Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEXTO #3
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CAPÍTULO SEXTO #3

—Bueno… Quizá ese no sea el término más apropiado para describir lo ocurrido…, es el primero que se me ha venido a la cabeza…

—De acuerdo, de acuerdo. Continúa —le instó Octavio con impaciencia.

—Al parecer, una enfervorecida masa de campesinos, empujada por la desesperación, protagonizó una violenta revuelta. En aquella zona en particular, los efectos de la crisis agrícola han sido especialmente devastadores.

La noticia captó de inmediato la atención del gobernador.

—¿Atacaron a las autoridades locales?

—Lo intentaron, pero como no dio resultado, se volvieron contra algunos vecinos… Más concretamente, contra los cristianos.

Octavio frunció el ceño para expresar su extrañeza.

—¿Y por qué diablos hicieron tal cosa?

—No lo tengo claro. Supongo que la muchedumbre vio en los cristianos el blanco perfecto sobre el que descargar su ira acumulada. La cuestión es que acabaron perpetrando una auténtica matanza. Decenas de personas fueron literalmente masacradas.

—Eso confirma lo que siempre he pensado de los campesinos, que son seres vulgares e ignorantes que se comportan como animales.

El asesor consultó una hoja de pergamino.

—Las autoridades locales solicitan directrices sobre cómo proceder a continuación. No cabe duda de que se cometieron crímenes sancionables por la ley, pero si procesasen a todos los implicados, tendrían que condenar a la mitad de la población. ¿Qué opina, señor?

El gobernador suspiró.

—Nos guste o no, dejarlo correr parece la opción más sensata. De lo contrario, la otra mitad del pueblo se levantaría contra nosotros.

—¿Y si los disturbios se extienden hacia localidades cercanas?

—Mientras los exaltados tengan como objetivo a los cristianos, me da completamente lo mismo. Solo intervendremos si asaltan a las autoridades. Si la secta cristiana teme por su seguridad, es libre de marcharse. O, si no, que se defiendan ellos mismos.

—Entendido.

—Esas son mis órdenes, encárgate de trasmitirlas.

Acto seguido, Octavio comenzó a frotarse las sienes. El tema que deseaba abordar a continuación lo llenaba de desasosiego.

—Tan solo faltan unos días para mi decisiva reunión con Nertomarus. Dime, por favor, que por fin tenéis algo contra él.

Desde hacía varias semanas, estaba en marcha una investigación que buscaba descubrir los presuntos trapos sucios del afamado comerciante.

Sin embargo, y pese a todos los recursos empleados, hasta el momento no habían descubierto nada.

En apariencia, Nertomarus se había conducido siempre de forma escrupulosa con la ley.

—Lo siento, no hay novedades —dijo el funcionario mirando al suelo—. Nertomarus está limpio, o al menos no hemos podido demostrar lo contrario.

Octavio le dio un manotazo a un tintero de metal que había sobre la mesa; la tinta se desparramó por todas partes.

—¡Es ridículo! —estalló—. ¡Estoy rodeado de inútiles que no saben hacer su trabajo!

Su asesor tenía algo importante que añadir, pero antes de volver a intervenir esperó a que al gobernador se le pasara el arrebato.

—Señor, hemos averiguado cierto detalle de suma importancia, relacionado con todo este asunto. Tenemos constancia de que el senador Casiano ha entrado a escondidas en la región.

Octavio se quedó paralizado. Desde hacía meses, sus informantes estaban al corriente de que Nertomarus mantenía contactos con aquel influyente senador como parte de su estrategia para apartarlo del poder. ¡Y ahora, Casiano también se hallaba en la provincia!

La situación había alcanzado su punto culminante.

***

El encuentro entre Nertomarus y el senador Casiano se celebraría en una villa situada a las afueras de Salona, propiedad de un amigo del comerciante.

El lugar, rodeado de viñedos y olivos y alejado de miradas inoportunas, ofrecía la discreción necesaria que requería una reunión de semejante naturaleza.

Aquellos dos hombres estaban preparando el terreno para deshacerse de Octavio de una vez por todas.

Una mesa de mármol, rodeada de divanes con cojines de terciopelo, ocupaba el centro de la sala.

Pequeñas estatuas de bronce y cerámica adornaban las repisas, aportando un toque de elegancia a la atmósfera de la estancia.

El aire estaba impregnado por un sutil aroma a lavanda, proveniente de un brasero humeante.

Un techo abovedado con vigas de madera ofrecía una sensación de acogedora protección.

Casiano y Nertomarus mantenían una conversación amena, mientras disfrutaban de algunos aperitivos: aceitunas marinadas, queso de cabra bañado en miel dorada y un vino tinto servido en copas de plata.

—Llevo meses reuniendo las pruebas que acreditan la corrupción del gobernador —afirmó Nertomarus, abordando al fin el asunto que los había llevado hasta allí.

El senador, tras haber burlado el cumplimiento de edicto de Decio mediante la compra del falso certificado, se había desplazado hasta la provincia de Dalmacia en persecución de sus objetivos políticos.

—Espero que sean tan contundentes como me habías anticipado en tu carta.

A una señal de Nertomarus, un sirviente despejó la mesa y se retiró con la misma celeridad con la que había aparecido.

El comerciante, entonces, desplegó una amplia variedad de documentos sobre la superficie: libros de cuentas que reflejaban que los gastos personales de Octavio superaban con creces su salario oficial; tablas de cera y rollos de pergamino con cifras alteradas, evidenciando el desvío de fondos públicos a cuentas personales; copias de contratos mediante los que se otorgaron concesiones a cambio de sobornos; documentación sobre tierras adquiridas por Octavio a nombre de terceros para ocultar su verdadera propiedad; e incluso declaraciones juradas por funcionarios descontentos, describiendo las actividades irregulares que habían presenciado.

—¡Vaya! Las evidencias son realmente abrumadoras —admitió Casiano, verdaderamente impresionado. Sus penetrantes ojos azules brillaban de excitación.

—Octavio se creyó intocable durante muchísimo tiempo, por eso fue tan descuidado.

Casiano ambicionaba convertirse en el nuevo gobernador de Dalmacia para impulsar su carrera política.

Y, Nertomarus, por su parte, estaba dispuesto a servirle el cargo en bandeja, a cambio de un trato más justo para los habitantes de la provincia.

Con que Casiano no robase ni ahogase a los campesinos en impuestos, el cambio habría merecido la pena.

La población llevaba demasiado tiempo sufriendo por la incompetencia de un gobernador mezquino y egoísta.

—¿Y cuándo podré llevarme todos estos documentos a Roma?

—Quizá no haga falta. Pasado mañana tengo prevista una reunión con Octavio, y, si todo sale como tengo planeado, tal vez podamos liquidar este asunto por la vía rápida.

—¿Y si a pesar de todo Octavio se resiste a renunciar al cargo voluntariamente?

—En tal caso, te correspondería a ti entrar en acción —contestó Nertomarus—. De un modo u otro, Octavio está derrotado.

Casiano estaba muy bien relacionado con figuras clave del Senado de Roma, así como con el propio emperador. Por tanto, ayudado de las evidencias que probaban la corrupción de Octavio, tenía prácticamente asegurado ser nombrado en su lugar.

—¿Y qué querrás a cambio cuando todo esto haya terminado y yo me alce con el poder en Dalmacia?

—Nada, ya te lo he dicho antes. Esto no lo hago en mi propio beneficio, sino en el de mi pueblo.

—Está bien, es solo que… me cuesta trabajo creerlo.

—Solo espero que no me falles y que gobiernes pensando en el bienestar de los habitantes —recalcó Nertomarus.

—En eso tienes mi palabra —aseguró el senador.

El comerciante tenía buenas razones para creer que no le fallaría. A lo largo de su trayectoria política, Casiano se había labrado una sólida reputación como buen administrador, recto y responsable.

—Brindemos entonces para celebrarlo.

***

Para cuando llegó el día de la reunión, Octavio ya tenía asumida su derrota.

Aunque ignoraba con exactitud lo que Nertomarus había preparado, podía figurárselo.

A lo largo de los últimos años, el dichoso comerciante se había conducido de forma paciente, metódica, y había sabido jugar muy bien sus cartas.

Él, en cambio, se había confiado en exceso y había sido descuidado.

Y, como resultado, estaba a punto de pagar las consecuencias.

Para recibirlo, Octavio prescindió de los viejos trucos que a veces había empleado para desestabilizar a su adversario.

Se embutió en una túnica de lana, y se puso una toga blanca con bordados de púrpura en las mangas, sujeta por un broche de oro en forma de águila.

Mandó preparar la sala de audiencias principal del edificio del pretorio, coronada por un monumental fresco que representaba la victoria de Júpiter sobre los titanes, y aguardó la llegada del comerciante sentado en su trono elevado.

Esta vez tampoco lo haría esperar como había hecho en ocasiones pasadas.

Un chambelán anunció la llegada de Nertomarus, que accedió a la sala con paso decidido. El comerciante observó a Octavio a través de sus ojos saltones, sentenciándolo con la mirada.

—Gracias por recibirme… —dijo.

—¿Acaso tenía otra opción?

—Supongo que no.

Octavio tomó una profunda bocanada de aire.

—Sé a lo que has venido, Nertomarus, así que no perdamos el tiempo. Cuanto antes se acabe esta agonía, mejor para mí.

—No podría estar más de acuerdo.

—Estoy al corriente de tu alianza con el senador Casiano. ¿Me equivoco?

—Veo que estás bien informado, pero hay más. Solicito permiso para que mi asistente pueda entrar un instante.

El gobernador concedió su autorización y, a continuación, apareció un hombre cargado con un soporte cilíndrico y una bolsa de cuero al hombro.

Entre Nertomarus y su ayudante, comenzaron a desplegar sobre una mesa de mármol todos los documentos que probaban las actividades ilícitas de Octavio.

Eran copias, por supuesto; los originales se hallaban a buen recaudo.

Cuando finalizaron, el asistente se retiró con la misma discreción con la que había entrado.