Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEXTO #6
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CAPÍTULO SEXTO #6

A continuación, se arrodilló junto a un cofre de madera tallada situado a los pies de la cama.

Al levantar la tapa, descubrió una amplia colección de objetos personales: collares, brazaletes, pendientes y un conjunto de peines de hueso y marfil.

Fabio movió cada pieza con atención, asegurándose de no pasar por alto nada importante.

Al fondo del cofre, un pequeño estuche de cuero llamó su atención.

Lo tomó y lo abrió con precaución. En su interior encontró varias horquillas, todas ellas bellamente decoradas, cada una con su propio diseño y valor.

Algunas eran simples piezas de uso cotidiano; otras estaban adornadas con pequeñas gemas.

Sin embargo, ninguna de ellas parecía tener las características que se asociaban a la de la reliquia.

Por último, se acercó al tocador y comenzó a revisar los cajones, repletos de pequeños objetos que Marcia había utilizado en su vida diaria: peines, frascos de perfume, cuentas sueltas de collar… Pero ni rastro de la reliquia cristiana.

—¿No ha encontrado lo que buscaba? —inquirió Claudia.

—Me temo que no.

Fabio, sin poder evitar sentirse derrotado, sacudió lentamente la cabeza. Su investigación había llegado a un callejón sin salida. Se había acercado mucho al paradero de la «lágrima de Cristo», pero una vez más había vuelto a escapársele entre los dedos.

Y, lamentablemente, parecía que para siempre.

24

Los principales presbíteros de Roma se reunieron en las catacumbas de Domitila, después de que los restos mortales de Fabián se hubiesen recuperado.

El aire era denso y húmedo, impregnado de un olor terroso que parecía envolverlo todo.

La parpadeante luz de las antorchas proyectaba sombras danzantes sobre las paredes toscamente labradas de la cámara funeraria.

A pesar de la penumbra, se notaba a simple vista que el lugar había sido preparado con urgencia.

Los muros mostraban marcas frescas de las herramientas empleadas, y el suelo de la cámara, ligeramente inclinado, estaba cubierto de una fina capa de polvo que revelaba lo reciente de su excavación.

En el centro de la estancia, sobre un sencillo lecho de piedra, descansaba el cuerpo del obispo Fabián, envuelto en un sudario de lino.

Su rostro desfigurado, pero sereno en el sueño de los justos, reflejaba la crudeza de los suplicios que lo habían llevado hasta la muerte y la forma en que habían maltratado el cadáver.

La cámara, destinada a ser un lugar de descanso eterno, aún carecía de los ornamentos y símbolos cristianos que habrían decorado un espacio más propio de su dignidad.

No había frescos, ni inscripciones que hablasen de la gloria del mártir; solo las paredes desnudas y la presencia silenciosa del obispo fallecido.

Alrededor del difunto, el grupo de presbíteros rezaba conformando un círculo cerrado. Unos días antes habían decidido que, mientras durase la persecución, no tenía sentido elegir a un sustituto. Entretanto, la iglesia de Roma se gobernaría de forma colegiada.

En la cámara también se hallaban presentes algunos fieles cristianos, entre los que destacaba el héroe que había logrado arrebatar el cadáver de Fabián a los soldados en el anfiteatro.

Valerio había recibido un sinfín de elogios y felicitaciones, pero el fossor apenas se había inmutado.

Haciendo gala de su carácter reservado, casi huraño, se limitó a decir que no había hecho más que cumplir con el trabajo que le habían encomendado.

Elio, cuya participación resultó igualmente importante, no obtuvo el mismo grado de reconocimiento.

Sin embargo, al joven muchacho no le importó demasiado.

Entre los cristianos presentes había varias caras conocidas: Lucrecia, cuya hija estaba a punto de convertirse en mártir de la Iglesia tan pronto como fuese ejecutada; Casiano, el senador cristiano que había comprado un libelo falso para cumplir con el edicto imperial, y que recientemente había regresado de Dalmacia, donde sus planes para sustituir al actual gobernador provincial habían fracasado; Marco, que había querido velar el cadáver de Fabián para pedir por la salud de su pequeña; y Virginia, la muchacha que había compartido celda con el obispo y con Livia, y que finalmente había sacrificado a los dioses romanos al verse incapaz de soportar las privaciones de la cárcel.

Tras concluir las oraciones por el alma del difunto, los presbíteros abordaron la reciente controversia que había estallado en el seno de la Iglesia.

El edicto de Decio había provocado que muchos cristianos apostatasen.

Algunos de ellos, por temor a las autoridades, se apartaron para siempre de la fe cristiana; otros, en cambio, habían expresado su deseo de reintegrarse en la comunidad.

Pues bien, la cuestión que se planteaba con estos últimos, quienes recibían el apelativo de “caídos”, suscitaba dudas importantes.

¿Debía la Iglesia readmitirlos, o habían cometido un pecado demasiado grave como para aceptarlos de nuevo?

Al frente de la postura más rigorista se hallaba Novaciano, un hombre extraordinariamente culto, conocedor de las obras de filosofía griega y de los clásicos latinos. Y, en el lado contrario, Cornelio, de origen mucho más humilde, pero que gozaba de una larga trayectoria dentro de la Iglesia.

—Hermanos —comenzó diciendo Novaciano—, estamos aquí no solo para honrar la memoria de nuestro mártir, el obispo Fabián, sino también para definir el futuro de la comunidad.

Y, en mi opinión, no podemos permitir que la santidad de nuestra Iglesia se vea manchada por aquellos que han traicionado a Cristo en el momento de mayor necesidad.

Los “caídos” rompieron su vínculo con la fe.

¿Cómo podríamos entonces, en conciencia, permitirles regresar a nuestro rebaño como si nada hubiese pasado?

Marco asintió con la cabeza, dando a entender que él era de la misma opinión.

Algunos, como él y su mujer, se habían escondido para eludir el cumplimiento del edicto.

Otros se habían marchado muy lejos, asumiendo riesgos importantes.

En resumen, ¿qué sentido tenía lo que habían hecho, si ahora recibían con los brazos abiertos a los que habían venerado públicamente a los falsos ídolos y al genio del emperador?

—Te estás olvidando de un principio fundamental, Novaciano —respondió Cornelio con una voz suave pero firme—.

¿Acaso no es la esencia del cristianismo el perdón y la misericordia?

Nuestro Señor nos enseñó a acoger al pecador arrepentido, a no rechazar a quien busca la redención.

Los “caídos”, aunque débiles en un momento de desesperación, ahora vuelven a nosotros con gran pesar en sus corazones.

—¿Y qué mensaje estaríamos enviando si los aceptáramos?

—replicó Novaciano con severidad—. Que poseemos una fe tan débil que puede negociarse, que podemos ignorar los mandamientos de Dios cuando las cosas se ponen difíciles.

La Iglesia debe ser una comunidad de santos, no un refugio para los traidores.

Aquellos que han negado a Cristo han demostrado que no son dignos de su amor ni de su gracia.

—No entiendo cómo puedes adoptar una postura tan intransigente. Hay otras consideraciones que no estás teniendo en cuenta.

—¿Cómo cuáles?

—Excluir a los “caídos” amenazaría con dividir a la Iglesia y debilitar su cohesión interna —explicó Cornelio—. Su reintegración, en cambio, ayudaría a mantener la unidad de todo el rebaño.

—No necesitamos a los que han renegado de su fe —rebatió Novaciano—. La Iglesia debería mantenerse pura y sin mancha. Aceptarlos supondría contaminar la santidad de toda la comunidad cristiana.

La tensión en la cámara crecía, bajo la atenta mirada de los demás presbíteros que asistían con preocupación al enconado debate.

—Su readmisión no sería tan sencilla —argumentó Cornelio—.

Antes, los pecadores deberán demostrar su verdadero arrepentimiento mediante una confesión pública ante todos los hermanos, seguida de una liturgia penitencial que comprendería oraciones y ayunos, y que se prolongaría a lo largo de varios meses.

Y, solo entonces, se produciría la completa reconciliación.

—Lo siento, pero ni siquiera de ese modo me convence tu propuesta. Si aceptamos de nuevo a los “caídos”, estaríamos traicionando a aquellos que han muerto por su fe, a los mártires que no cedieron ante la tortura o la muerte. No podemos permitir que su sacrificio sea en vano.

Tras aquella afirmación, Lucrecia dio un paso al frente y solicitó permiso para intervenir.

—Todos los presentes estáis al corriente de la situación de mi hija —señaló—.

Livia ha soportado los más terribles tormentos y ahora aguarda en la cárcel el momento de su ejecución.

Yo apostaté y desde entonces me he sentido muy avergonzada.

Ella, sin embargo, cuando la he visitado esta mañana, le ha restado importancia y, haciendo énfasis en la misericordia cristiana, ha expresado su deseo de que todos los “caídos” sean readmitidos en la casa del Señor.

Inmediatamente, Cornelio aprovechó la intervención de Lucrecia a su favor. La elevada autoridad moral de la que Livia gozaba en ese momento entre los cristianos de Roma dotaba a su postura de mayor legitimidad.

—Lucrecia, las palabras de tu hija prueban que su fe no solo es inquebrantable, sino también profundamente compasiva —señaló—.

Si Livia, enfrentándose a la muerte, puede perdonar, ¿cómo no vamos a hacerlo nosotros, que todavía gozamos de libertad?

La misericordia debe ser nuestra guía, como lo fue para nuestro Señor.

Novaciano sabía que no le convenía contradecir a una futura mártir, así que contraatacó con otro argumento:

—El pecado de apostasía es tan grave que solo el Altísimo posee la capacidad para perdonarlo. ¿Quiénes somos nosotros, simples mortales, para usurpar el papel de Dios como juez supremo?