CAPÍTULO QUINTO #6
—¡Por supuesto que lo es! —exclamó Epulonia.
Dardanus ignoró a su madre y gritó con todas sus fuerzas los nombres de su prima y hermanos. Primero aparecieron Daesina y Verina, que jamás se separaban. Glaukias tardó un poco más en acudir a la llamada, pero lo hizo al cabo de unos minutos.
—Ahora no tengo tiempo de explicaros lo que está pasando, simplemente hacedme caso —anunció Dardanus—. Debéis huir de aquí cuanto antes.
—Pero ¿qué ocurre? —inquirió Glaukias.
—¿Qué acabo de decirte? ¡No hay tiempo para explicaciones!
Los niños, sin embargo, ya se habían dado cuenta de que algo muy grave debía de estar pasando. Lo cual hacía que aumentase aún más su curiosidad.
—¿Dónde están mis padres? —preguntó Verina, con cierta desazón.
Epulonia rodeó cariñosamente a la niña con el brazo.
—Están bien, luego se unirán a nosotros. —Sabía que era mentira, pero ¿qué otra cosa podía decirle?
—Vamos, marchaos ya de una vez —los apremió Dardanus.
—No, tú te vienes con nosotros —objetó la mujer.
—Mamá, yo debo buscar a papá y a la tía Ardala. Puede que necesiten mi ayuda.
El joven campesino se armó con una horca de hierro, dejando claro que haría lo que fuese necesario para conseguir su objetivo.
—Vas a asustar a los niños —le reprochó Epulonia.
—Ya están asustados, ¿no te das cuenta?
De repente, escucharon un fuerte clamor que les hizo estremecerse. La turba enfilaba directamente hacia la granja, y lo hacía muy deprisa. Dardanus fue consciente de que, incluso aunque sus hermanos huyesen en ese momento, probablemente los acabarían atrapando. Tenía que intervenir para evitarlo.
—¡Huid ahora mismo! ¡Escondeos! Hombres malos quieren hacernos daño. ¡Mamá, llévatelos de aquí!
Dardanus se giró y se adentró en el camino, consciente de que no tardaría en toparse frente a frente con la multitud. De hecho, eso era lo que pretendía.
—¡No, hijo! ¡Por favor!
Las súplicas de Epulonia para que volviese no sirvieron de nada. Sabía muy bien lo que Dardanus se proponía. Pretendía ganar tiempo para que ellos tuviesen la oportunidad de salvarse. Iba a sacrificarse por la familia.
—¡Mamá! —intervino Daesina—. Yo sé dónde podemos escondernos para que no nos encuentren.
—¡Pues hacedlo! ¡Deprisa!
—¿Y tú? —preguntó Glaukias.
—No os preocupéis por mí —repuso la mujer entre sollozos—. El Señor no dejará que me pase nada malo.
Daesina echó a correr hacia la parte posterior de la casa, seguida de Glaukias y Verina. Ella mejor que nadie sabía que si se ocultaban en la copa del roble milenario, nunca los encontrarían. No había mejor escondite.
Por su parte, Dardanus alcanzaba en ese momento a la multitud de campesinos, a los que no dudó en plantar cara pese a su evidente inferioridad.
—¡Fuera de aquí, paganos del demonio! ¡Largo! —aulló agitando la horca en el aire para intimidarlos .
Obviamente, la multitud podía acabar con él sin apenas esfuerzo. No obstante, a nadie se le escapaba que, antes de caer, Dardanus se llevaría por delante a los primeros que se acercasen. La horca de tres puntas parecía muy afilada.
Los manifestantes, entonces, la emprendieron a pedradas con el joven. Dardanus logró esquivar algunos proyectiles…, muchos otros acabaron haciendo impacto. En la práctica, fue como si lo lapidasen. Después, la marabunta pasó por encima de él como si fuese un simple insecto.
Unos metros más adelante, la horda enfurecida se topó con Epulonia en la entrada de la granja. La mujer, arrodillada, oraba en voz alta con los brazos extendidos. Parecía transfigurada, como si no fuese consciente de lo que pasaba a su alrededor. Un torrente de lágrimas surcaba sus mejillas.
—¡La bruja ya no volverá a practicar sus rituales oscuros! —se oyó decir entre los manifestantes—. ¡Matadla ante de que nos lance un maleficio!
En esta ocasión, fueron las mujeres del pueblo quienes, valiéndose de sus uñas y dientes, se ocuparon de la campesina. La jauría de hienas cayó sobre Epulonia, hasta dejarla como a un guiñapo irreconocible.
En el momento en que la iracunda columna de campesinos accedía al perímetro de la granja, los niños no habían logrado aún ponerse a salvo.
Tanto Glaukias como Daesina ya se habían encaramado a la copa del árbol. Verina, en cambio, no era capaz de treparlo.
—¡Vamos, Verina! —la apremió su prima—. ¡Sube! ¡Puedes hacerlo!
Pero la cruda realidad era que no podía.
Y no por una cuestión de fuerza, ni de habilidad.
Sencillamente, carecía del punto de apoyo necesario para su escalada; su pierna derecha, extremadamente debilitada como consecuencia de la enfermedad que había padecido de niña, resultaba completamente inservible para aquella labor.
—¡No puedo! —lloriqueó Verina, vencida por la impotencia.
Glaukias y Daesina se miraron muy asustados. Los gritos de los manifestantes se escuchaban con total claridad. Si no se escondían ya, sorprenderían a Verina intentado subir al árbol y acabarían por descubrirlos a los tres.
Finalmente, la niña tomó la iniciativa y decidió bajar del roble.
—Tú quédate aquí —le dijo previamente a su hermano.
Daesina tomó la mano de su prima y tiró de ella para emprender la huida. Verina corría con todas sus fuerzas, a pesar de que la cojera lastraba su ritmo.
—¡Rápido! ¡Están a punto de llegar! ¡Tenemos que escondernos en otro sitio antes de que nos vean!
Desde su posición, Glaukias apartó algunas ramas para ver lo que pasaba. Daesina y Verina habían rodeado la casa, por lo que dedujo que se habían metido dentro. No les quedaba otra alternativa.
Los manifestantes comenzaron a deambular por la granja, buscando más cristianos a los que dar su merecido. Algunos se detuvieron bajo el roble milenario para discutir acerca de su siguiente objetivo. Otra familia cristiana residía en una granja situada no muy lejos de allí.
Glaukias temblaba como un pollo recién nacido. La respiración se le aceleró y, asustado, se tapó la boca con las manos. El corazón le latía tan fuerte, que temía que sus latidos lo delatasen.
Entonces quiso el azar que, debido a una ráfaga de viento, una bellota se desprendiese de la rama más alta del árbol y cayese sobre la cabeza de uno de los campesinos .
Automáticamente, el hombre miró un momento hacia arriba.
Frunció el ceño y entrecerró los ojos, escudriñando el follaje.
Movió la cabeza con sospecha, como si su instinto le advirtiera de algo.
Inspiró hondo y dio un paso atrás para observar mejor, inclinando el cuello con lentitud.
Glaukias se encogió y aguantó la respiración.
Un sudor frío comenzó a recorrerle la espalda.
Si el campesino daba un paso más, si cambiaba de ángulo, lo descubriría.
Por suerte, la densa maraña de hojas impidió que eso ocurriese.
No mucho después, los manifestantes fueron abandonando la granja, para alivio de Glaukias…
Sin embargo, pronto llegó hasta él un preocupante olor a humo.
Se temió lo peor y deseó estar equivocado.
Pero cuando vislumbró las primeras llamas rasgar el aire, vio sus sospechas confirmadas.
Habían prendido fuego a la casa, con Daesina y Verina en su interior.
Glaukias volvió a encogerse entre las ramas, absolutamente aterrorizado, y no paró de llorar a lo largo de la siguiente hora. Cuando logró recomponerse, el sol ya comenzaba a ponerse detrás de las montañas. De los manifestantes ya no quedaba ni rastro, hacía rato que se habían marchado.
Descendió del árbol y, horrorizado, contempló la devastación que el fuego había provocado. Las paredes de piedra aún estaban en pie en algunos lugares, pero el techo se había derrumbado por completo, dejando un amasijo de cascotes humeantes.
El suelo estaba cubierto de una capa de ceniza, entre cuyos escombros sobresalían dos cuerpos humanos de pequeño tamaño, completamente carbonizados. Glaukias sintió náuseas y vomitó ante la visión de los cadáveres de su hermana y su prima.
Se alejó de allí y divisó otro cuerpo en la entrada de la granja. Cuando se acercó, comprobó que era el de su madre, aunque le resultó casi imposible reconocerlo. Glaukias se abrazó al destrozado cadáver de Epulonia y derramó sobre ella otra cascada de lágrimas.
En ese momento comprendió que, si su padre no había regresado aún, solo podía significar que había corrido la misma suerte que el resto de su familia. Todo apuntaba a que se había convertido en el único superviviente.
Sin embargo, unos minutos después vio moverse algo al fondo del camino. Una persona se arrastraba penosamente por el suelo, dejando tras de sí una larga estela de sangre.
—¿Dardanus?
Parecía increíble que su hermano aún siguiese con vida, aunque también saltaba a la vista que no sería por mucho más tiempo. Glaukias se arrodilló a su lado sin poder contener el llanto.
Dardanus tosió y negros esputos de sangre salieron despedidos de su boca.
—Glaukias, has conseguido salvarte… —Su voz, apenas audible, le brotaba de un rostro completamente desfigurado—. ¿Y los demás?
El muchacho negó con la cabeza.
—Tú, al menos, también te has salvado —musitó.
—No, hermano. Me temo que yo no seguiré aquí para ver un nuevo día.
—¡No, no digas eso! ¡Tú eres el más fuerte de todos nosotros!
Dardanus sentía que la vida se le escapaba como un suspiro en el viento, pero hizo un último esfuerzo para decir algo.
—Glaukias, ahora me doy cuenta de lo injusto que fui contigo. Siempre pensé que eso de escribir era una pérdida de tiempo… Lo que no sabía era que Dios tenía sus propios planes. Y tú formabas parte de ellos. Ahora tienes una misión que cumplir. Una misión increíblemente importante.
—¿Una misión?
—Tienes que recoger por escrito todo lo que ha pasado. De lo contrario, la historia se tergiversará y se acabará desdibujando con el tiempo. Hazlo y ve después a Roma para entregarle los pergaminos al obispo. La Iglesia no dejará que la memoria de sus mártires caiga en el olvido.
Glaukias, de repente, sintió que lo aplastaba el peso de la responsabilidad.
—Pero, Dardanus, ¿cómo se supone que voy a hacer todo eso? Solo tengo trece años.