Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEXTO #7
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CAPÍTULO SEXTO #7

—La misión fundamental de la Iglesia consiste en la salvación de las almas, no en su condena. Y Cristo otorgó a los apóstoles y a sus sucesores la facultad de administrar el perdón en su nombre.

El combate dialéctico había alcanzado su punto álgido.

Y, desde luego, quedaba muy claro que ninguno de los dos presbíteros pensaba dar su brazo a torcer.

Cornelio abordó entonces la cuestión de los llamados “libeláticos”, aquellos cristianos que habían adquirido un falso certificado que acreditaba haber cumplido con los sacrificios paganos.

—¿Y cuál es tu posición respecto de los “libeláticos”? —inquirió—. No puedes considerarlos igual que a los “caídos”, puesto que ellos no han apostatado.

—Formalmente no, por supuesto —contestó Novaciano—. Pero sus actos son igual de reprobables. Anteponer su propia seguridad a la fe que dicen profesar supone otra manera de negar a Cristo. Así de sencillo.

Casiano, el senador, asistía muy atento al debate, preocupado por la decisión que finalmente los principales líderes cristianos acabasen adoptando, y la forma en que esta pudiese afectarle.

Con el tiempo, él mismo acabó dándose cuenta de que se había equivocado aunque, por otro lado, también creía que merecía una segunda oportunidad.

—Estamos de acuerdo en que su forma de proceder no fue la acertada —admitió Cornelio—. Sin embargo, la naturaleza de su pecado es diferente, menos grave. Al menos, en eso me concederás la razón, ¿verdad?

—De ninguna manera. Deberías tener en cuenta que el acceso a un falso certificado tan solo está al alcance de los fieles más ricos, hecho que provoca distinciones dentro del rebaño y quiebra el principio de igualdad que promueve la Iglesia.

—Soy consciente de ello, lo único que digo es que también merecerían el perdón. Su penitencia, incluso, no debería ser tan severa como la que propongo para los “caídos”.

Al tiempo que proseguía la discusión, Virginia se dirigió tímidamente al senador Casiano para hablar con él.

—¿Es cierto que usted adquirió un libelo falso? —preguntó entre susurros—. Al menos, eso he oído.

—Sí, y ahora me arrepiento. ¿Acaso necesitas uno?

—No sería para mí —aclaró la joven cristiana—. Yo ya sacrifiqué. Lo que pasé en la prisión fue… más de lo que pude soportar.

—Entiendo, y no has de sentirte culpable por ello.

Mientras tanto, el tono del debate se fue elevando y, para calmar los ánimos, los presbíteros decidieron posponer las deliberaciones para otro momento.

Cornelio y Novaciano enviarían cartas a los obispos más influyentes, tanto de Oriente como de Occidente, para convencerlos de que apoyasen su postura.

La posición final de la Iglesia respecto a la controversia planteada no se tomaría a la ligera.

Poco a poco, todos los presentes fueron abandonando la estancia. Tan solo Valerio y Elio permanecieron en el interior. La mirada del fossor recorrió la cámara funeraria para evaluar lo que todavía faltaba por hacer.

—En la pared frontal podríamos pintar un fresco que ilustrase alguna escena de las Sagradas Escrituras —comentó—. Así tendrás oportunidad de aprender.

—¿Qué vamos a pintar?

—Lo hablaré con Cornelio. Seguramente alguna imagen que haga referencia a la resurrección de las almas.

Valerio extendió un brazo e hizo un gesto que abarcó la estancia completa.

—También colocaremos lámparas de aceite que arderán todo el tiempo.

A Elio le costaba mucho trabajo conciliar aquella imagen serena de Valerio, tan habitual del fossor , con la que exhibió la noche en que robaron el cuerpo de Fabián del anfiteatro, cuando, para evitar que les descubrieran, atacó al soldado hasta acabar arrebatándole la vida sin necesidad alguna de ello.

Una imagen —la de Valerio estampando repetidamente la cabeza del soldado contra la pared— no dejaba de repetirse en su mente.

¿Cómo alguien tan recto y devoto había podido llevar a cabo un acto tan cruel?

Valerio no había mencionado el tema ni una sola vez, ni tampoco parecía cobijar ningún atisbo de remordimiento.

Desde entonces, el muchacho veía a Valerio a través de un prisma algo diferente.

El aprecio que sentía por el fossor no había cambiado; incluso admiraba su coraje y determinación a la hora de solventar ciertos problemas.

Sin embargo, ese respeto venía acompañado por una nueva sensación que no había tenido antes: miedo.

Había quedado muy claro que, por la Iglesia, Valerio estaría dispuesto a hacer lo que fuera.

—¿Elio? ¿Estás prestando atención? ¿En qué estás pensando?

—Lo siento, me había distraído un instante —se apresuró a explicar el muchacho.

Valerio lo observó con una ceja levantada, notando la turbación de su voz. Sin embargo, no le dio mayor importancia.

—Por cierto, se rumorea que entre los fieles cristianos puede haber un espía. Así que procura prestar atención. A veces, las personas no son lo que parecen.

—¿Cómo? —La boca de Elio se abrió conformando una circunferencia casi perfecta.

—No debería extrañarte tanto. El Estado está haciendo todo lo posible para perjudicarnos. Y para lograrlo necesitan información de primera mano. Muchos de nuestros hermanos se han escondido de las autoridades. ¿Te imaginas el daño que podría causar un falso cristiano infiltrado entre nosotros?

Dicho esto, el fossor se centró de nuevo en el asunto de la decoración de la cámara.

—En el sarcófago deberíamos inscribir un epitafio. Y también esculpir un relieve con algún símbolo cristiano. ¿Qué te parece?