CAPÍTULO SEXTO #2
—Y lo hago por ti, papá. Para que tu corazón se abra a la luz y vivas por fin la verdadera vida en Cristo.
El verdugo asió el garfio de hierro, que brilló bajo los haces de luz que entraban por las ventanas.
Livia contempló el instrumento de tortura, curvo y afilado, y notó que le brotaba en la boca un fuerte sabor a bilis.
En aquel estado, atrapada en el potro y con sus músculos expuestos y estirados, se hallaba en una posición especialmente vulnerable.
El sudor corría por su frente y se mezclaba con las lágrimas que brotaban de sus párpados.
Sin perder tiempo, el verdugo hundió el garfio en el costado derecho de la joven, y le desgarró la piel con la precisión de un carnicero.
Un grito agudo, mezcla de dolor y súplica, estuvo a punto de escapar de los labios de Livia, pero en lugar de eso, lo transformó en una imploración.
Su voz, temblorosa pero firme, se alzó en medio de la tortura:
—Señor… —logró articular, casi sin aliento—. Tú que sufriste… por nosotros… dame la fortaleza… para soportar este tormento.
Imperturbable, el verdugo volvió a clavar el garfio en otro punto del costado y trazó un nuevo surco en la carne.
La sangre brotaba de las heridas, manchando la madera del potro y la túnica de Livia.
El dolor amenazaba con hacerla desmayarse.
Incluso algunos asistentes comenzaron a inquietarse ante el rumbo que habían tomado los acontecimientos.
Marcelo miró a su mujer, sin molestarse ya en disimular el rencor que sentía.
—¡Esto es obra tuya!, ¡en esto has convertido a nuestra hija! ¿Qué te parece lo que ves?
—Estoy orgullosa de ella —replicó Lucrecia con determinación, pese a que sentía su alma desgarrarse—. De su coraje y su valentía para ofrecer testimonio público de su fe.
Marcelo la miró con incredulidad y, ante la impotencia que sentía, terminó por marcharse de la sala, incapaz de soportar por un minuto más el sufrimiento de su hija.
Mientras tanto, Fabio interpeló de nuevo a la acusada para intentar hacerla entrar en razón.
—No te resistas más, pon fin de una vez a este martirio innecesario. Te lo ruego, Livia.
La muchacha, con la voz quebrada por el dolor, levantó la mirada hacia Fabio y dijo:
—Me torturas no para que confiese un crimen, sino para que niegue la verdad de mi fe. ¿No ves la contradicción? ¿Qué justicia es esta, que castiga no por un delito cometido, sino para arrancar de mí una mentira? ¡Si renegase de mi fe ahora, sería como admitir una culpa que no existe!
Fabio era perfectamente consciente de la paradoja que señalaba la muchacha.
Normalmente, en los procedimientos legales romanos, la tortura se llevaba a cabo bien para obtener información, bien para buscar una confesión de culpabilidad.
En cambio, con los cristianos se pretendía el objetivo contrario: hacer que los acusados negasen su fe y, por lo tanto, negasen el “delito” que las autoridades estaban investigando, es decir, su adhesión al cristianismo.
Plocio Varo observaba el desarrollo de los acontecimientos con preocupación. Resultaba evidente que aquella joven cristiana no daría su brazo a torcer. Fabio debía poner fin a la tortura de inmediato o, de lo contrario, se conseguiría el efecto contrario al deseado.
Un murmullo de inquietud se había extendido entre el público asistente.
Algunos de los espectadores, que hasta entonces habían contemplado el sufrimiento de Livia con indiferencia o incluso con aprobación, comenzaron a sentir una creciente incomodidad.
El coraje y la firmeza con que la joven defendía su fe, a pesar del tormento, los llevó a plantearse ciertas cuestiones.
¿Qué creencia podía ser tan poderosa como para darle fuerzas para resistir una tortura tan atroz?
Fabio regresó al asiento que ocupaba en el estrado, tratando de decidir qué hacer a continuación.
Si la muchacha no había cedido hasta ahora, no creía que fuese a hacerlo, por mucho daño que le infligiese.
Se arriesgaba, incluso, a causarle la muerte si llevaba el castigo demasiado lejos.
Por otra parte, en las causas seguidas contra los cristianos que persistían en su fe, no había lugar para la absolución.
La única salida era condenarlos a muerte.
Se hallaba, por tanto, entre la espada y la pared.
Finalmente, el magistrado decidió realizar un último intento. Si llevaba el aguante de Livia hasta el límite, quizá lograse doblegarla. No lo creía probable, pero tenía que intentarlo.
Fabio susurró una nueva instrucción, que el verdugo acató sin pronunciar palabra. Resultaba difícil saber si este disfrutaba o no con su trabajo; de lo que no cabía duda era de que lo ejercía con diligencia.
Acto seguido, asió unas tenazas de hierro y recogió un carbón al rojo vivo de un brasero cercano.
Los murmullos en la sala cesaron de golpe y el aire se cargó de una tensión insoportable.
Con gesto mecánico, el verdugo presionó el carbón encendido contra el costado desnudo de Livia, produciendo un siseo escalofriante y un desagradable olor a carne quemada.
Esta vez, el dolor fue demasiado incluso para la voluntad férrea de la muchacha.
Un terrible alarido escapó de su garganta, que corrió como un torrente bajo la bóveda de la basílica.
Su cuerpo se arqueó violentamente a pesar de las cuerdas que la sujetaban, luchando instintivamente por liberarse de aquel suplicio inhumano.
Lucrecia y Félix se abrazaron envueltos en lágrimas.
Desde su asiento, Plocio Varo pensaba que el magistrado estaba prolongando la tortura de forma innecesaria. La muchacha debía ser condenada y ejecutada cuanto antes.
Fabio, rayando en la desesperación, se inclinó sobre Livia y le suplicó al oído que apostatase.
La angustia del magistrado se reflejaba en su rostro abatido.
La muchacha, sin embargo, ni siquiera dio muestra alguna de escucharle.
Se había refugiado en la constante oración hacia su dios crucificado, y ya ni siquiera parecía ser consciente de cuanto la rodeaba.
Al final, no le quedó más remedio que darse por vencido.
Había hecho todo cuanto estaba en su mano por salvar a la muchacha, y había fracasado.
Lentamente, Fabio regresó sobre sus pasos y se dejó caer en su tribuna, bajo la atenta mirada de sus escribas y secretarios.
Todos esperaban que sentenciara a la muchacha a muerte y acabase con todo aquello.
Sin embargo, al observar a Livia en su estado agonizante pero inquebrantable, Fabio sintió que no podía hacerlo.
Un verdadero estoico debía guiarse siempre por la virtud, como había hecho su amigo Sempronio incluso en las circunstancias más adversas.
Así pues, debía actuar basándose en las cuatro virtudes fundamentales: la sabiduría, que le permitía observar la realidad de manera objetiva y racional, le susurró que debía mirar más allá de la letra de la ley; la justicia le dictó que no podía castigar a quien que no había causado mal alguno; la templanza, que le ayudaba a alejarse de los excesos y a actuar con serenidad, le conminaba a evitar una condena a todas luces desmesurada; y el coraje, que le otorgaba la fortaleza para enfrentar las posibles repercusiones de sus actos, lo llevó a tomar la única decisión posible .
Fabio se puso en pie y, tras barrer la sala con la mirada, anunció:
—Renuncio con efecto inmediato a mi cargo de magistrado. —Y, sin dar mayores explicaciones, abandonó el juzgado por una puerta lateral.
Se hizo un silencio absoluto. Los integrantes del tribunal, los guardias y los propios espectadores se quedaron estupefactos.
Nadie sabía muy bien qué correspondía hacer a continuación, y de qué modo repercutiría aquella decisión en el destino de la obstinada cristiana.
Ni siquiera la propia Livia comprendía lo que estaba pasando.
Plocio Varo, sin embargo, reaccionó a toda velocidad.
Se levantó de un salto, se identificó ante los soldados y se dirigió hacia el estrado, dispuesto a solucionar aquel desaguisado sobre la marcha.
Él mismo, haciendo valer los incontables poderes que como prefecto del pretorio acumulaba, dictaría la sentencia que había quedado en el aire.
En la práctica, el sacrificio de Fabio no había servido de nada.
22
Salona (provincia de Dalmacia)
Todas las mañanas, Octavio, el gobernador provincial, llevaba a cabo el ritual acostumbrado antes de iniciar su jornada de trabajo.
Se levantaba al amanecer, bebía un vaso de agua de un solo trago, se daba un baño caliente y, por último, recibía un largo masaje relajante.
Después se vestía y se dirigía hacia su despacho, donde repasaba con su asesor la agenda del día.
Las reuniones y los actos públicos ocupaban la mayor parte de sus obligaciones.
Sin embargo, ya ni siquiera su rutina matinal conseguía relajarlo.
El gobernador de Dalmacia llevaba semanas sumido en una profunda angustia, que ni siquiera lo dejaba dormir.
La ansiedad le oprimía el pecho como una losa muy pesada.
Los problemas de la provincia, lejos de remitir, empeoraban cada día que pasaba.
Pero su mayor preocupación seguía siendo la silenciosa amenaza de Nertomarus.
Le constaba que el maldito comerciante, su rival más implacable, estaba conspirando contra él. Y cada vez se sentía más acorralado.
Aquella mañana, el edificio del pretorio amaneció envuelto en una espesa bruma que se deslizaba colina abajo como una serpiente silenciosa. Octavio entró en su despacho seguido de su principal asesor, que lo abordó de inmediato.
—Aún no he tenido tiempo de sentarme y ya me estás agobiando —masculló el gobernador.
—Lo siento, señor. Yo solo cumplo con mi deber…
—Lo sé, lo sé —reculó—. Vamos, habla de una vez y dime a qué viene tanta urgencia.
—Nos han informado de que, recientemente, ha ocurrido una tragedia en Marsonia, una pequeña localidad situada al norte de la región.
—¿Una tragedia?