CAPÍTULO QUINTO #8
Aquella misma noche, en plena madrugada, Valerio puso en marcha un plan que él mismo había trazado unas horas antes.
El fossor se adentró en una callejuela que había a escasa distancia del anfiteatro, la cual serpenteaba entre altos edificios de piedra, donde la luz del sol apenas llegaba durante el día, y que al caer la noche se convertía en un lugar casi desierto.
En el extremo opuesto, en mitad del pavimento de grandes losas de piedra, se encontraba una rejilla de hierro que daba acceso a la Cloaca Máxima, el sistema de alcantarillado de la ciudad.
Valerio apartó las hojas que cubrían parcialmente la rejilla y la levantó con cuidado, haciendo el menor ruido posible.
Una pequeña escalera conducía a un oscuro pasaje bajo tierra, que constituía el hábitat natural del fossor desde hacía incontables años.
El alcantarillado no solo transportaba desechos, sino que también servía como una red subterránea que conectaba varias partes de la ciudad, uniendo baños, fuentes y, en ocasiones, grandes edificios públicos como el anfiteatro.
Un olor nauseabundo emergió del agujero, provocado por la sucia mezcla de fango y desechos.
El sonido del agua corriendo lentamente por las zanjas resonaba en las paredes de piedra con un eco sordo.
Una vez abajo, Valerio encendió una pequeña lámpara de aceite que apenas iluminaba un metro por delante de él, y comenzó a desplazarse poniendo mucha atención en donde pisaba.
Con la lámpara en una mano y la otra rozando la pared para guiarse, Valerio avanzó por el túnel, siguiendo las bifurcaciones y desvíos que marcaba el camino. Afortunadamente, el trayecto era demasiado corto como para perderse. De lo contrario, habría terminado desorientándose tarde o temprano.
Finalmente, tras una última intersección, Valerio vio ante sí un pequeño ensanchamiento en el camino.
El techo del túnel se elevaba un poco más en ese punto, creando una especie de cámara subterránea natural.
Las paredes estaban más secas y la piedra se veía menos desgastada, indicando que esta área había sido reforzada en algún momento, probablemente para sostener la estructura del anfiteatro sobre su cabeza.
La trampilla que buscaba estaba incrustada en la piedra, ligeramente oxidada y rodeada de musgo, lo que indicaba que apenas se había utilizado en los últimos años.
Con un esfuerzo controlado, Valerio empujó hacia arriba y la trampilla comenzó a ceder, emitiendo un crujido bajo y profundo.
A continuación, apagó la lámpara para evitar que la luz lo delatara y, con cuidado, asomó la cabeza a través de la abertura.
La trampilla, situada justo bajo las gradas de madera del anfiteatro, estaba perfectamente oculta bajo una pila de antiguos materiales de construcción, quizás restos de reparaciones olvidadas, que la protegían de la vista de quienes estuviesen en la arena o en las gradas superiores.
Valerio se deslizó por completo fuera del túnel y cerró la trampilla tras de sí con la mayor discreción posible.
La luna, en su fase creciente, proporcionaba la suficiente visibilidad como para hacerse una buena composición del lugar.
En el centro del coso, Valerio distinguió la forma oscura del cuerpo del obispo, inerte y desamparada; una mancha en medio de la vasta extensión de arena.
Luego miró alrededor y comprobó que la seguridad se había reducido notablemente durante la noche.
Contó tres soldados romanos ocupados en tareas de vigilancia.
El primero de ellos, ubicado cerca de la entrada principal, parecía estar cansado y se apoyaba contra una columna con su lanza en la mano.
El segundo caminaba lentamente a lo largo de la parte superior de las gradas, su figura proyectando sombras irregulares mientras avanzaba con pasos rutinarios.
Y el tercero patrullaba alrededor de la arena, sin perder de vista el cadáver del cristiano.
En semejantes condiciones, parecía imposible llevarse el cuerpo de Fabián sin ser descubierto. Pero eso entraba dentro de lo previsto. Valerio debía ceñirse al plan y mostrarse paciente.
Al cabo de unas horas, las primeras luces del alba comenzaron a despuntar en el horizonte, proyectando una débil claridad sobre los tejados.
El momento clave se estaba acercando. Valerio conservó la calma y dejó que los acontecimientos siguiesen su curso.
Sobre la ciudad de Roma aún sobrevolaba un silencio furtivo.
Poco después, se abrió una puerta lateral y entraron los trabajadores encargados de la limpieza del lugar.
Vestían túnicas ajustadas a la cintura con ceñidores de cuerda y lucían paños de tela alrededor de la cabeza.
Una pequeña insignia de metal sujeta al cinturón los acreditaba como empleados del anfiteatro.
El grupo, como una docena, se dispersó lentamente por las gradas y el perímetro de la arena, cada uno dirigiéndose hacia su área asignada.
Algunos cargaban con escobas largas hechas de ramas, mientras que otros llevaban cestas de mimbre para recoger los desechos esparcidos por el suelo.
Valerio se estremeció. La acción daría comienzo de un momento a otro.
Lo cual, en efecto, sucedió tan solo unos minutos más tarde.
—¡Fuego! —exclamó uno de los trabajadores—. ¡Fuego!
Una columna de humo negro ascendía hacia el cielo, procedente de una grada lejana.
El fuego, que había empezado con una pequeña llama, había ganado fuerza rápidamente, alimentado por trapos empapados en aceite y la madera seca acumulada en aquella sección del edificio.
En cuestión de segundos, el incendio desató un caos completamente inesperado.
Los soldados abandonaron sus puestos y corrieron hacia el origen del incendio, al tiempo que vociferaban órdenes a los trabajadores para intentar controlar el desastre.
Valerio vio su oportunidad. Se adentró en la arena y se desplazó agachado, aprovechando la cobertura que aún le ofrecía la penumbra de la alborada.
Raudo, alcanzó el lugar donde yacía el cuerpo de Fabián, lo envolvió en un sudario y se lo echó sobre los hombros.
El trayecto de vuelta lo hizo jadeando por el esfuerzo, pero nada le impidió llegar hasta la trampilla de salida.
Mientras la abría, se vio sorprendido por un individuo que lo hizo ponerse en alerta durante un segundo, hasta que lo reconoció.
Era Elio que, tras suplantar a uno de los trabajadores de la limpieza, había provocado el incendio.
Sobornar a uno de aquellos empleados para ocupar su lugar no había supuesto ningún problema.
—Buen trabajo —dijo el fossor —. ¿Te ha visto alguien dirigirte hacia aquí?
—Creo que no.
—Bien, pues ahora ayúdame a bajar el cuerpo hasta las alcantarillas.
Ambos se pusieron manos a la obra cuando, esta vez sí, fueron descubiertos por un centinela que había seguido al muchacho debido a su extraño comportamiento. Valerio reaccionó a toda velocidad y, antes de que al soldado le diese tiempo a desenfundar su espada, se lanzó sobre él para neutralizarlo.
Ambos hombres se enzarzaron en un forcejeo, durante el cual Valerio cobró cierta ventaja que enseguida supo aprovechar.
Primero lo inmovilizó, y después se valió de la poderosa fuerza de sus brazos para estampar la cabeza del soldado contra la pared.
El golpe fue extremadamente violento y el centinela iba desprovisto de casco, por lo que perdió el conocimiento de inmediato.
Para sorpresa de Elio, sin embargo, Valerio no se detuvo y continuó golpeándolo cuando ya no había ninguna necesidad de ello.
—¡Ya basta, Valerio! —exclamó Elio interponiéndose delante.
Aunque la mirada de Valerio refulgía con furia desatada, al fin pareció controlarse. Entonces soltó al soldado, que cayó al suelo como un saco de arena. Un reguero de sangre le manaba del cráneo.
Elio miró a su mentor con los ojos como platos.
—¿Está muerto?
—Era él o nosotros —replicó fríamente Valerio—. Ahora, salgamos de aquí cuanto antes.
En su fuero interno, Elio sabía que eso no había ocurrido exactamente así, pero aquel no era momento de llevarle la contraria.
—¡Vamos, Elio! No tenemos tiempo que perder.
Antes de partir, el joven echó una última mirada atrás.
El soldado ya no respiraba.