Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEXTO #4
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CAPÍTULO SEXTO #4

El gobernador se levantó de su asiento y se dirigió hacia la mesa para examinar el contenido de aquellos legajos. Y, conforme fue adquiriendo conciencia de lo que significaban, su rostro se fue tornando pálido y las sienes comenzaron a palpitarle.

—Estás acabado, Octavio. Con esta información, Casiano cuenta con munición más que suficiente para hacer que el emperador te deponga del cargo.

—Ya veo… Y negarlo por mi parte supondría una ingenuidad.

—No obstante, las cosas no tendrían por qué desarrollarse de esa manera —terció Nertomarus—.

Si renuncias al cargo voluntariamente, nada de esto tendría por qué saberse.

Podrías ahorrarte la humillación y una sanción más que probable.

Te estoy ofreciendo una oportunidad que ni siquiera te mereces.

Si yo estuviese en tu lugar, no la desaprovecharía.

Octavio volvió sobre sus pasos y se derrumbó en su trono elevado, con el rostro enterrado entre las manos. Segundos después, comenzó a sollozar como un condenado que aguardase su ejecución. Y, en cierto modo, así era.

Nertomarus no quiso presionarlo, y le dio un tiempo para que se hiciese a la idea. Octavio, completamente abatido, precisó de varios minutos para recomponerse.

—Hoy mismo enviaré una misiva formal a Roma para comunicar mi renuncia por motivos personales.

—Sabia decisión. Además, recomendarás al senador Casiano para que te suceda en el cargo.

El gobernador se encogió de hombros.

—De acuerdo.

En ese momento, el asesor principal de Octavio le hizo una señal desde el umbral de la puerta de la sala de audiencias.

Al principio, el gobernador lo ignoró, e incluso le hizo gestos para que se marchase…

Aun así, su asesor se negó a irse hasta no ser escuchado.

Al parecer, se trataba de una urgencia inaplazable.

Octavio cruzó la estancia para encontrarse con su asesor, al que amonestó por haberle interrumpido durante una reunión tan importante. Sin embargo, tan pronto como le susurró al oído la noticia que traía, se enderezó como un estandarte.

—¿Estás seguro?

—Totalmente, señor.

—Gracias, gracias. Puedes retirarte.

Cuando el gobernador regresó al trono, parecía otra persona. Mantenía la cabeza alta, exhibía una media sonrisa y su mirada parecía irradiar fuegos artificiales. Aquella transformación puso a Nertomarus inmediatamente en guardia.

—Olvida la promesa que acabo de hacerte —dijo Octavio soltando una risotada—. Parece que las tornas han cambiado.

El comerciante lo miró como si su oponente hubiese perdido la cabeza.

—¿De qué estás hablando?

—¿Sabes? Hace tiempo que te mandé investigar en busca de irregularidades.

Nadie puede llegar tan lejos como tú lo has hecho sin haber quebrantado la ley, o al menos sin haber eludido su estricto cumplimiento.

—El gobernador negó lentamente con la cabeza—.

Para mi sorpresa, no encontré absolutamente nada.

—No encontraste nada, porque no había nada que encontrar —afirmó Nertomarus.

—¿De verdad?

Aquella sonrisa lobuna asomó de nuevo a labios de Octavio.

—Hay hombres de negocios que también somos honrados.

—Eso me cuesta creerlo —replicó—. En cualquier caso, tú no eres uno de ellos.

—Ah, ¿no? ¿Y eso por qué?

—Acabo de enterarme, Nertomarus. Mis informantes han averiguado que perteneces a la secta de los cristianos.

El comerciante recibió la noticia como si le hubiesen propinado un puñetazo en la boca del estómago.

Durante años, había procurado mantener en secreto la fe que profesaba, consciente de que podía constituir un punto débil del que sus rivales intentarían aprovecharse.

Pese a todas sus precauciones, sin embargo, Octavio lo había acabado averiguando.

—Te has quedado mudo —añadió Octavio regodeándose.

La rectitud con que Nertomarus se había conducido siempre, tanto en su vida personal como en los negocios que administraba, así como la actividad filantrópica que solía llevar a cabo, podía explicarse ahora mucho más fácilmente. Los principios cristianos lo habían guiado en cada uno de sus pasos.

—Mis creencias religiosas no tienen nada que ver con todo esto —contestó al fin.

—Ah, Nertomarus. ¡Qué mal se te da hacerte el tonto!

No creo que haya un solo cristiano que no esté al corriente del edicto de Decio.

Yo no lo he aplicado, pero eso podría cambiar en cualquier momento.

Ahora mismo, podría obligarte a sacrificar en honor a las divinidades romanas en el templo de Apolo.

¿Qué harías entonces? Tú no pareces ser de los que traicionarían a su dios.

Aunque, por otra parte, la desobediencia se castiga con la muerte.

La situación había dado un giro tan radical que al comerciante le costaba trabajo pensar con claridad. ¿Qué haría si se viese en semejante trance? Ni siquiera él lo sabía.

—Escúchame bien, Nertomarus. En primer lugar, vas a entregarme todas las pruebas que has reunido en mi contra.

Y, después, le dirás a Casiano que has decidido no seguir adelante con vuestro plan para derrocarme.

De lo contrario, ordenaré la aplicación inmediata del edicto de Decio en toda la provincia de Dalmacia.

Y, particularmente, me aseguraré de que todo el peso de la ley recaiga sobre los sacerdotes de tu secta.

En todo caso, miles de cristianos sufrirán si no aceptas mis condiciones.

Nertomarus libró una lucha interna que no duró demasiado. El daño que Octavio podía infligir a la Iglesia era incalculable. Y, si estaba en su mano evitarlo, ¿qué otra cosa podía hacer?

—De acuerdo. Haré lo que me pides —concedió al fin en un susurro.

—¡Excelente! Has tomado la decisión más acertada —repuso el gobernador—. Pero te lo advierto, ni se te ocurra tratar de engañarme. Como me entere de que mantienes el menor contacto con Casiano, nuestro acuerdo se habrá terminado.

—Entendido.

—Ah, y una cosa más. Quiero una rebaja en el precio del hierro y la plata. A partir de ahora, nuestras relaciones comerciales se van a regir por criterios muy distintos…

23

Fabio había realizado un enorme sacrificio renunciando a su cargo de magistrado, el sueño de toda su vida, para evitar condenar a Livia.

Una decisión que, además, tuvo devastadoras consecuencias para su carrera.

En un sistema donde la lealtad al Imperio y la observancia de las leyes eran fundamentales, su decisión se interpretó como un desafiante acto de desobediencia.

En consecuencia, fue inmediatamente excluido de futuros cargos dentro de la administración pública.

Aparte, Fabio se dio cuenta enseguida de que lo estaban investigando.

Sobre él recaían sospechas de sentir simpatía hacia los cristianos, o incluso de que formaba parte de la secta perseguida, al igual que su hermano.

Por supuesto, todo aquello era mentira, así que no le preocupaba lo más mínimo lo que hicieran.

Lamentablemente, todos aquellos rumores contribuían aún más a manchar su reputación.

Además de las repercusiones oficiales, Fabio también advirtió que, a nivel social, aquel asunto le pasaba una importante factura.

Amigos y conocidos se distanciaron rápidamente de él, por temor a que les asociaran con alguien que se había enemistado con las autoridades.

Solo sus colegas estoicos se mantuvieron leales, pues ellos comprendían mejor que nadie lo que significaba vivir conforme a la virtud.

De hecho, vieron en Fabio un ejemplo vivo de lo que representaba ser un verdadero estoico: alguien dispuesto a sacrificar el poder, el prestigio y su propia seguridad por vivir conforme a los principios que su filosofía predicaba.

Fabio aún tenía que decidir cómo encauzar su futuro profesional.

Sin embargo, no era algo que le preocupara por el momento.

De hecho, eso le dejaba mucho más tiempo para buscar la reliquia cristiana que tanto ansiaba su hermano para invocar un milagro.

Mientras Lucila siguiese con vida, Fabio no cejaría en su empeño de encontrar la escurridiza «lágrima de Cristo».

***

Fabio había localizado a los descendientes de Marcia Agripina, la viuda cristiana a la que Messalina le había vendido la reliquia. Marcia había muerto y ya no tenía modo de hablar con ella, pero quizá sus herederos supiesen algo acerca de la «lágrima de Cristo».

De las tres hijas que había tenido Marcia, solo una había aceptado contestar a sus preguntas. Claudia, que así era como se llamaba, vivía en la casa familiar que había heredado de su madre. Sus dos hermanas mayores ya se habían casado y vivían en las residencias de sus maridos.

La villa, situada en una de las zonas más nobles de Roma, exudaba una elegancia tranquila. Una estructura de mármol blanco rodeada de jardines bien cuidados, que evidenciaba el estatus de la familia.

Fabio se detuvo un momento en la entrada. Había llegado a primera hora de la tarde y los rayos del sol meridiano se reflejaban en el agua de una fuente cercana .

Un atento sirviente le indicó que lo siguiese a través de un largo pasillo.

Las lámparas de aceite, colocadas a intervalos regulares, arrojaban una cálida luz que realzaba los colores y las texturas de los mosaicos que adornaban las paredes.

Pasaron junto a varios bustos de mármol, representaciones de ilustres antepasados de la familia, que parecían observarlo de forma solemne.

El sonido de los pasos resonaba suavemente sobre el suelo de mármol pulido.

Finalmente, el sirviente se detuvo ante una puerta de madera ornamentada que daba a un amplio triclinio.

El salón estaba dispuesto con muebles de exquisita factura: mesas bajas de madera fina con incrustaciones de marfil, divanes adornados con cojines de brocado y una estantería de madera oscura que contenía pergaminos cuidadosamente enrollados junto a pequeñas estatuillas de bronce.