, poco después, se retiraban con palas y cestas de mimbre.
La tierra removida se mezclaba con el sudor de sus cuerpos, formando una capa de suciedad que cubría sus túnicas raídas.
El aire estaba tan viciado que el polvo parecía flotar en un denso velo que se deslizaba en los pulmones.
Cada respiración resultaba agotadora, como si los propios túneles quisieran asfixiar a quienes osaban profanarlos.
Bebían de pequeños odres que llevaban atados al cinturón; el agua sabía a cuero recalentado.
Progresaban lentamente. Cada túnel abierto requería horas de esfuerzo y, a veces, la roca cedía de forma inesperada, obligando a los fossores a retroceder y asegurarse de que las galerías no colapsaban.
El sonido de los picos rompiendo la roca resonaba en los estrechos pasillos, produciendo un eco que sugería el lamento sordo de las paredes.
Las herramientas, desgastadas por el uso constante, se revisaban periódicamente.
Para iluminar los oscuros pasadizos, utilizaban lámparas de aceite hechas de terracota, que emitían una luz tenue y vaporosa.