Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEXTO #5
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CAPÍTULO SEXTO #5

En el centro de la estancia, una mujer joven, elegantemente vestida con una delicada túnica de lino y un manto ligero bordado en hilos dorados, esperaba sentada en uno de los asientos.

Claudia poseía grandes ojos, que resaltaban como gemas bajo sus largas y finas pestañas.

Su mirada se posó en la de Fabio, y con un gesto de la mano le indicó que se sentase.

—Le agradezco mucho que me haya recibido —saludó Fabio cordialmente—. Y déjeme decirle que lamento mucho la muerte de su madre.

—Gracias. Ha venido para hablar de ella, ¿verdad?

—Así es. ¿Puedo preguntarle de qué falleció?

—Marcia enfermó hace unos meses, y enseguida supo que su mal no tenía remedio. Los médicos le dieron muy poco tiempo de vida.

La mirada de Claudia evidenciaba un claro rastro de tristeza.

—Tuvo que ser duro, sé muy bien lo que significa perder a una madre.

—Me temo que a mi madre la perdí mucho tiempo antes.

—Disculpe, pero ¿qué ha querido decir con eso?

Claudia mantuvo su mirada fija en la de Fabio un instante, como si buscase las palabras más adecuadas para expresar lo que sentía.

—Me refiero al momento en que mi madre se convirtió al cristianismo.

Al principio pensé que se trataba de una simple curiosidad, una moda pasajera.

Pero me equivocaba. Muy pronto, su vida entera giró en torno a aquella fe tan diferente a todo lo que conocíamos.

Dedicaba largas horas a la oración y asistía a los rituales todos los días.

Para ella no parecía haber nada más importante.

Fabio escuchaba en silencio, exhibiendo en todo momento una expresión empática.

—Mi madre, que siempre había sido una presencia cálida y constante en nuestras vidas, empezó a alejarse poco a poco —prosiguió diciendo Claudia—.

Mostraba una generosidad que nunca había visto antes, pero no con nosotras, sino con los más necesitados.

Daba parte de su fortuna a los pobres, ayudaba a los enfermos…

, mientras que a mis hermanas y a mí cada vez nos prestaba menos atención.

»Luego quiso que nosotras también nos convirtiésemos, que compartiésemos su devoción.

Yo intenté comprenderla, intenté seguirla en su nueva fe, aunque solo fuese para mantener el vínculo con ella.

Pero cuanto más me sumergía en aquella extraña doctrina, más confusa me sentía.

Y cuando mis hermanas y yo nos negamos a seguir sus pasos, fue como si algo se rompiera entre nosotras.

Claudia dejó escapar un suspiro, su mirada perdida en algún punto indefinido del triclinio.

—Recuerdo que intenté hablar con ella muchas veces. Le preguntaba por qué se había vuelto tan distante, por qué ya no parecía interesada en nuestras vidas. Siempre me respondía lo mismo: que tenía un deber mayor, que debía servir a algo más grande que a nosotras, a Dios…

»Luego mi madre enfermó y supo que no le quedaba mucho tiempo de vida.

Entonces pensé que tal vez querría pasar más tiempo con su familia.

Que aprovecharía esos últimos momentos para intentar cerrar la distancia que se había creado entre nosotras.

Nada más lejos. En lugar de acercarse, se entregó aún más a la Iglesia.

Decía que lo hacía pensando en la recompensa de la vida eterna.

Que tenía que preparar su alma para lo que vendría después.

Claudia volvió a suspirar. Aunque le dolía hablar de todo aquello, al mismo tiempo agradecía poder expresar en voz alta lo que sentía, aunque fuese ante un desconocido.

—Lo más difícil de aceptar —continuó la mujer, con la voz teñida ahora de una amarga resignación—, fue cuando descubrí que lo había dejado todo dispuesto para que la enterraran en una de esas horribles catacumbas cristianas, en vez de en nuestro mausoleo familiar.

Fue como si, incluso en la muerte, hubiese querido apartarse de nosotras, de nuestras tradiciones.

Ya no solo habíamos perdido a nuestra madre en vida, sino que también nos arrebató la posibilidad de honrarla en la muerte, de tener un lugar donde recordarla.

»Y, por si todo eso no fuese suficiente, mi madre nos hizo una última afrenta —explicó Claudia, eligiendo cuidadosamente sus palabras—.

En sus disposiciones testamentarias, Marcia decidió legar a la Iglesia cristiana unas propiedades que teníamos fuera de Roma.

Eran tierras fértiles, con olivares y viñedos, situadas en la región de Campania.

Habían estado en nuestra familia durante generaciones y su producción constituía una parte importante de nuestra riqueza.

Mi madre, sin embargo, decidió que serían más útiles en manos de la Iglesia, para que pudiera seguir con sus obras de caridad y su misión.

Fabio asintió, entendiendo perfectamente la magnitud de una decisión así. Aquellas tierras no solo eran valiosas desde el punto de vista económico, sino que también constituían un símbolo del legado familiar.

—Por lo menos —añadió Claudia con una leve nota de alivio en su voz—, heredé la vivienda familiar. Esta casa, donde crecimos, donde tenemos tantos recuerdos, nos sigue perteneciendo. Es todo cuanto me queda de la vida que conocí, de la familia que éramos antes de que todo cambiara.

—Comprendo… —murmuró Fabio.

Un denso silencio se hizo presente, mientras las palabras quedaban en el aire.

—¿Y de qué conocía usted a mi madre?

—En realidad, no la conocía.

Claudia lo miró con extrañeza.

—No se lo he preguntado, pero supongo que no será usted cristiano, ¿verdad?

—No, en absoluto. Aunque mi presencia aquí sí está indirectamente relacionada con dicha circunstancia.

Entonces, Fabio le habló acerca de la reliquia cristiana y del motivo por el que la estaba buscando.

—Y, según he podido averiguar, su madre la adquirió poco tiempo antes de morir —concluyó.

—¿Está seguro de eso?

—Completamente. Pagó una importante suma de dinero para hacerse con ella.

Lo del dinero no le sorprendió a Claudia. Durante los últimos meses, Marcia se gastó en donaciones buena parte del patrimonio familiar.

—Ni a mis hermanas ni a mí nos habló nunca de esa antigua reliquia cristiana. —La mujer parecía contrariada—. No lo entiendo… Si ese objeto tenía tanto valor para la Iglesia, ¿cómo es que tampoco se lo dijo a sus máximos representantes?

Fabio se quedó pensativo. Esa era una magnífica pregunta. Tan pronto como Marcia la hubiese adquirido, lo lógico era que se lo hubiese hecho saber al obispo. Sin embargo, resultaba evidente que no lo había hecho. De lo contrario, él no habría emprendido nunca aquella delirante búsqueda.

—En las disposiciones testamentarias de su madre, ¿no hizo mención alguna acerca de la «lágrima de Cristo»? Puede que su intención fuese que la Iglesia la heredase al morir ella.

—Ya le he dicho que es la primera vez que oigo hablar de semejante asunto.

Fabio entornó los párpados y adoptó una pose reflexiva.

—Antes ya le expliqué que la reliquia no es más que una antigua horquilla para el pelo, con unas determinadas características. ¿Cabría entonces la posibilidad de que se hallase entre los objetos personales de Marcia? Puede que esté guardada en sus aposentos, entre sus pertenencias más preciadas.

Claudia se demoró unos segundos antes de contestar.

—Tal vez —dijo finalmente, su voz apenas un susurro—.

Desde su muerte, no he tenido el valor de revisar sus cosas.

Todo sigue tal como lo dejó en su habitación.

Cada vez que pienso en hacer inventario, me detengo.

Es como si abrir esas puertas significara aceptar realmente que ya no está aquí… y no estoy lista para eso.

—Lo comprendo… Y, sé que le estoy pidiendo mucho. No obstante, le estaría muy agradecido si me mostrase los aposentos de Marcia. Desearía poder buscar la reliquia entre sus cosas. Puedo hacerlo solo, si no se siente con fuerzas para acompañarme.

De entrada, Claudia no estaba dispuesta a acceder a semejante petición. Sin embargo, cuando recordó que Fabio hacía todo aquello por su sobrina, se le acabó ablandando el corazón.

—Está bien… —convino—. Es algo que debo hacer, aunque me cueste. De acuerdo, venga conmigo.

Se levantó del diván y guio a su invitado a través de pasillos y escaleras, hasta llegar a su destino.

Los aposentos de Marcia estaban bañados por la luz tenue que se filtraba a través de las cortinas de lino translúcido, dando al espacio un ambiente etéreo y silencioso.

Era una estancia espaciosa y acogedora, con paredes pintadas en suaves tonos crema y azul pálido, decoradas con delicados frescos que representaban escenas pastoriles.

El mobiliario era elegante y de buen gusto, como cabía esperar de una mujer de su posición.

Un gran lecho con altos postes adornados con cortinas de gasa ocupaba el centro del recinto.

Fabio recorrió la habitación con la mirada y se dirigió primero hacia un armario alto.

Dentro, había varias túnicas cuidadosamente dobladas, algunas sencillas y otras adornadas con bordados más elaborados.

El leve rastro de un aroma floral, el perfume que Marcia solía usar, parecía haber quedado atrapado en el aire.

Fabio revisó su contenido con sumo cuidado, pasando sus manos por las túnicas, palpando los bolsillos y dobladillos en busca de algo que pudiera ser una horquilla. Pero no encontró nada.