CAPÍTULO QUINTO #7
Su hermano, sin embargo, ya no pudo responderle. Acababa de exhalar su último aliento.
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La muerte del obispo Fabián sacudió a toda la comunidad cristiana, especialmente al conocerse los detalles de cómo se había producido. Sin embargo, más allá del dolor por la trágica pérdida, su deber más apremiante consistía en darle sepultura con todos los honores que como mártir le correspondían.
A tal fin, Valerio se desplazó hasta la prisión para reclamar el cadáver.
La legislación disponía que los restos de los ajusticiados fuesen entregados a quien los reclamara.
Por tanto, los fieles cristianos tenían derecho a pedir a las autoridades los cuerpos de sus hermanos martirizados.
Al veterano fossor lo acompañaba su joven aprendiz, Elio, que rara vez se separaba de su lado.
Desde que los actos de culto se hubiesen trasladado al interior de las catacumbas, el trabajo de los fossores se había multiplicado.
Afortunadamente, Elio aprendía deprisa y empezaba a mostrar su valía.
Ya se conocía de memoria el laberíntico trazado de las catacumbas de Domitila, y participaba activamente en la excavación de las nuevas galerías.
El paso del tiempo había estrechado la relación entre ambos.
Valerio comenzaba a erigirse como la figura paterna de la que Elio siempre había carecido.
Aunque el fossor no era un hombre afectuoso por naturaleza, denotaba por sus gestos que se había tomado muy en serio la tutela del muchacho.
Ahora, Elio se sentía protegido, y había desarrollado por Valerio un aprecio sincero y un agradecimiento infinito.
—El obispo Fabián tendrá una cámara funeraria propia en el segundo nivel de las catacumbas —explicó Valerio—. La decoraremos con frescos, inscripciones y símbolos cristianos.
—¿Tú sabes pintar obras artísticas? —preguntó Elio.
—No se me da mal.
—Entonces, a mí también me gustaría aprender.
Cuando Valerio llegó a la prisión, se presentó ante los guardias como un representante autorizado de la comunidad cristiana y solicitó hablar con el carcelero jefe.
Tras esperar casi una hora, por fin apareció el individuo en cuestión, cuya severa expresión dejaba muy claro que no toleraba la desobediencia, ni entre los prisioneros ni entre sus propios subordinados.
—Estamos aquí para reclamar los restos mortales del obispo Fabián —explicó Valerio—. Tenemos constancia de que su espíritu abandonó este mundo hace muy poco.
—Ni quiero, ni puedo daros el cuerpo de ese lunático.
—Por ley, está obligado a hacerlo.
—No en este caso —rebatió el carcelero jefe—. Tengo órdenes de arriba que anulan las disposiciones generales. El prefecto del pretorio no va a permitir que a un criminal se le rindan honores solemnes y se le adore como si fuese un santo.
Valerio intercambió con Elio una mirada de estupefacción.
—Lo que hagamos con sus restos no es asunto de nadie —arguyó el fossor .
—No voy a repetirlo dos veces. Los que mandan han dispuesto otros planes para el cadáver de vuestro dirigente.
—¿Otros planes? ¿Cuáles?
—El cuerpo ha sido llevado al anfiteatro, donde será exhibido en la arena para que sirva de escarnio, a merced de los perros hambrientos y de las aves carroñeras.
Así durante varios días hasta que, lo que quede del mismo, sea quemado y reducido a cenizas, que se arrojarán a la corriente del Tíber para que no quede ni rastro de ellas.
En su intento por desacreditar y debilitar a la Iglesia, las autoridades romanas habían decidido destruir los cuerpos de los mártires para privarlos así de la posibilidad de resucitar, según la creencia cristiana en la «resurrección de la carne».
De ese modo, pretendían demostrar que ni siquiera su Dios podría salvarlos o restaurarlos después de la muerte, intentando así minar la esperanza y la fortaleza de sus fieles.
—¡No pueden hacer eso! —exclamó Valerio.
—Ya está hecho, así que no me hagáis perder más el tiempo.
Valerio y su ayudante partieron de inmediato hacia el anfiteatro para comprobar si lo que les había contado era cierto. ¡De ningún modo consentirían que ultrajaran el cadáver del obispo!
Al llegar a su destino, contemplaron impresionados una escena dantesca.
En mitad de la arena, que resplandecía como un campo de fuego bajo el sol del mediodía, yacían los restos de un ser humano que ya se hallaba parcialmente desfigurado por la acción de las bestias.
Sin embargo, a Valerio no le costó demasiado trabajo reconocer en ellos al carismático obispo de Roma.
En aquel instante el fossor ¸ que en apariencia era un hombre tranquilo, habría estrangulado con sus propias manos a los responsables de aquella ignominiosa afrenta.
Por su parte, Elio exhibió una mueca de tristeza.
El muchacho se sentía en deuda con Fabián, después de que este lo hubiese sacado de las calles.
Tras evaluar el lugar con la mirada, a Valerio no le gustó nada lo que vio.
El anfiteatro estaba fuertemente custodiado por soldados emplazados en lugares estratégicos, sumados a otros que patrullaban siguiendo rutas establecidas.
La posibilidad, por tanto, de apoderarse de los restos de Fabián a plena luz del día quedaba descartada.
Con todo, decidió poner a prueba la profesionalidad de los centinelas…
Valerio se adentró en la arena. Cuando apenas llevaba dados unos pasos, uno de los soldados alzó su lanza y vociferó:
—¡Eh, tú! ¡¿A dónde crees que vas?!
Otros dos centinelas, alertados por el grito, se giraron rápidamente hacia el fossor y desenfundaron sus espadas.
—Lo siento, solo quería ver el cuerpo más de cerca —se excusó levantando los brazos en señal de rendición—. Soy un familiar.
—¡Nadie puede acercarse al cadáver! ¿Entendido?
Valerio retrocedió dócilmente, por lo que el incidente no pasó a mayores.
Al mismo tiempo, los paganos que visitaban el anfiteatro aprovecharon para burlarse de ellos.
—¡Mirad a vuestro santo! —gritó uno, señalando el cadáver desdeñosamente—. ¡Este es el destino de los que siguen a ese Cristo crucificado!
Valerio no replicó para evitar un escándalo, pero bien que le hubiese gustado.
—¡¿Dónde está vuestro Dios ahora?! —exclamó otro—. ¡¿Y por qué no ha salvado al líder de vuestra Iglesia?!
—¡Parece que no es tan poderoso como sus seguidores proclaman! —coreó el primero, provocando las carcajadas del resto.
Elio tiró de la túnica del fossor para llamar su atención y le sugirió marcharse de allí cuanto antes. De momento, no podían hacer nada.
Valerio —esta vez solo—, regresó por la tarde al anfiteatro, tras haber recibido instrucciones por parte de los actuales mandatarios cristianos de recuperar como fuese los restos mortales de Fabián.
Y, para ello, le habían confiado una importante cantidad de dinero que la Iglesia guardaba para hacer frente a situaciones especiales.
El sol moribundo lanzaba sus últimos destellos sobre la monumental construcción, cubriendo las gradas con un velo de tonos púrpuras y anaranjados.
Las sombras, largas y difusas, se arrastraban perezosamente, como si el propio espacio se resistiese a la llegada de la noche.
En la arena, cuervos hambrientos se habían congregado alrededor del cadáver del obispo, picoteando con voracidad su carne desgarrada.
Valerio se dirigió directamente hacia el decurión, que encarnaba a la mayor autoridad entre los soldados encargados de vigilar el anfiteatro. El hombre, un veterano de mirada acerada, estaba de pie cerca del borde de la arena, observando a sus hombres patrullar por la zona.
—¿Quieres algo? —inquirió cuando vio llegar al fossor .
—Solo hablar —repuso Valerio—. Estoy aquí en representación de la Iglesia cristiana.
El decurión lo miró con desconfianza, pero no hizo ningún movimiento para alejarlo.
—El hombre de la arena murió defendiendo su fe hasta las últimas consecuencias. Se merece un descanso digno y no este desprecio público que las autoridades han decretado para él.
—Has perdido la cabeza. Apártate de mi vista.
—Le digo esto porque, si ese cadáver desapareciese, significaría que se habría hecho verdadera justicia.
—Esa es la estupidez más grande que he escuchado en mi vida —replicó el decurión—. Más vale que te largues de aquí antes de que pierda la paciencia.
Valerio sacó entonces una bolsa de cuero de su túnica y la abrió ceremoniosamente. Las monedas de plata que contenía brillaron a la luz del atardecer como estrellas en el firmamento.
—Todo será suyo. Y no tiene que hacer nada, salvo dejar que en un descuido yo me lleve los restos del obispo.
La tentadora oferta captó de inmediato la atención del oficial.
—¿Cuánto hay? —preguntó.
—Tres mil sestercios.
Una cantidad lo suficientemente considerable como para que el decurión se plantease la posibilidad de aceptar el soborno que aquel extraño le ofrecía.
—Tendría que ser hoy —lo apremió Valerio.
Al principio, el decurión se inclinó por tomar el dinero.
Difícilmente se le presentaría una oportunidad semejante en toda su vida.
Sin embargo, tras considerarlo con mayor detenimiento, se dio cuenta de que podría terminar pagando un precio muy caro por su codicia.
La desaparición del cadáver provocaría la furia de los altos mandos, que podían degradarlo por su incompetencia.
Además, el montante final que se embolsaría no sería tan elevado.
Le gustase o no, tendría que repartirlo con sus subordinados para que todos hiciesen la vista gorda.
—No sé por quién me has tomado —espetó—, pero no traicionaré mis órdenes por unas monedas. Ese cuerpo se queda en la arena, tal como ha sido dictaminado. Y, si tienes algo de sentido común, te esfumarás de aquí antes de que decida que me estás suponiendo un problema. ¿Está claro?
Aunque contrariado, Valerio decidió no tentar a la suerte. Si insistía, podía acabar arrestado, o algo peor… Y ese era un lujo que no se podía permitir. Aún tenía una misión que cumplir, y no pararía hasta conseguirlo.
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