Trilogía Orígenes del Cristianismo: Colección completa CAPÍTULO SEXTO
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CAPÍTULO SEXTO

«Cuando fueron presentados ante el prefecto, este les dijo: “Obedeced los decretos de los emperadores y ofreced sacrificio a los dioses”.

Justino respondió: “Nadie en su sano juicio abandona la piedad por la impiedad”.

El prefecto Rústico dijo: “Si no obedecéis, seréis castigados sin misericordia”.

Justino dijo: “Pueden matarnos, pero no pueden hacernos ningún daño real”».

Actas de Justino Mártir

Todo estaba dispuesto en la sala del juzgado para reanudar la vista de los juicios aplazados.

Fabio presidía el tribunal, secundado por la presencia de ujieres y escribas. Cientos de espectadores abarrotaban la sala, sabedores de que la presente sesión podía ofrecer un suculento espectáculo.

Livia fue la primera acusada en comparecer ante el tribunal.

Escoltada por dos lictores que la sostenían de los brazos, se desplazaba con pasos cortos y vacilantes.

Las marcas de su paso por la cárcel saltaban a la vista.

Su túnica, sucia y rasgada, colgaba de su cuerpo como un paño maltratado, mientras que su larga melena lucía enredada y pegada a su rostro por el sudor y la suciedad.

Con todo, un brillo de entereza relampagueaba en su mirada.

Marcelo, Lucrecia y Félix ocupaban el primer banco de la sala.

Aunque el carpintero continuaba resentido con su esposa, se sentó junto a ella para proyectar ante su hija la imagen de una familia unida.

Estaban nerviosos y el corazón les latía muy deprisa.

Ninguno de los tres sabía con certeza qué postura adoptaría Livia durante el juicio tras su estancia en prisión.

La muchacha ocupó su puesto frente a la balaustrada, a la espera de que el juez tomase la palabra. Inconscientemente, Livia se palpó la pulsera que llevaba en su muñeca derecha. El sencillo brazalete que el leproso le había regalado le daba fuerzas en aquel horrible trance.

Desde el lugar que ocupaba en su tribuna, Fabio sintió recaer el peso de la responsabilidad sobre él como pocas veces antes.

No deseaba condenar a muerte a nadie, y menos a Livia, que aún era una niña.

En su opinión, el incumplimiento del edicto de Decio no constituía motivo suficiente para imponer un castigo tan extremo.

Se hallaba ante un profundo conflicto interno.

Si hacía cumplir la ley, traicionaría los principios fundamentales de su filosofía, la virtud estoica que guiaba cada uno de sus pasos.

Mientras que, si la ignoraba, se arriesgaba a perder su preciado cargo, así como la envidiable posición social que tanto trabajo le había llevado conquistar.

—Espero y deseo que tu paso por prisión te haya hecho reflexionar —le dijo a Livia en tono aleccionador—. Por el bien de todos, quema unos granos de incienso por el genio del emperador y decretaré inmediatamente tu libertad. Ahí tienes el altar. Ve y cumple con tu deber.

—No tengo inconveniente en rezar por la salud y el bienestar del emperador. Pero venerarlo como a un dios contradice mis creencias —contestó ella sin atisbo de duda.

Fabio suspiró. La muchacha no se lo iba a poner fácil. Aparentemente, las privaciones de la cárcel no habían servido para aplacar su rebeldía.

—Me temo que eso no es suficiente. El decreto promulgado es muy claro al respecto.

—Los decretos de los hombres no pueden suprimir los mandamientos de Dios —replicó Livia—. Yo acato las órdenes del rey de los cielos y a ellas me someto.

—No me obligues a condenarte a muerte.

—No he cometido ningún crimen, ni he levantado mi mano contra el Imperio.

No he derramado sangre, no he conspirado, ni he faltado al respeto a mis conciudadanos.

Mis únicas “faltas” a vuestros ojos son mi fe y no participar en rituales que mi conciencia no puede aceptar.

¿Cómo puede considerarse delito un acto de omisión, cuando no he causado daño a nadie?

—Livia, tu inacción supone el quebrantamiento de la pax deorum , el pacto sagrado entre los dioses y el Imperio romano que garantiza nuestra protección.

Tu actitud y la de otros cristianos podría provocar que los dioses nos retirasen su favor, si es que no lo han hecho ya.

¿No te das cuenta de que nos pones a todos en peligro?

En su fuero interno, Fabio no se creía aquel discurso, pero como magistrado, su deber consistía en hacer cumplir las leyes promulgadas legítimamente.

La muchacha bajó la cabeza y no añadió nada más.

Fabio se dio cuenta de que, para obtener resultados, tendría que cambiar de estrategia.

Así pues, descendió del estrado y se acercó a la acusada, adoptando una actitud más cordial.

En ese momento, vio que un espectador muy particular entraba en la sala.

Se trataba, ni más ni menos, que de Plocio Varo.

Fabio se preguntó qué estaría haciendo allí el prefecto del pretorio, pero evitó distraerse y se centró en su trabajo.

—Ahí está tu madre —manifestó Fabio señalando a Lucrecia, sentada tan solo unos metros por detrás de Livia—. Piensa en ella a la hora de tomar una decisión.

—Yo no tengo madre —contestó la muchacha.

Al magistrado estoico le desconcertó oír aquello; aun así, no se dejó perturbar.

—Y también está tu padre, que sufre por ti.

—Tampoco tengo padre.

—¿Y tu hermano? ¿También vas a renegar de él?

—Mi Señor Jesucristo dijo: «El que ama a su padre o a su madre, a sus hijos o a sus hermanos más que a mí, no es digno de mí».

El público reaccionó con un murmullo creciente. Ni los espectadores ni los integrantes del tribunal se perdían detalle del interrogatorio. La excelente acústica del lugar permitía que las palabras llegasen con nitidez hasta el último rincón de la sala.

—¿Acaso deseas morir?

—Mi único deseo es vivir en Cristo. Fuera de él estaría muerta.

Fabio comprendió que a través del diálogo no conseguiría su objetivo.

Entonces le dio una instrucción a uno de sus ujieres.

El empleado se levantó y se dirigió hacia una estancia contigua, de donde regresó acompañado por el verdugo, que traía consigo el potro, su instrumento de tortura por excelencia, así como una serie de artefactos destinados a provocar el mayor sufrimiento posible.

El hombre ofrecía un aspecto intimidante: mirada impasible, rostro surcado de cicatrices y una túnica marrón salpicada de manchas de sangre.

Los espectadores asintieron con avidez ante el cariz que tomaba el interrogatorio, ávidos de satisfacer el morbo que los había llevado hasta allí.

Situado en la última fila, como un simple espectador más, Plocio Varo observaba con interés el desarrollo del juici o .

Había querido asistir personalmente para comprobar cómo se aplicaba el edicto de Decio entre los cristianos más acérrimos.

Y, a juzgar por la reputación de Fabio, su tribunal constituía el mejor sitio para hacerlo.

De hecho, lo que llevaba visto hasta ahora apuntaba en la buena dirección.

El objetivo primordial de las autoridades romanas no consistía tanto en ejecutar a los cristianos, sino en hacer que apostatasen para debilitarlos.

—Livia, no quiero tener que hacer uso de estos horrendos aparatos de tortura —espetó el magistrado—. Pero si no cumples con tu deber, no me dejarás otra opción.

—¿A qué conduce amenazarme con tormentos? Yo solo temo los castigos de Dios. Prefiero el sufrimiento pasajero de este mundo al suplicio eterno en el infierno.

A una señal de Fabio, el verdugo tendió a Livia en el potro y ató sus muñecas y tobillos a las gruesas cuerdas que colgaban de los extremos.

La muchacha se dejó hacer con docilidad, sus labios se movían en un murmullo inaudible, repitiendo palabras de oración que apenas salían de su boca seca y agrietada.

De repente, Marcelo dio un salto que acompañó con un grito de súplica:

—¡Piedad! ¡Mi hija no es más que una niña! ¡No está en sus cabales!

—Le ruego que guarde la compostura o lo expulsaré de la sala —lo amonestó Fabio alzando la voz.

Derrotado, Marcelo se dejó caer en el banco y hundió la cabeza entre las manos.

El verdugo reanudó lo que estaba haciendo como si se tratase de una simple tarea rutinaria.

Aseguró los nudos, hizo girar mecánicamente la manivela del potro y las cuerdas comenzaron a tensarse.

Livia sintió cómo se le estiraban brazos y piernas.

Al principio, la presión resultaba soportable, pero muy pronto se transformó en un dolor agudo y penetrante.

Cerró los ojos y apretó los dientes con fuerza.

El crujido de la madera y el sonido de las cuerdas vibrando resonaban en la sala.

Los espectadores cuchicheaban entre sí mientras disfrutaban del espectáculo.

Cada vuelta de la manivela enviaba nuevas oleadas de dolor al cuerpo de la muchacha, que sentía cómo sus articulaciones y músculos se estiraban más allá de lo que parecía humanamente posible.

Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos cerrados.

Con todo, no permitió que un grito escapara de sus labios.

Fabio se acercó al oído de Livia y le susurró:

—Livia, apostata y pon fin a este suplicio de una vez. A mí esto me gusta tan poco como a ti. ¿Es que no te das cuenta de que estoy intentando salvarte la vida?

La muchacha apretó los labios y negó con la cabeza. Fabio, frustrado, le indicó al verdugo que aflojase ligeramente la tensión del potro para evitar que las extremidades se le desencajasen.

El magistrado estoico sabía que aún tenía margen para doblegar la voluntad de Livia a través de la tortura.

Se sentía terriblemente culpable por lo que estaba haciendo…

Sin embargo, la alternativa era aún peor.

Así pues, tras considerar las distintas posibilidades a su alcance, terminó señalando el garfio de hierro.

—¡No, por favor! —Marcelo volvió a intervenir, totalmente desquiciado—. ¡Livia, no sigas adelante con esto, te lo ruego! ¡Hazlo por mí!

La muchacha giró la cabeza y, pese al suplicio que soportaba, le dedicó a su padre una mueca de cariño.